LAS LENGUAS INDÍGENAS DE AMÉRICA EN EL MARCO

DE LOS DICCIONARIOS ACADÉMICOS

 

Enrique Margery Peña

 

Discurso de ingreso en la Academia Costarricense de la Lengua

(leído el 5 de octubre de 2006, en el Centro Cultural de México,

de San José de Costa Rica)

 

 

En los primeros días de noviembre del pasado año, mientras me preparaba para iniciar un cursillo sobre la muerte de las lenguas que por invitación de la Sociedad  Chilena de Lingüística comenzaría a dictar en la Universidad de Valdivia, recibí la noticia de que había sido elegido miembro de la Academia Costarricense de la Lengua.  Unido a la sorpresa y a la natural alegría que aquello me produjo, sentí también un indescriptible orgullo; orgullo porque indisolublemente asociada con un cargo está siempre presente la calidad de quienes eligen. Y, en mi caso, para asumir un puesto en esta Corporación, me había elegido un grupo de intelectuales de las más altas condiciones humanas y académicas. Gracias, señoras y señores integrantes de la Academia Costarricense de la Lengua; gracias, porque al darme un lugar entre ustedes me han afianzado aún más como hijo de esta que es mi patria adoptiva:  la Costa Rica que tanto, tanto me ha dado. 

            Pero, todavía, esta designación me habría de deparar otra dádiva emocional.  Y ella fue que a mi regreso,  hube de enterarme que en esta Academia ocuparía la silla I, precisamente la que hasta su lamentada partida ocupó Jézer González Picado. Y he aquí, entonces, que diecinueve años después de haberlo sucedido como Director de la Revista de Filología y Lingüística de la Universidad de Costa Rica, hoy heredo en esta alta Corporación el sitial del recordado maestro, del amigo leal, de aquel Jézer González que disfrazaba con una sonrisa de modestia su portentosa erudición, y con frases ingeniosas sus certeros juicios.

            No haré aquí una semblanza suya. Creo que la memoria de su presencia y de sus cualidades está enraizada en todos quienes lo conocimos.  Para mí, Jézer González, con la corporeidad intangible que emana de nuestro recuerdo y de nuestro afecto, sigue y seguirá deambulando por las aulas y pasillos de nuestra Facultad de Letras, mascando tabaco, comiendo papeles y prodigando siempre su inagotable saber, su cálida palabra de aliento y su risa franca de hombre bueno.

            Tiempo después de haberme integrado a la Sección —hoy Departamento— de Lingüística de la Escuela de Filología de la Universidad de Costa Rica y de entregar allí mi modesto aporte a la brillante labor que en el campo de las lenguas indígenas desarrollaban en ella Jack L. Wilson y Adolfo Constenla, quienes desde un comienzo me brindaron su estímulo, sus conocimientos y su amistad, comencé a interesarme en la problemática concerniente a la cantidad y al estado de la lenguas indoamericanas.

            En lo pertinente al segundo de estos aspectos, escogí como criterio ordenador la clasificación que en 1980 estableciera James Bauman en relación con los estados de conservación de las lenguas de Norteamérica frente a la presencia del inglés.  Esta clasificación, que se considera válida para las lenguas indígenas de toda América con respecto a los idiomas oficiales, determina cinco posibles estados que respectivamente cabe traducir como de «florecimiento», de «resistencia», de «declinación», de «obsolescencia» y de «extinción».

            En este marco, debe hacerse presente que según Bauman la inclusión de una lengua indígena en uno de estos estados se establece con base en siete criterios, cuales son:  en primer lugar, la proporción de hablantes según sus edades y el grado de bilingüismo que ellos presentan; en segundo lugar, la relación entre este número de hablantes y la cantidad total de la población; en tercer lugar, la fluidez de los hablantes jóvenes; en cuarto lugar el aprendizaje de la lengua en el hogar; en quinto lugar, el grado de asimilación de la lengua indígena a las estructuras de la lengua dominante; en sexto lugar, el grado de flexibilidad que presenta la lengua para adaptarse a la cultura cambiante de la comunidad y, en séptimo lugar, el grado de alfabetización en la lengua.

