Rafael Ángel Herra Rodríguez
Discurso de ingreso

ENCANTADORES ME PERSIGUEN:

AUTOENGAÑO Y FICCIÓN EN DON QUIJOTE

 

Rafael Ángel Herra

 

Discurso de ingreso en la Academia Costarricense de la Lengua

(leído en San José de Costa Rica, en 1997)

 

 

1. El narrador/traductor

 

Miguel de Cervantes, autor del Quijote, le encarga una tarea al narrador de las aventuras del ingenioso hidalgo de La Mancha. La novela consta de dos partes; en las dos, el encargo se cumple aun cuando el texto se ve a sí mismo como resultado de una traducción. En la primera parte, el narrador del Quijote cuenta una historia vertida al romance y escrita –así dice él mismo– por un autor árabe llamado Cide Hamete Benengeli. El narrador cumple el encargo de traducir un manuscrito imaginario. Cervantes, autor verdadero del Quijote, finge replegarse detrás de un relator que finge traducir cuando relata la ficción de un hombre que enloqueció, es decir, pasó a habitar en un mundo de ficciones por leer textos de ficción. A este juego de artificio se agregan otros, como el de las acotaciones del autor ficcional retomadas por el traductor y cuya escritura se destina a marcar distancias con lo narrado, como si al mismo tiempo quisiera violar y no violar las reglas de verosimilitud. Véanse dos frases ejemplares: «Dijo el traductor de esta historia que tenía por apócrifo este capítulo»; «Llegando a escribir el traductor de esta historia este quinto capítulo, dice que lo tiene por apócrifo [...]»

En muchos episodios de la segunda parte de la novela don Quijote se encuentra con personajes que lo reconocen pues han leído la primera parte. La aparición del libro dentro del libro alimenta la acción; la segunda parte vive de la primera. Como los duques ya han leído el relato, reconocen a don Quijote apenas lo ven y lo oyen. También el narrador/traductor, beneficiándose de este juego, cuenta la historia desde varias fuentes de información, a saber: en la primera parte refiere el texto imaginario de Cide Hamete Benengeli; además de éste, en la segunda parte incorpora el texto real de la primera parte.

Cervantes es tan hábil como el personaje Ulises de Franz Kafka —tal y como se lo imagina en uno de sus relatos breves— cuando derrota a las sirenas con el engaño de hacerles creer que las oye cantar. La habilidad de ese artificio cervantino  —y sin duda su novedad en la historia de la novela— consiste, primero, en incluir el libro en el flujo del relato del cual ese libro es producto. El autor logra también que el relato escrito sea fuente de nuevos episodios y que ese libro refiera la historia que lo precede y lo hace posible. En segundo lugar, la identidad de los protagonistas sigue definiéndose a partir de un texto que ya los había definido: don Quijote y Sancho Panza dialogan con el libro donde se cuentan sus hechos. Pero este marco de referencia textual no le basta al autor del Quijote, el cual aprovecha las circunstancias para definir la identidad de los personajes en relación con otro libro, un libro real donde se narra una historia falsa, a saber: el Quijote de Avellaneda.

En la segunda parte, don Quijote se encuentra con varias fuentes de inspiración: las novelas de caballería, sus reglas y modelos caballerescos, por un lado y, por el otro, la imagen de sí mismo objetivada en el relato de la primera parte, así como en el falso Quijote de Avellaneda y en las malicias de los magos. El autor de la novela es tan listo en ardides que también remite las fantasías del hidalgo a las artes de un encantador/narrador/autor cuya maldad radica en andar desfigurando sus hazañas reales con un libro mentiroso. En el capítulo viii de la segunda parte, cuando Sancho sale de un apuro inventándose la patraña del encantamiento de Dulcinea, dice don Quijote: «La envidia que algún mal encantador debe de tener a mis cosas, todas las que me han de dar gusto trueca y vuelve en diferentes figuras que ellas tienen; y así, temo que en aquella historia que dicen que anda impresa de mis hazañas, si por ventura ha sido su autor algún sabio mi enemigo, habrá puesto algunas cosas por otras, mezclando con una verdad mil mentiras, divertiéndose a contar otras acciones fuera de lo que requiere la continuación de una verdadera historia [...]»

