Laureano Albán Rivas
Discurso de ingreso

LA PALABRA IMPOSIBLE

Laureano Albán

Discurso de ingreso en la Academia Costarricense de la Lengua

(leído en el Centro Cultural de México, de San José de Costa Rica, en 2004)

 

 

Hay un principio desconcertante de la semiótica, que después de cincuenta años casi ininterrumpidos de estar —a veces inexplicablemente— escribiendo poesía, me sigue pareciendo el dilema fundamental de los duelos entre el lenguaje directo y el lenguaje indirecto: «La comunicación es inversamente proporcional a la expresividad».

Desde los primeros registros escritos, en su mayoría en escritura cuneiforme o jeroglífica, ya es fácil notar ésta dicotomía ancestral del lenguaje: o son registros contables de bienes materiales, o son cantos religiosos a la huidiza divinidad. Desde entonces el lenguaje ha estado abocado a comunicar y a expresar ya lo visible o ya lo invisible. Esa polaridad entre lo fenomenológico y lo imaginario o entre lo material y lo espiritual, según cada perspectiva ideológica, ha sido quizá el sustento primordial de toda la cultura humana.

Es obvio que un registro contable o periodístico se sustente en la mayor comunicabilidad posible. No en vano los medios de prensa contemporáneos, se denominan medios de comunicación de masas; por lo cual debería ser igualmente obvio que los usos artísticos del lenguaje, se sustenten preferentemente en la expresividad. Sin embargo, la perspectiva mayoritariamente materialista y sociológica de la cultura de masas y la economía de mercado favorecen, a veces sectariamente, los usos preferentes del lenguaje sólo como comunicación. Esta es una pugna de arquetipos fundacionales —como veremos más adelante— que los intereses de dominación económica y política desean inclinar globalizadamente hacia la axiología superficial de los productores y consumidores de bienes y servicios.

Los amplios niveles de sugerencia abiertos por el uso expresivo del lenguaje son sospechosos de conllevar una rebelión sustancial, en el espacio interior, de la cosmovisión individual y colectiva. Por ello, parafraseando a Neruda, muchas veces han declarado muertos a la poesía y al amor  —y a Dios también, agrego—,  pero pareciera que «los muertos que vos matáis gozan de buena salud».

Si afirmamos «El día se está acabando», es muy diferente si decimos que «El día ya es un vuelo con las alas quebradas». En ambos casos la referencia temática es la misma, pero la perspectiva estilística es totalmente diferente. En la primera frase las virtualidades semánticas están totalmente cerradas, el significado es claro y llano, según las palabras del refranero popular. En la segunda frase las virtualidades semánticas intensificadas por la expresividad quedan abiertas, incitando a amplios niveles de sugerencia en la imaginación del lector.

El controvertido William Blake afirmó que «el mundo de la imaginación es el mundo de la eternidad». En los últimos años del siglo xx y en los primeros del xxi, especialmente después del francés Gastón Bachelard, todo el proceso de la imaginación en la cultura ha sido progresivamente revalidado. Y no es en vano: quizá la imaginación es la fuerza sustentadora de nuestro espacio interior. Ese espacio interior en el que, desde Platón, sospechamos que se da el primer paso de las realidades exteriores. Quizá por ello Apollinaire acuñó su desconcertante ruego: «Piedad para nosotros que siempre combatimos en las fronteras de lo sin límite y del porvenir». En esas fronteras de lo sin límite , al lanzarse a la aventura abierta de la imaginación creadora «todo verdadero poeta es un hereje», como lo dijo Miguel de Unamuno. Por ello, si el conocimiento comunica y la imaginación crea, es a los procesos creadores de la imaginación a los que les corresponden las abiertas sugerencias de la expresividad. Dentro de esta misma perspectiva, Einstein llegó a sostener que «En los momentos de crisis la imaginación es aún más importante que el conocimiento».

Si bien es cierto que comunicamos la  data desnuda de la cibernética, también expresamos soñando y soñamos expresando. Según algunos traductores, Alejandro Magno que soñó mucho e hirió más, afirmó que «el sueño es la verdad de las almas despiertas».