            Con base en la clasificación de Bauman, en un quehacer que dura ya varios años, me propuse a establecer un panorama cuantitativo tanto del número de lenguas indígenas que existen actualmente en América, como en los estados de conservación en los que ellas se encuentran.

            Considerando en especial los factores relativos a la cantidad de hablantes y al porcentaje de bilingüismo que estos presentan —que constituyen los únicos antecedentes relativamente completos que existen sobre las distintas lenguas— las principales fuentes de los datos obtenidos corresponden a informaciones que se hallan en Grimes (1984 y 2005), Phoebe Hunter (1994), Antonio Tovar y Consuelo Larrucea de Tovar (1984), Sartori y Rodrigues Pereira (1996) y, principalmente, en los informes presentados en el Segundo Congreso Latinoamericano de Educación Intercultural Bilingüe, celebrado en 1996 en la ciudad  de Santa Cruz, Bolivia.

            Conforme a los datos que aportan estas fuentes, la cantidad actual de lenguas indígenas en América puede estimarse aproximadamente en 1060, cifra que resulta convincente si se considera lo señalado por David Cristal (2001: 17)  en relación a que en nuestro Continente existe el 15% de las lenguas habladas hoy en el mundo, porcentaje que en los cálculos del lingüista inglés equivale a la cantidad de 900 lenguas, número ligeramente inferior al de las 1060 según nuestros datos.

            De este total de lenguas, solo dos, el navajo, en América del Norte, y el guaraní, en Sudamérica, son ubicables en el estado de «florecimiento» merced a que son habladas por sendas comunidades crecientes en número y compuestas por personas de todas las edades, a la vez que son aprendidas en el núcleo familiar y usadas en todas las situaciones comunicativas.  Además, como lo señalan Bauman (Id.:  7) en el caso del navajo, y Torres de Romero, Franco y Genes, en el del guaraní (1966: 6), se trata de lenguas adaptadas a la cultura cambiante de sus respectivas comunidades, que poseen sistemas de escritura con amplia mayoría de hablantes alfabetizados y que cuentan con abundantes manifestaciones literarias en su lengua autóctona.

            A su vez, en lo referente al estado de «resistencia», en él se agrupan dieciséis lenguas que pese a estar amenazadas por un creciente bilingüismo y por la pérdida de la lengua vernácula en algunas situaciones comunicativas, poseen un número estable de hablantes de todas las edades quienes aprenden el idioma en el núcleo familiar, hechos estos últimos que, al menos por ahora, aseguran su persistencia.

            Según se desprende de los materiales consultados, este estado de «resistencia» encuentra su base en tres factores no mutuamente excluyentes.  En primer lugar, en un considerable número de hablantes, como ocurre en los casos del náhuatl y del maya yucateco, en México; del kakchiquel, el kekchí, el mam y el quiché, en Guatemala; del quechua, en el sur de Ecuador, Perú, Bolivia y noroeste de Argentina; del aimara, en el sureste de Perú, Bolivia y noreste de Chile, y del mapuche, en el sur de Chile y suroeste de Argentina.  En segundo lugar, por su asentamiento en regiones de difícil acceso, como sucede en el garífuna, en la costa atlántica de Guatemala, Belice, Honduras y Nicaragua, el guajiro, en la península de la Guajira, el cuna, en la costa caribeña del extremo oriental de Panamá, y el jíbaro, en la Amazonía ecuatoriana, y, en tercer lugar, como resultado de una fuerte organización comunitaria que, producto de diversas circunstancias, favorece el mantenimiento de la lengua, tal como acaece con el ojibwa, en Canadá, con el misquito, en la costa atlántica de Nicaragua, y con el guaimí, en el extremo oeste de Panamá.

            Descontadas las dos lenguas en estado de «florecimiento» y las dieciséis en el estado de «resistencia», los datos proporcionados por las fuentes citadas permiten concluir que de las 1042 lenguas indoamericanas restantes, 883 se ubican  en el estado de «declinación», en tanto que 160 están en el estado de «obsolescencia».

            En lo relativo al estado de «declinación», este se caracteriza primordialmente por una valoración negativa de los hablantes hacia la lengua nativa, con la consiguiente valoración positiva de la lengua dominante, la cual es percibida como «más útil», incluso como «más bonita».  Cabe aquí señalar que el propio entorno social mediante actitudes discriminatorias, oportunidades laborales y el uso de los medios de comunicación, se encarga de acentuar ambas valoraciones.

