Carlos Rubio Torres
Discurso de ingreso

LITERATURA INFANTIL

O LA INEFABLE BÁSQUEDA DE UNA DEFINICIÓN

 

Carlos Rubio Torres

Discurso de ingreso a la Academia Costarricense de la Lengua

(leído el jueves 17 de abril de 2016, en la sede de la corporación, en San José de Costa Rica)

 

Cuando era niño y mi madre llegaba a casa con un libro me despertaba la alegría. Me dejaba en las manos un tomo con portada de vívidos colores. Me leía el título, que podía ser La Cenicienta, El gato con botas o Aladino y la lámpara maravillosa. En ese momento, yo ignoraba que eran relatos ancestrales, antiguos, cuyos orígenes nos resultan indescifrables y anónimos.

Hoy, un libro me provoca el mismo sentido de gracia y ventura. No sé qué milagro hacía mi madre, con su salario de maestra, para llevarme un ejemplar distinto casi a diario, con cada uno de los cuales formé mi primera biblioteca. Esperaba la noche, para que, como preámbulo del sueño, ella me leyera esas palabras que se convertían en dentelladas y hasta en peligrosos pensamientos. Posiblemente, se habría asustado si hubiera sabido que alguna vez pensé en lanzarme del segundo piso de la casa y convertir un trozo de tela en una alfombra voladora. Lo cierto es que la perenne gratitud que le guardo a mi madre educadora es la misma que siento hoy para la Academia Costarricense de la Lengua. Como lo dice Daniel Goldin, dar un libro a una persona «es un regalo radical, una muestra de confianza en el prójimo». Y esa es la sensación que hoy me embarga, un espíritu que me conduce a expresar las gracias a mi madre por el estímulo brindado y a la Academia por la confianza depositada en un escritor de textos que leen los niños.

Me honran con la silla O, que hasta hace poco ocupó Fernando Durán Ayanegui, escritor, educador, químico y rector de la Universidad de Costa Rica. Durante mi vida lectora me he dejado llevar por su palabra inteligente y su inigualable sentido del humor gracias a obras como Salgamos al campo o El benefactor y otros relatos. Como escritor e investigador de la literatura infantil leo con atención páginas suyas que me han formado: Cuentos para Laura, El rey que se apoderó de la luna o Dos reales y el puntito curioso. Libros que, estoy seguro, han deleitado las horas a muchos lectores al igual que a mí.

Joaquín García Monge, miembro fundador de esta docta corporación, comprendió el significado de una patria en la que se lee, o acaso una matria, pensando en la maternidad. Advirtió que el amor por la palabra escrita se cultiva durante la infancia; que no debe representar una imposición, sino un deleite y un derecho de los ciudadanos. En una carta de 1929, dirigida a Rogelio Sotela, también miembro de esta Academia, recomendó «poner en manos de obreros curiosos libros esenciales, reveladores de la verdad, de la belleza, del bien o de cosas semejantes que enriquecen a un país». Ese debería ser el fin primordial de una república democrática, la de no solo procurar el bienestar material, sino también exaltar el goce estético, el pensamiento crítico y la libertad creadora. García Monge lo sabía bien; fue fundador y primer profesor de la Cátedra de Literatura Infantil en la Escuela Normal de Costa Rica. También editó en la colección El convivio de los niños obras fundadoras de la literatura infantil y juvenil costarricense como Cuentos de mi tía Panchita de Carmen Lyra, Cuentos viejos de María Leal de Noguera o El delfín de Corubicí de Anastasio Alfaro.

Enaltecer la tarea iniciada por García Monge no es fácil. Hace pocos meses, la Universidad de Costa Rica y la Universidad Nacional inauguraron un «Rincón de cuentos», biblioteca especializada en literatura infantil en la Escuela Sepecue, en Alta Talamanca, Limón. La encuesta sobre prácticas culturales, realizada por el Ministerio de Cultura y Juventud, cuyos resultados fueron dados a conocer en 2012, muestra lo poco que se lee en esa provincia. Según ese estudio, en el Caribe leen 1,1 libros por año. Por este motivo, es imperativo crear bibliotecas dotadas de libros hermosos, interesantes, que provoquen ese deseo de asirlos, ojearlos y, después de ello, leerlos una y otra vez con entrega y pasión.