Recuerdo que Issac Felipe Azofeifa insistía en que el deber de la poesía era «hacer fable lo inefable». Es como si el hecho poético, partiendo del oximorón polarizado de la comunicación versus la expresividad, de lo fenomenológico versus la imaginación y de la materia ante el espíritu, fuera —Ella, la frágil poesía— el inefable, quebradizo y dramático puente que une el lenguaje de los ángeles con el de los humanos. Ante la sospecha anterior, recordemos desde aquí, con lejana reverencia, a Gabriela Mistral, quien afirmaba que  «la poesía es una lengua de intuición y de música que iba a ser la lengua del género humano».

Borges, ya ciego, confesó en una de sus imprescindibles entrevistas, que los lectores lo habían colocado en el arquetipo de Homero: el viejo poeta ciego y sabio que avizoró todas las iliadas de la humanidad. «El sagrado Arcano» se le suele llamar a veces a la poesía. En una rápida conversación, Vargas Llosa me dijo que no escribía poesía porque la respetaba mucho. Quizá él ya lo olvidó, pero yo ahora quiero recordarlo. Octavio Paz, en su etapa de anunciación de poeta, rozó el genio, pero después de la madurez se dedicó a sus magníficos ensayos; terminó su obra poética escribiendo apenas ingeniosos epigramas. He oído a algunos decir asustados que «las musas no perdonan el menor desliz». Recuerdo a Borges, en la venerable Universidad de Alcalá de Henares, cuando  al recibir su Premio Cervantes, le dijo al Rey Juan Carlos: «Majestad, los reyes y los poetas nos parecemos en una cosa, ambos no escogemos nuestro destino».

Creo que fue el genial diletante André Malraux quien rió diciendo: « Yo sé que la poesía es imprescindible, pero aún no se para qué». En las tiras cómicas de Asterix, que influyeron tanto en el imaginario colectivo de los europeos desde la infancia, Uderzo y Goscinny pintan al bardo irrrisorio, amordazado y vapuleado. A los trovadores  poetas de la Edad Media se les solía freír en aceite cuando algún malidiciente sugería que se acercaban demasiado a las damas de la corte. La dupla Vallejo/Neruda, tiene por un lado al genio poeta maldito que no soportó vivir, y por otro al genio poeta «conviviente» de todas las oportunidades. Héctor Rojas Herazo, el tronante poeta colombiano que vivió y murió su exilio en Madrid, y con quien tuve la oportunidad de compartir muchos trasnochados vinos, sentenció que «el poeta es el hombre que elige el fracaso». Cuando murió Rilke, sólo unos pocos amigos acompañaron su cuerpo al camposanto; pero cuando había muerto su casi contemporáneo Ramón de Campoamor —cuyo sólo nombre se ha convertido en una mala palabra— se cuenta que la cola del sepelio casi se extendía de un extremo al otro de Madrid. ¿Por qué amamos o detestamos tanto a los poetas?; ¿porqué nos equivocamos tanto al valorarlos desde las llamadas «trampas de la coetaneidad» ¿Por qué la economía de mercado a hecho casi desaparecer a los poetas de las librerías

Víctima de su hiperestésica expresividad, arrastrado por su inductiva imaginación, desmembrado entre la materia y el espíritu, víctima de sí mismo, bebedor empedernido de sueños, quizá metáfora de sí mismo, iluminado y ciego,  demiurgo prescindible, vasallo de Eros, predestinado y desorientado, el poeta ha sido en el imaginario colectivo de Occidente el loco y el iluminado a la vez, la referencia imprescindible entre lo visible y lo invisible, y el personaje perseguido hasta por la sombra de la diosa Necesidad. Sospechoso de demasiados sueños, incluso Platón lo excluyó de su ciudad ideal. Desenmarcado de la contingencia productiva —hablo en metálico— la economía de mercado lo ha excluido también de su propia ciudad ideal. Con sospechosa frecuencia debe sobrevivir arrastrando la ofensa ontológica, nuestro ninguneo tropicalizado; por ello sólo la mitificación o la muerte —o ambas— logran su redención colectiva. En definitiva, él es especialista —viva la contemporaneidad semántica— en la palabra imposible, en el huidizo «sagrado arcano», en  la palabra que no dice, pero es: «Poetas no cantéis a la rosa, hacedla florecer en el poema», según recomendó Vicente Huidobro.