            El resultado de esta actitud lleva a las comunidades a un paulatino abandono del aprendizaje de la lengua materna en el núcleo familiar, lo cual conlleva dos consecuencias:  la primera de ellas consistente en que con el paso del tiempo la lengua termina siendo hablada solo por las personas de mayor edad, y la segunda, que la lengua dominante desplaza a la lengua indígena en las situaciones comunicativas, hasta quedar esta última relegada a manifestaciones rituales —como las ceremonias funerarias y de iniciación— o a prácticas chamánicas referentes a ritos de curación, narraciones de mitos y prédicas conductuales cuyos contenidos ya no son comprendidos por la mayoría de la población.  Se trata en este último caso del fenómeno que J. H. Hill denomina el latinate pattern; es decir, el modelo del latín, y el que a su vez en su estudio sobre la muerte de las lenguas, Hans Jürgen Sasse (1990:  22) llama bottom-top-up death, «la muerte desde lo profundo hasta lo más alto».

            En lo que respecta a las lenguas catalogables como en el estado de «obsolescencia», en ellas la radicalización de estos procesos implica la existencia de comunidades que solo cuentan con escasos hablantes de la lengua nativa, todos de avanzada edad, y con «semihablantes», tanto de los conocidos como «semihablantes herrumbrados», que son aquellos que habiendo sido alguna vez hablantes fluidos, solo pueden, por falta de interacción lingüística, recordar con esfuerzo palabras y algunas frases, como de los llamados «semihablantes propiamente tales», que son aquellos que por haber tenido contactos ocasionales con la lengua, solo saben algunas palabras y fórmulas de saludo.

            En lo que respecta al estado de «declinación», en el que se incluyen 883 lenguas, debe señalarse que en él —teniendo en cuenta el número de hablantes y los porcentajes de bilingüismo aportados por los datos disponibles— es posible distinguir tres fases de «declinación» a las que respectivamente cabe denominar incipiente, media y avanzada.  En esta última fase se agrupan 264 lenguas caracterizadas por corresponder a comunidades con menos de 500 nativos, entre escasos hablantes y una mayoría de semihablantes y hablantes monolingües en la lengua dominante, con porcentajes de bilingüismo que rozan el 100% y en las que la lengua ha dejado de transmitirse en el núcleo familiar.  Estas lenguas, que en la nomenclatura en uso son consideradas «en serio peligro», se suman a las 160 lenguas en estado de «obsolescencia», calificadas a su vez como «moribundas», para llegar a la cifra de 424 lenguas indoamericanas próximas a su extinción.  En cuanto a las restantes 619 lenguas situadas en la declinación «incipiente» y «media», ellas caen en la denominación de «lenguas en peligro».

            Esta condición de la gran mayoría de las lenguas indoamericanas se inserta en una problemática mundial surgida cuando a partir de la institución de la muerte de las lenguas como disciplina lingüística, durante la década de 1970, la comunidad internacional tomó conciencia de la acelerada desaparición de idiomas en todo el orbe.  Al respecto, Michael Krauss (citado en Cristal, id. : 31)  escribía en 1992: «Considero que un cálculo plausible es que, de mantenerse el ritmo actual de las cosas, el siglo próximo verá bien la muerte o bien el crepúsculo del 90% de las lenguas de la humanidad:.  Cálculos menos pesimistas, como los de David Cristal y Claude Hagége estiman este porcentaje en un 50%.

            Esta preocupación se tradujo en la creación de numerosas organizaciones destinadas a la cuantificación de las lenguas en condición precaria y a la formulación de políticas para su conservación o revitalización.  Entes estas organizaciones merece citarse el proyecto llamado El libro rojo de las lenguas en peligro de desaparición, creado en el xv Congreso Internacional de Lingüistas, celebrado en Québec en 1992.  Producto de ese proyecto fue la publicación del Atlas de las lenguas del mundo en peligro de desaparición, editado por la Unesco en 1996, obra que, no obstante, en el caso de América ofrece un panorama bastante incompleto.