El «Rincón de cuentos» de la Escuela Sepecue se instaló en una edificación similar al usulé, la casa cónica ancestral de los indígenas bribris. El techo es un entretejido de bejucos y hojas de suita. La construcción original solamente tendría una puerta y simboliza el macrocosmos del universo y el microcosmos del hogar. Este sitio dedicado a la lectura es diferente, pues tiene ventanas con rejillas para darle el paso al sol. La extensión es circular y breve. En el centro dejaron un fogón listo para ser encendido y alzar sus llamas igual que la palabra oral, porque los relatos, los poemas y las canciones no solo habitan en las páginas de letra impresa, sino que cobran vida en los labios de quienes se encargan de narrarlos, recitarlos o cantarlos. Hay una hamaca que nos invita a tumbarnos a leer. También encontramos un teatrino de dura tabla para que los niños puedan crear historias. Ahí cuelgan canastos y juguetes tradicionales tallados por manos generosas que conocen una sabiduría antigua e ignorada. Y en los estantes se encuentran los libros. Hallamos ejemplares publicados en Costa Rica, escritos en bribri, cabécar y español. Están las historias de Sibö, el tigre de agua o las piedras que cantan. Además, obras que ya se consideran clásicas y otras, contemporáneas. También, allí se guardan leyendas latinoamericanas, mitos griegos, cuentos de hadas que se han narrado, originalmente, en otros continentes. Textos viejos y recientes, reflejo de las últimas tendencias de la literatura infantil y juvenil, pues un niño de la comunidad bribri o cabécar tiene derecho a conocer su cultura y, asimismo, guardar una visión de amplitud.

En el «Rincón de cuentos: hemos procurado resguardar la enseñanza de Gabriela Mistral, quien en 1924 hizo una compilación titulada Lecturas clásicas para niños, por encargo del Secretario de Educación de México, José Vasconcelos. Mistral no se limitó a registrar literatura creada en ese país; presentó a la niñez textos de Oriente, los vedas, Ramayana, Panchatantra, de Tagore, Las mil y una noches, la Ilíada, el Antiguo y el Nuevo Testamentos, el Mio Cid, el romance del Conde Arnaldos, fragmentos del Quijote, Parsifal, El rey Lear de Shakespeare, cuentos de Tolstoi y, por supuesto, leyendas de Quetzacoalt y poemas de Netzahuacóyotl. Gabriela Mistral consideró que José Martí era su maestro. Y tal como él lo hiciera en los cuatro números de la revista La Edad de Oro, comprendía que no debía restringir la visión cultural de la niñez, por el contrario, aspiró a la universalidad de la palabra, el sueño y el entendimiento.

Guiado por la curiosidad, me adentré en la construcción circular del «Rincón de Cuentos» de la Escuela Sepecue. Encontré a un niño, de unos diez años, que de manera espontánea estiraba los brazos para tomar un libro que lo había atraído. Y como muchos otros pequeños de esa escuela, posiblemente, juega fútbol y siente atracción hacia las recientes tecnologías, por ejemplo, el uso de tabletas electrónicas y teléfonos celulares. Sin embargo, buscó un álbum ilustrado y se sentó a leerlo en la hamaca. Sin que lo adevirtiese le tomé una fotografía que, días después, observé en la casa con detenimiento. Tal vez, la madre y el padre de ese pequeño trabajen en alguno de los sembradíos de banano y plátano que rodean la comunidad, o, posiblemente, viajen en panga sobre el río Telire, para laborar en algún comercio del poblado de Suretka. No sé si existirán algunos libros en su hogar e ignoro si le narrarán historias antes de dormir. Lo cierto es que esa imagen simboliza el anhelo que hemos guardado escritores, educadores y promotores de lectura: la aspiración de que un niño, de manera voluntaria, busque un libro y se solace con sus palabras e imágenes.

Por ese motivo, me concentraré en esa imagen para investigar ¿qué busca ese pequeño en un libro? Además, subyacen las preguntas: ¿Qué es literatura infantil? ¿Existe una elaboración textual diferenciada, específicamente orientada a la niñez y a la juventud? Estudiemos la relación que se da entre el niño y el libro. Las letras y las ilustraciones que se despliegan ante sus ojos han sido inscritas, por lo general, como infantiles. Y la palabra infancia no es, atendiendo un estudio exclusivamente etimológico, la que mejor podría definir un conjunto de textos que tienen como propósito despertar el discurso de las personas menores. La voz procede de infans que, según Joan Corominas, es la incapacidad de hablar. Así, que tanto las estatuas como los niños carecen de lenguaje. Tal como explica Santiago Segura Munguía, proviene de la voz fari: hablar, decir o pronunciar. Un infante, entonces, es un «no hablante». No podríamos afirmar que, en la actualidad, creamos que los niños sean incapaces de elaborar un discurso oral o escrito. Se debe anotar que, históricamente, se les ha negado la posibilidad de hablar.