Porque nuestra cultura esta basada en demostraciones, y la poesía —en sus mejores casos— no es una demostración, sino una mostración; no una explicación sino una presencia. Exagerando un poco este significado, podemos acudir a un antiguo proverbio chino: « El pájaro no canta porque se sepa una respuesta sino porque se sabe una canción». Hölderlin lo planteó de una manera aún más difícil de concebir por nuestro colectivo racional: «El ser humano cuando sueña es un Dios y cuando piensa es un esclavo». Y Arbusov lo dijo con eslava contundencia: «Todo poema es un viaje a lo desconocido»”. Y aquí en esta cintura del mundo que es Costa Rica, el sereno Roberto Brenes Mesen lo explicó mesuradamente: «La ciencia procede construyendo andamiajes: la intuición no los conoce; salta por encima de los abismos oscuros y al otro lado de las cumbres». Agreguemos también a Francisco Amighetti: «Quiero detener el enigma dándole forma»« y a Pedro Salinas: «La poesía es una aventura hacia lo absoluto»; y a Antonio Machado: «La poesía es palabra esencial en el tiempo»; y a Isaac Felipe Azofeifa: «El poema contiene algo que está más allá de las palabras».

Es indudable, aunque algunos obcecados por las contingencialidades preferidas por la contemporaneidad lo nieguen: el poeta es, arquetípicamente, el «hacedor de puentes entre lo visible y lo invisible». El que blande en la mano del sueño la palabra imposible,el mundo como metáfora, como Scarmeta pone a afirmar a Neruda en El Cartero. Porque quizá el universo no está hecho de cosas, sino de metáforas. William Blake, lo dijo de una manera insuperable: «Las cosas no son reales, pero son buenas trasmisoras de lo real». La fisiología última lo ha comprobado de una manera irrebatible: fuera de nosotros no existe el sonido, no son más que diferencias de hondas de presión en la atmósfera que nuestra mente interpreta como sonido. Por ello, fuera del ser humano no existe tampoco la música, ni la luz (fotones fríos a la deriva universal), ni mucho menos la belleza, ni el amor; quizá oxitozina compartida. Estamos día a día creando, en sentido estricto, el mundo que nos rodea. Fuera de nosotros solo hay hondas de presión, fotones, químicos volatizados, un universo frío que toma significación en el momento en que lo convertimos en una imagen. Es el viejo principio de la semiótica: nada se percibe si no se convierte en una imagen. Y hace mucho sabemos que toda imagen es una verbalización; por tanto, ese mundo impersonal, frío, y lleno de vibraciones errantes, cobra significado cuando en nuestro espacio interior lo verbalizamos, lo imaginamos, lo simbolizamos. Aquí no puedo dejar de ampararme en la conocida cita de Shelley: «La poesía crea de nuevo el universo», o la del costarricense Carlos Rafael Duverrán: «La poesía es esencial verdad interior». Igualmente recuerdo que nuestro amado Rodrigo Quirós, afirmó que «la poesía descifra al hombre». Podemos preferir cualquier otra explicación grosera, simplificadora y acomodaticia, pero esta es, en principio, la aproximación actual más coherente de nuestros procesos cognoscitivos. Recordemos el prudente dicho alemán: «Siempre hay una explicación rápida y equivocada para cualquier tema».

La antropología cultural ha demostrado hasta la saciedad que el ser humano es el gran simbolizador; que el símbolo es una imagen, y que toda imagen mental es, en lo fundamental, lingüística. Por lo tanto nuestra realidad es, en última instancia, creación del lenguaje. Lacanianos y neurolingüistas insisten en ello, pero la tendencia masificante de la superficialidad prefiere quedarse con la fenomenología materialista. La cual también es un sustento metafórico de un concepto de realidad.