            En lo que corresponde a Latinoamérica, la acción de antropólogos, lingüistas y educadores, unida al surgimiento de movimientos reinvindicatorios de algunos grupos indígenas, lograron que en el último decenio del siglo pasado, los gobiernos apoyaran un modelo educativo denominado «Educación intercultural bilingüe».  Este modelo consiste en iniciar desde los primeros niveles la alfabetización en la lengua materna, para luego iniciarla en la lengua dominante, logrando al término del proceso una formación bilingüe que integra el conocimiento y la valoración positiva de la lengua y cultura nativas con el conocimiento e igual valoración de la lengua y cultura nacionales.

            No obstante, según se desprende de los informes del Segundo Congreso de Educación Intercultural Bilingüe, celebrado en Santa Cruz, Bolivia, en 1996, los resultados de la aplicación de este modelo distan de ser alentadores: la carencia de recursos; la falta en muchos casos de infraestructura básica; la tendencia a priorizar la enseñanza del español y las serias divergencias en las comunidades indígenas por alfabetos elaborados sin atender a las variaciones dialectales, figuran como las principales causas de su hasta hoy escaso éxito.

            Si estos son los resultados de este proyecto, aplicado a lenguas en los estados de «resistencia» y de «declinación incipiente y media», ¿qué cabe esperar para las 424 lenguas en los estados de «declinación avanzada» y de «obsolescencia»?  En ellas, su escasa población —99 lenguas tienen menos de diez nativos entre hablantes y semihablantes— sumada a la ausencia de una cohesión comunitaria, ya no permite hablar de «conservación» o «revitalización», sino más bien de «rescate» y hasta de «reimplantación» de tales lenguas.  Si a la vez pensamos que históricamente la única lengua reimplantada con éxito ha sido el hebreo —empresa llevada a cabo bajo excepcionales condiciones—, la realidad nos lleva al convencimiento de que en las lenguas indoamericanas en tal condición, no existe la más remota posibilidad de éxito.  Y aún, suponiendo que lograra una reimplantación efectiva, ¿qué seguridad habría de que al poco tiempo no se llegara nuevamente a situación actual?  Además, no se trata de una, sino de centenares de lenguas.

            Pero, ¿significa esto que tales pueblos, con sus culturas y lenguas, están inexorablemente condenados a desaparecer?  Una respuesta negativa, afianzada en las condiciones reales, la han planteado Carol Eastman y Gary Palmer (citados  en Hunter, id.: 33-34) quienes, luego de señalar que el logro de revitalizar o reimplantar la fluidez no es un propósito realista en las lenguas próximas a su extinción, han postulado el llamado «enfoque cultural de la lengua» (The cultural language approach), en el cual, mediante la enseñanza de un vocabulario de referentes culturales se transmiten y hasta se ejercitan contenidos correspondientes a la cosmología, mitología, bailes, trajes, artesanía, cocina, en fin, a todas las manifestaciones autóctonas significadas por el léxico de la lengua.

            Uno de los aspectos más interesantes de este proyecto es que en la práctica de preservar junto con el léxico las manifestaciones culturales de estos pueblos, se integra a los escasos hablantes y semihablantes de la lengua nativa con los hablantes monolingües de la lengua dominante, esto con el propósito de revitalizar la conciencia étnica como marca de la identidad del grupo.

            Al margen de la controversia que este proyecto ha suscitado en torno a la interrogante de si la cultura de un pueblo subsiste después de la muerte de su lengua, estimo que la propuesta contenida en el proyecto del enfoque cultural da pie a una labor lexicográfica que debería ser emprendida en el marco del Diccionario Académico de Americanismos, obra cuya presentación y planta, elaboradas por su Director, Humberto López Morales, fue publicada el pasado año en Buenos Aires.

            Como base de este planteamiento, conviene anotar que en relación con el término americanismo, el Diccionario de la Real Academia Española (en adelante, DRAE) señala como su quinta acepción: «Vocablo, giro, rasgo fonético, gramatical o semántico que pertenece a alguna lengua indígena de América o proviene de ella»; a la vez, como sexta acepción refiere «Vocablo, giro, rasgo fonético, gramatical o semántico peculiar o procedente del español hablado en algún país de América». Debo en este punto manifestar que las observaciones que siguen son por completo ajenas a cualquier espíritu de crítica tanto al DRAE como al Plan del Diccionario Académico de Americanismos, y que solo cabe entenderlas en el interés de fijar los propósitos y las metas contenidos en esta exposición.