Joseph E. Illick sostiene que en la Edad Media ni siquiera resultaba necesario diferenciar a los niños por su nombre propio. Se les podía dar la misma denominación a dos hermanos y se les reconocía tan solo por el apelativo de «el menor» o «el mayor». En la iconografía cristiana medieval y del Renacimiento, Jesús niño era representado como un adulto en miniatura. Y es muy posible que esa visión plástica fuera reflejo de lo que pensaban entoncesΓǪ adultos inacabados o empequeñecidos. Y según Phillipe Aries, a partir de los estudios históricos y demográficos, la investigación sobre la infancia es una construcción moderna. El llamado «sentimiento de infancia» surgió en el siglo xv en Europa, con las comunicaciones mercantiles que se dieron entre los países de ese continente, los cuales produjeron transformaciones de actitudes, sentimientos y relaciones. Esa percepción se acentuó en los siglos xvii y xviii, con el establecimiento de las primeras escuelas burguesas que Soriano estudió con detalle para concluir que se empezaron a crear instituciones y sitios en los que se separaba a la niñez de la adultez y en las que se inculcaba, con especial esmero, ideas sobre la higiene y la filantropía.

Se piensa en la niñez como en ese territorio en el que el ser humano está en constante formación y se desarrolla bajo la acuciosa mirada de los mayores. Por eso, no resulta extraño que se generalice que las obras destinadas al público infantil y juvenil carecen de sentido artístico y que no se estudien o divulguen en la universidad. Son obras que se podrían ubicar en un cajón etiquetado como «literatura menor». Teresa Colomer registra esta opinión de Lolo Rico de Alba: «La mal llamada literatura infantil es a la verdadera literatura lo que los castillos de arena que construimos en la playa para nuestros hijos a la verdadera arquitectura». Imagínense ustedes: dedicar una vida a levantar palacios que fácilmente pueden ser borrados por el suave impulso de la brisa o el agua. Así, un escritor infantil carece de lenguaje y, por tanto, su oficio es inexistente. Con cierta sorpresa oigo la expresión «Carlos es un autor infantil», con lo que se estaría diciendo es que «Carlos no existe, es una ficción, pues sin lenguaje, sin palabras, no podría elaborar una obra literaria».

Los detractores de la literatura infantil tienen razones para dudar de su calidad y de su posible beneficio. Todavía en estos años que llevamos de nuestro siglo es posible encontrar libros en los que se muestran los vicios. María Clemencia Venegas, Margarita Muñoz y Luis Darío Bernal señalan características que falsean y vulgarizan los discursos que se escriben para los más pequeños. Entre ellas, el aniñamiento que se manifiesta con el abuso de diminutivos o aumentativos. Acaso se cree que si una persona menor es, transitoriamente, baja de estatura solo puede ver pequeñeces o grandiosidades en el mundo. Basta ya de textos en los que abundan términos como «piyamitas» y otras azucaradas palabras que pueden, innegablemente, provocar el empacho de menores y el horror de los lectores avezados. Se observa, también, el paternalismo, la cursilería o el «maravillismo», entendido como la falsa pretensión de ganarse el interés del lector con exageraciones que restan el sentido de verosimilitud a la trama; y, mucho más, si se confunde la poesía con la versificación plagada de lugares comunes, desprovista de imágenes literarias y riqueza imaginativa.

La característica menos deseable de esos libros es el didactismo. Se cree que la única misión del niño es la de aprender. Y confunden al escritor con un maestro que debe infundir moral, religión, patriotismo y cumplir con los principios establecidos por un currículo nacional. Más que obras artísticas son mercancías de ínfimo valor que, como lo señaló el maestro García Monge, se convierten en “baratijas literarias”. Por ello, es preciso ver los libros con los ojos de la niñez; no importa que hayan sido escritos en siglos pasados, hay mucho que aprender de sus hallazgos.

El concepto de literatura infantil es de origen reciente. Para Margarita Dobles Rodríguez es una categoría lingüística y un hecho histórico que se terminó de definir en el siglo xx. Y es justo evocar a Adela Ferreto, quien afirmaba que «tres son las fuentes que han nutrido la Literatura Infantil: el folclore, algunos textos de los grandes clásicos y los libros escritos, especialmente, para niños». Rescataré aquí el valor de la palabra anónima, la folclórica. García Monge lo advertía: «Al niño la literatura que más le conviene y le interesa es la folclórica, de su gente, de su tierra».

Las cántigas de plazas y esquinas son las que se heredan sin recelo. Son las rondas, las adivinanzas, las retahílas, los romances y los dichos anónimos, repetidos por generaciones sin detenerse a pensar en su antigüedad. ¿Acaso se interpretaron por primera vez en la península ibérica? ¿Quién sabe? Lo cierto es que se han convertido en los versos fundadores del gozo de la palabra en nuestra infancia. Alfonso Chase rescató la esencia de esa palabra primigenia con su Libro de maravillas. Evoca una tonada que, posiblemente, ya no se escucha en los parques o los patios de las casas:

Pobrecita la huerfanita

que no tiene padre ni madre;

la echaremos a la calle

a llorar su desventura.

 

Desvent