Vivimos en un mundo, interior y exterior, hecho de lenguaje, pero como toda realidad omnipresente, ante su reiteración nos deja de ser percibida como realidad. Permítanme compartir con ustedes una breve parábola oriental que ejemplifica muy bien lo dicho: un niño caminaba con su abuelo al borde de un profundo lago; como el niño se acercó mucho al agua, el abuelo lo alertó: «¡Cuidado caes al agua, que es muy peligrosa!» Un pececillo que merodeaba en las orillas oyó aquella advertencia del abuelo, y dirigiéndose al fondo del lago le preguntó asustado a su abuelo: «Abuelo,¿qué es el agua?».  Hay una ley fisiológica largamente comprobada: el protoplasma  del que está compuesto nuestro cuerpo y cerebro, cuando un estímulo se reitera mucho deja de ser percibido. Hay un simpático ejemplo de la vida diaria: cuando entramos a una pescadería, nos molesta su fuerte olor, pero después de unos minutos dejamos de percibirlo. Así como vivimos en una atmósfera de aire, de la que no somos consientes constantemente, también vivimos una realidad que es toda ella lenguaje, aunque no seamos concientes de ello.

Pero ahora viene la pregunta que nos interesa: en esta realidad nuestra de cada día, la cual —aceptémoslo o no— está hecha de lenguaje, ¿qué papel cumple el poeta con su palabra imposible entre las manos? En las tres dicotomías expuestas: comunicabilidad o expresividad, fenomenología o imaginación, y materia o espíritu, el poeta pareciera estar, como decía Juan Ramón Jiménez, en una metáfora de la balanza existencial: «Un platillo en el cieno, un platillo en el cielo». o sea, dramáticamente repartido entre ambos polos de la vivencia humana.

De todo lo dicho es fácil deducir que el lenguaje es un organizador de las realidades, ya sean éstas exteriores o interiores. Ahora, como lo sabemos, toda organización conlleva una limitación. Y todo límite o frontera produce automáticamente una tensión. Es precisamente en las posiciones de frontera donde se desarrollan todos los conflictos. Por ejemplo, es entre la conciencia y el mundo en donde se produce toda la problemática psicológica, especialmente en los campos interiores del subconsciente. Igualmente, debido a la dominación colonialista, ya sea en las estepas norteamericanas del lejano oeste, o en las megaculturas precolombinas (de los mayas, los nahuatls o los quechuas), donde se desarrollaron y aún se siguen desarrollando las situaciones de tensión y conflicto. Un dato no muy conocido ejemplifica, con dramática actualidad, una de las situaciones de mayor tensión y violencia contemporáneas: en las fronteras del Islam se ha gestado más del 50% de las guerras. Un encuentro entre la expansión del integrismo islámico y la reacción de las culturas fronterizas. La todavía viva guerra en Irak algunos analistas la consideran como parte de esta lucha de límites.

Volviendo a nuestro tema: si la palabra organiza las realidades, por lo tanto la palabra limita la cosmovisión. En el proceso de culturización(o de alienación, sostienen muchos) del niño, el cielo debe ser alto, el mar profundo, el ángel bueno y el demonio malo. Así han surgido todos los mitos etiológicos, para explicar porque las cosas son como son y no de otra manera. Tal como sucede en el mito bíblico del nacimiento de la mujer de una parte no fundamental del cuerpo masculino: una costilla, con el fin de imponer en el imaginario colectivo los mecanismos de dominación de género del patriarcado. Con persistente y delicada astucia, sin que casi lo notemos, el lenguaje nos define y encarcela en una determinada cosmovisión. Cambiarla es la frontera de crisis de toda la evolución humana.

Si un autor usa las cargas semánticas y los valores simbólicos y de relación propios del establisment cultural, su obra, en la investigación o en la creación, estará siempre dentro de los límites de ese mismo establisment. La misma ciencia, tan favorecida en su vertiente tecnológica por la sociedad de consumo, para incorporar nuevas realidades, necesita crear nuevas nomenclaturas, nuevos tipos de relaciones entre ellas, y sobre todo nuevas metáforas e imágenes de «lo real» y así incorporarse a la historia humana.

La definición y la limitación es siempre, en definitiva, un poder de la palabra, en cualquiera de sus tres valores fundamentales: semánticos, evocativos o simbólicos y de relación.

 

© Laureano Albán

© ACL