            Consideradas las dos acepciones del término americanismo recién citadas, en el capítulo «América en sus palabras» de La aventura del Español en América (Madrid:  Espasa Calpe, 1985), donde López Morales expone las bases del Plan de Diccionario Académico de Americanismos, se privilegia como el léxico por incorporar en esta obra el que corresponde a la sexta acepción; es decir, términos que usados ya sea en todo el Continente o en parte de él, pertenecen al patrimonio del español.  Entre  estos términos, el autor considera «aquellos vocablos que, siendo españoles, se usan en América con acepción nueva o diferente a la de su origen», «las palabras malsonantes», «los juegos verbales», «los arcaísmos», los que llama «marinerismos en tierra», el«“vocabulario de la edificación», «las voces de creación popular» y los «extranjerismos» existentes en diversas zonas de América.

            En cuanto a las lenguas indígenas, hay en ese mismo capítulo dos referencias.  La primera (pág. 169) que señala:  «La persistencia de indigenismos en los dialectos hispánicos de América es asunto insuficientemente estudiado aún», la cual cabe inscribirla en la quinta acepción ya que se trata de vocablos que en el español de América «provienen» de lenguas autóctonas, al igual que la segunda referencia (pág. 182) que expresa: «A nadie se le oculta que mientras los préstamos de lenguas extranjeras recibirán soluciones satisfactorias y sistemáticas, lo relativo a las etimologías indígenas, y las respectivas transliteraciones al español de esas lenguas, salvo los casos del nahua y del maya, aún andan, dentro de nuestro proyecto, en una situación de desvalimiento.  Es imprescindible la creación de al menos otra subcomisión que estudie todo lo referente al quechua.  Con las demás lenguas autóctonas americanas (chibcha, aymara, guaraní, mapuche, etc.) quizás se pueda solicitar el concurso de algunos especialistas, de confirmarse la suposición de que estos elementos léxicos serán menores en número».

            Como se puede apreciar, fuera de los casos en que se considera la inserción de lenguas indígenas en el español de América, no hay en estas referencias alusiones al componente de la quinta acepción que señala como americanismos «los vocablos, giros, rasgos fonéticos, gramaticales o semánticos pertenecientes a alguna lengua indígena de América…».

            En lo que respecta al Plan del Diccionario Académico de Americanismos, si bien en él se reitera esta tendencia, en el Apartado referente a los “lemas” a incorporar en la obra y bajo el subtítulo «Americanismos», se incluye, en la página 76, la siguiente observación (pag. 76):  «Al ser este un diccionario dialectal (de los geolectos americanos) pero independiente, incluirá todos los americanismos contenidos en el DRAE, con las modificaciones que sean oportunas».

            No obstante, cumplir esta tarea significará trasladar al Diccionario Académico de Americanismos los no pocos errores, inconsistencias y omisiones que en lo relativo a los términos indígenas contiene el DRAE. En este sentido, conviene señalar que estos problemas se ponen en evidencia a partir de los pueblos y lenguas de Indoamérica incluidos en esta obra.  El DRAE hace referencia solo a 175 pueblos entre actuales y ya extintos.  Sin embargo, este escaso número decrece en tanto se mencionan como tales/parcialidades y con ellas dialectos respectivamente de pueblos y lenguas, como ocurre con los huilliches, picunches, pehuenches, puelches y ranqueles, que comprobadamente son parcialidades y dialectos mapuches en el sur de Chile y suroeste de Argentina, así como con las menciones de los tawahkas y panamahkas, que son parcialidades de los sumos, un pueblo misumalpa de Nicaragua.

            En lo que, por otra parte, corresponde a los centenares de pueblos y, consecuentemente, de lenguas de los Estados Unidos y Canadá, el DRAE incluye solo tres: cheyenes, comanches y cataubas, añadiendo erróneamente a los iroqueses, vocablo este de carácter polisémico ya que por una parte denota una familia de pueblos del noreste de América del Norte y, por otra, designa tradicionalmente a la famosa Liga de las Cinco Naciones.  Algo similar ocurre con la mención de los sioux, de los que señala que se trata de un pueblo originario del norte del Mississippi, siendo que tal vocablo, también polisémico, denota tanto una familia lingüística, como la unión geopolítica de tres pueblos:  los dakotas, los lakotas y los nakotas.