El encantamiento pone en jaque el discurso de la verdad. El narrador/encantador conspira contra las reglas del relato. Por ello muda y cambia, y añade acotaciones en las cuales manifiesta dudas sobre lo mismo que dice y afirma. Crisis de las verdades del narrador, narrador en crisis, sin duda, porque ahora se confunde con los encantamientos. Así como Miguel de Cervantes toma sus distancias con respecto a la autoridad del narrador («en esto no guarda la puntualidad Cide Hamete que en otras cosas suele»), don Quijote toma las suyas con respecto al narrador que lo habla. Múltiple duda. Múltiples instancias de repliegue. La verdad depende del narrador/traductor, que a veces refiere detalles con absoluta seguridad: («pinta los pensamientos, descubre las imaginaciones […] los átomos del más curioso deseo manifiesta») y que a veces se pone a dudar de lo que afirma («que en esto no guarda la puntualidad […]»). Don Quijote, por su parte, cuando se siente narrado de otra manera que como se ve a sí mismo en relación con sus ideales caballerescos, cuestiona al narrador y lo emparenta con los encantadores. O se empeña en corregir su imagen verdadera frente a los personajes que se encuentra en sus andanzas y que saben de él porque leyeron el Quijote de Avellaneda.

Curiosa asimilación: narrador/encantador y, un poco oculto en un tercer plano, el autor. ¿O es solo una duda del caballero de la segunda parte que se siente al descubierto cuando le hablan del libro que habla de él? ¿Una duda del personaje de ficción don Quijote de la Mancha? ¿O algo esencial al arte mismo de narrar? Narrar parece asunto de encantamiento, mudanza, transfiguración de la verdad, pero ¿de cuál verdad? Narrar no es acto creador, como el de Dios en el gran relato fundacional (también relato, ¿qué le vamos a hacer?); narrar es acto de magia, artificio luciferino, porque descompone y recompone, toma de aquí y de allá, combina intrigas y hace nuevas historias de las historias viejas, historias falsas de verdades y verdades de falsedades. Don Quijote se pone en guardia: no hay nada más temible que los sabios enemigos que mezclan verdades con mentiras. A Sancho, en cambio, no le importan los subterfugios de los magos: «que digan de mí lo que quisieren [...]», exclama, refiriéndose al libro donde se cuentan sus aventuras y las de su señor.

 

2. Filosofía y literatura

 

Si la metafísica, según Borges, forma parte de la literatura fantástica, la literatura, más bien, puede convertirse en la clínica de la filosofía. Las fantasías utópicas se han expresado en grandes relatos. Platón repensó las historias míticas con el fin preciso de abrir el camino de la verdad. Nietzsche quiso aprender más de Dostoyevski que de los textos de psicología y Freud vio en Edipo rey la expresión de una tendencia fundamental de la psyche. El filósofo comprende mejor su tarea si también acude a los textos de ficción a desentrañar laberintos. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha es así un estallido de revelaciones sobre la conducta, sus motivaciones y artificios. Pensar a partir de la literatura es pensar en la inspiración y en el reconocimiento del sujeto a partir de obras concebidas como ficción pura. La condición ficcional del arte hace posibles búsquedas y expresiones sin límites, pues no tiene más restricciones que las que él mismo se imponga en la inmanencia textual. Al leer con método un texto de ficción, en este caso el Quijote, se puede descubrir en su esquema narrativo un constructum útil para la comprensión del ser humano y en particular de su comportamiento. Este patrón es muy simple y se centra, en primer lugar, en don Quijote, empeñado en revivir las leyes de la caballería andante y actuando conforme a ellas; en segundo lugar, remite a los encantadores, como fuerzas opuestas y hostiles y, en tercer lugar, a Sancho Panza, a la vez contrapunto del hidalgo, igual que los otros personajes, e intermediario de sus relaciones con el mundo. El patrón narrativo de don Quijote produce modelos de pensamiento, es decir, simulaciones teóricas de las cuales se pueden derivar consecuencias. La ficción, tal como se la imagina el escritor, es la representación, en estado puro, de un patrón del comportamiento autoperceptivo que muestra características propias del autoengaño.[i]

 

3. El mito de los encantadores

 

¿Quién nos induce al engaño, quién?, se pregunta don Quijote. «¿Quién puede ser sino algún maligno encantador de los muchos envidiosos que me persiguen?». Nuestra existencia parece estar dominada, minuto a minuto, si le creemos al Caballero, por una raza: «Raza maldita, nacida en el mundo para oscurecer y aniquilar las hazañas de los buenos, y para dar luz y levantar los fechos de los malos».

La fuerza del encantamiento es tan poderosa que hace ver gigantes donde hay molinos: «[...] cuanto más que yo pienso, y así es verdad, que aquel sabio Frestón, que me robó el aposento y los libros, ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene».

Se puede