Jorge Sáenz Carbonell
Discurso de ingreso

LAS CONTINUACIONES TEMPRANAS DEL QUIJOTE

LAS CONTINUACIONES TEMPRANAS DEL QUIJOTE

 

 

Discurso de incorporación a la Academia Costarricense de la Lengua, 31 de mayo de 2007

 

Señor Presidente de la Academia Costarricense de la Lengua y respetado maestro don Alberto Cañas Escalante,

Señoras y señores miembros de la Academia,

Señora Primera Vicepresidenta de la República,

Señor Ministro a. i. de Relaciones Exteriores y Culto,

Excelentísimos señores Embajadores,

Queridos amigos,

 

Quisiera iniciar mis palabras con una efusiva expresión de agradecimiento a los señores Académicos por haberme otorgado el singular honor de recibirme entre ustedes, y muy especialmente a don Alberto Cañas por concederme la distinción tan significativa de responder mi exposición de esta noche.

 

Les agradezco también profundamente a todos ustedes por acompañarme hoy, y la amistad con que me han distinguido a lo largo de los años. Hago extensivos estos sentimientos a quienes, por diversas razones, no han podido estar físicamente presentes aquí, pero ocupan un lugar especial en la comunidad de mi sangre y mis afectos. Y quiero dejar constancia también de mi emocionada gratitud para con la Excelentísima señora Embajadora de México y los funcionarios de su misión por su hospitalidad y por su generosidad, unidas a la de la Embajadora Isabel Montero y mis compañeros de la Cancillería.

 

Aquí, en las otrora tierras de ese Quijote tico-portugués que fue Don Antonio Pinto y hoy sitial de la Casa de México, les pido ahora armarse de paciencia para escucharme hablar, una vez más, de un tema relacionado con mi perenne e inevitable chifladura, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Recuerdo que cuando leí por primera vez la obra de Cervantes en mi antediluviana infancia, a mediados del siglo pasado, me supo mal que terminara, que no hubiese más aventuras de Don Quijote y Sancho. Sin embargo, años más tarde me encontré con que, para obsequiar idénticos sentimientos de otros lectores, ciertos escritores de los siglos XVII y XVIII habían intentado proseguir la inmortal novela. Mi exposición de esta noche está dedicada a tales empeños, a las continuaciones tempranas del Quijote. Pero antes quisiera exponer algunas ideas sobre el género literario que inspiró la obra de Cervantes, y cuya lectura también he disfrutado mucho, se me haya o no secado el cerebro: los libros de caballerías.

 

El Quijote y los libros de caballerías

 

El Quijote, cuya primera parte apareció en 1605, fue escrito, según expresa y reiterada manifestación de Cervantes, como una parodia de los libros de caballerías, que habían hecho las delicias de infinidad de españoles durante el siglo XVI. Y aunque la obra cervantina es muchísimo más que una mera burla de tales libros, éstos aparecen reflejados en múltiples pasajes, y algunas de las más celebradas aventuras de Don Quijote son versiones paródicas de hazañas de sus héroes, como Amadís de Gaula, Lisuarte de Grecia o el Caballero del Febo.

 

Los libros de caballerías fueron uno de los géneros más populares de la literatura española del siglo XVI. Entre sus antecedentes encontramos obras francesas, traducidas más o menos libremente al español, que relataban hazañas atribuidas a los caballeros del rey Arturo y del emperador Carlomagno. Sin embargo, el más famoso libro de caballerías español de épocas tempranas, Amadís de Gaula, no pertenecía al ciclo artúrico ni al carolingio, sino que narraba las aventuras de un héroe enteramente independiente de aquéllos, hijo furtivo de un rey galés y de una princesa bretona. Los textos originales de los tres libros del Amadís, cuyo autor se desconoce (incluso se ha discutido si fueron escritos en español, portugués u otra lengua) y que parecen datar del siglo XIV, tuvieron al principio una difusión restringida, ya que naturalmente solo circularon en forma manuscrita. Sin embargo, cuando apareció la imprenta, que fue para la gente del Renacimiento algo así como el internet en nuestros días, la obra alcanzó un éxito clamoroso, favorecido por el hecho de que un regidor de Medina del Campo, Garci Rodríguez de Montalvo, preparó a fines del siglo XV una versión “modernizada”. Como no se dispone de la obra primigenia, no se sabe cuánto del Amadís “moderno” se debe a Montalvo, que parece haber modificado episodios y circunstancias a su gusto y sabor. Lo que sí parece indiscutible es que el refundidor le añadió a la obra un libro cuarto de su cosecha, y es muy posible que también cambiara sustancialmente el argumento para darle lo que llamaríamos “un final feliz” [1].

 

Entre 1508 y 1587 el Amadís refundido tuvo un elevado número de ediciones, y también sirvió de inspiración para muchos libros que narraban las hazañas de otros caballeros ficticios: Palmerín de Olivia, Floriseo, Clarián de Landanís, Florambel de Lucea, Lidamor de Escocia, Cirongilio de Tracia, Belianís de GreciaΓǪ Al mismo tiempo, los ciclos artúrico y carolingio aumentaban su popularidad y su tamaño, con nuevas obras y traducciones. Para comienzos del siglo XVII se había publicado en España alrededor de un centenar de libros de caballerías, y los más exitosos habían sido reimpresos en múltiples oportunidades; además, varios permanecían inéditos. En el género también habían surgido nuevas variantes, entre los que cabe destacar los poemas caballerescos, las traducciones de nuevas obras extranjeras, principalmente italianas y los curiosos libros de caballerías a lo divino, que incluían alegorías morales o contaban la historia sagrada al estilo caballeresco, presentando por ejemplo a Nuestro Señor Jesucristo y a los apóstoles como caballeros andantes.

 

Los libros de caballerías y las telenovelas

 

En otro texto [2] me he referido a los paralelismos que existen, a mi juicio, entre los libros de caballerías españoles del siglo XVI y las telenovelas o culebrones de nuestros días, tan populares y superficiales como lo fueron aquéllos, e igualmente saturadas de estereotipos, lugares comunes y episodios inverosímiles.

 

Con personajes acartonados 'héroes de tiempo completo y villanos malos porque sí-, argumentos simplistas, situaciones repetidas hasta el cansancio y una calidad literaria no demasiado elevada, los libros de caballerías tuvieron, como las telenovelas, un rotundo éxito. Buena parte de él es atribuible precisamente al hecho de que constituían un género ligero y sin excesivas pretensiones literarias, cuyos lectores tampoco se caracterizaban por un elevado nivel educativo ni un especial sentido crítico. No es de extrañar, por consiguiente, que los autores de estos libros habitualmente no se preocupasen gran cosa si incurrían en inexactitudes históricas, geográficas o de otra índole [3]. Sin embargo, tampoco a los lectores cultos del género 'que también los había, y en número quizá más elevado de lo que podría suponerse- les inquietaban demasiado esos detalles: veían en los libros de caballerías obras de mero pasatiempo, que no iban a contribuir particularmente a la formación de nadie, pero que podían ofrecer solaz y entretenimiento sin exigir grandes esfuerzos mentales. Muchas figuras de primera línea de la historia y las letras españolas 'y estoy hablando de personas como Carlos V, Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola y el propio Cervantes- fueron muy aficionados a los libros de caballerías, a pesar de las críticas que con frecuencia dedicaban al género los teólogos y los moralistas. Con las telenovelas ocurren fenómenos semejantes:

 

“El intelectual de altos vuelos, el académico, el científico y el político, rara vez admitirán en público que han dedicado