            No obstante, lo sorprendente en el DRAE es la omisión en el caso de Latinoamérica —con las excepciones de Centroamérica y Argentina— de centenares de pueblos indígenas, muchos de ellos de reconocida importancia tanto histórica como cultural, cuales son, entre muchos otros, los huicholes, otomíes, populucas, tepehuas y zapotecos en México; kogis, chimilas, witotos, signas y secoyas, en Colombia; boras, piros, matsiguengas y shipibos, en Perú; ayoreos, pausenas y tapietés, en Bolivia; chamococos, chorotes y macás, en Paraguay, y los apinayés, bororos, maquiritares y bacairíes, en Brasil. Se trata de omisiones sin duda imputables a las Academias Correspondientes de Hispanoamérica, pero que en su conjunto configuran un vacío importante a la vez que demasiado injusto.

            En lo que respecta a los lemas incluidos —descontados los que designan pueblos— el DRAE contiene no pocos vocablos indígenas en su gran mayoría de procedencia nahua, maya, quechua y mapuche, y ocasionalmente guaraní, caribe y arahuaca, con contadas menciones de otros pueblos.  Sin duda que la nombradas constituyen culturas importantes y algunas de ellas asentadas en grandes núcleos poblacionales, pero en su conjunto, lejos de representar la proporción que con respecto al resto de las culturas indígenas les concede el DRAE en cuanto a la procedencia de los términos considerados.

            Una desproporción similar se aprecia en el ámbito de los significados.  En este sentido, es dable señalar que en contraste con centenares de vocablos pertenecientes a los campos semánticos de la zoología, la fitología y el de las comidas, la vigésima segunda edición del DRAE incluye solo tres correspondientes a «juegos»; uno: el turmequé, del que refiere que se practica en Colombia aunque sin indicar la lengua de su procedencia; otro: el totolique, del que señala que es un «juego de los antiguos mexicanos», y la «chueca», del que solo se dice que es «un juego indígena».

            Además, dos corresondientes a «bailes», ambos de origen quechua; tres vocablos que denotan nombres de distintos espíritus y que respectivamente proceden de las lenguas aimara, tehuelche y mapuche; otros tres relativos a «oficios» y «condiciones sociales», originados respectivamente en las lenguas taína, quechua y mapuche; uno que denota un «ceremonial chamánico —el machitún mapuche—y también solo uno referente al campo semántico funerario:  el vocablo acuviñá, que significa ´sepultura´ en mapuche.

            Un ejemplo de las inconsistencias y omisiones que en este plano revela el DRAE lo constituyen los términos que denotan «viviendas indígenas».  Sin referirnos aquí a sus distintas características, debe señalarse que en relación con los pueblos de Norteamérica,  el DRAE contiene solo dos vocablos:  «iglú­», la casa esquimal, y «tipi», voz de origen sioux que denota la tradicional tienda de los indios de las praderas.  Sin embargo, se omiten otros tipos de viviendas indígenas geográficamente más extendidos en ese subcontinente, como los casos del «wigwam», en las regiones del centro y del este, del «wickiup», usado por los apaches, y del «hogan», la vivienda característica de los navajos y de muchos pueblos del sudoeste.

            En cuanto al resto de América, el DRAE incluye tres términos:  «bohío», voz antillana que define como «cabaña de América»; la «churuata», la vivienda de los indios piaroa, en el sudoeste de Venezuela, y  la «ruca», voz de origen mapuche que define como «vivienda de los aborígenes pampeanos y patagónicos». Aparte de no incluir el vocablo «maloca», la vivienda tradicional de los indígenas del occidente amazónico, cabe anotar que «ruca» es únicamente el que designa la vivienda mapuche, pueblo sandino, y debe anotarse que el vocablo que denota la «casa» de los pueblos pampeanos y patagónicos, tales como el tehuelche y sus dialectos, es «káaw», no incluido en el DRAE.

            Esta evidente desproporción de los campos semánticos a los que pertenecen los vocablos indígenas incorporados, sumada a la omisión de centenares de pueblos indoamericanos, revelan, en su conjunto, la ausencia en el DRAE de un plan definido en lo referente a la inclusión equitativa a la vez que consistente de términos originados en las múltiples lenguas autóctonas del Continente.

            En estas circunstancias, cabe preguntarse sobre la real utilidad de trasladar al Diccionario Académico de Americanismos, sin variaciones y nuevos criterios, todos los vocablos procedentes de las lenguas indígenas contenidos en el DRAE.

            Por otra parte, y ya al margen de los vocablos indígenas, hay otro aspecto del DRAE que estimo importante señalar; me refiero a su vacío en relación con el metalenguaje indispensable para dar cuenta precisa y adecuadamente de muchos hechos y características existentes en las lenguas indoamericanas.  Cabe, por otra parte, acotar que este vacío se extiende al léxico antropológico necesario para hacer referencia a numerosos rasgos y propiedades de las culturas también vernaculares.

            De esta manera, en cuanto al metalenguaje, hay que señalar que el DRAE escatima notoriamente muchos términos que son necesarios para la descripción de funciones y propiedades de aquellas lenguas que tipológicamente son distintas del español, términos de uso corriente en textos especializados.  Para limitarme solo a algunos ejemplos, en el nivel de las jerarquías de las relaciones gramaticales, muchas lenguas indígenas son ergativas, algunas agentivas, y otras, como las algonquinas, tienen marcadores obviativos, términos estos que no se encuentran en el DRAE.  Así también, en el plano de las categorías gramaticales, el español cuenta con preposiciones, función que el DRAE se encarga convenientemente de definir.  No obstante, la mayor parte de las lenguas indoamericanas lo que posee son posposiciones, término que en esta acepción tampoco se registra en el DRAE.

            A su vez, ya en otro nivel, un rasgo distintivo de muchas lenguas indígenas —entre las que se cuentan el kwakiutl, de Alaska, el ojibwa, de Canadá, el guatuso, de Costa Rica, y el mapuche del sur de Chile— consiste en una marcación flexiva o léxica por la cual el hablante debe expresar cuándo el contenido de un enunciado no es producto de su experiencia personal, sino el resultado de un conocimiento indirecto. En este caso, si bien el DRAE registra el hecho, lo limita al ámbito de la retórica, utilizando para ello la expresión «relata réfero», sin incluir términos como «evidenciales» o «reportativas», los empleados por la teoría lingüística para aludir a las lenguas que manifiestan esta propiedad.

            Al concluir ya esta exposición, solo me cabe señalar que su propósito ha sido motivar una reflexión, sustentada en datos reales, sobre la situación que hoy afronta la inmensa mayoría de las lenguas indoamericanas en su tránsito por las distintas fases del proceso que las conduce a su extinción, a la vez que mostrar la tarea que como lingüistas, humanistas, pero ante todo como americanos nos corresponde asumir en nuestro campo de acción que no es otro que el lenguaje, para preservar aquel léxico que define los perfiles culturales de cada una de las lenguas que subsisten en el Continente, a la vez que aquel que pueda ser rescatado de las muchas que ya han desaparecido.

            En esta perspectiva, la diferencia esencial que existe entre los criterios que operan en las dos obras lexicográficas  de la Academia aquí citadas y el enfoque cultural por el que abogo, radica en este último en una concepción no selectiva sino integral de las lenguas indígenas. Siempre he sostenido que el valor de una lengua vernacular no se mide por su número de hablantes, ni por su persistencia en el tiempo, ni por las contribuciones que ella le haya deparado a un idioma oficial o dominante.  Creo que el valor de una lengua radica en el hecho de que ella, como código, sustenta una singular visión del mundo, y que, como tal, sin importar su número, representa una población que en esa lengua ama, sufre, expresa sus anhelos, aversiones y temores, se regocija, imagina, sueña y crea.

            Sin lugar a dudas, la tarea de conservar el léxico cultural de todas estas lenguas, a la vez que urgente es de suyo inmensa, pero esta última condición no puede ser óbice para no emprenderla.  Renunciar a ella significa condenar a muchas lenguas; por ende, a la visión del mundo que expresan sus pueblos, a un olvido que ha de ser eterno.  Y eso, definitivamente, no es justo.

 

 

© Enrique Margery Peña

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