UNA LECTURA DE LA TUMBA DE ANTÍGONA DE MARÍA ZAMBRANO

Mía Gallegos

 

Discurso de ingreso en la Academia Costarricense de la Lengua

(leído el 26 de marzo de 2015, en la sede de la corporación)

 

Con sorpresa, y también con un enorme compromiso, he aceptado trabajar al lado de  ustedes en la hermosa tarea de mantener viva nuestra lengua, lengua que se dice es para hablar con Dios, en especial si pensamos en San Juan de la Cruz y Teresa de Ávila  y también en la voz de María Zambrano, que se enrumba por la vía de lo sagrado, autora que ilumina las palabras que pronuncio en esta ocasión.

Al principio, cuando se me habló de unirme a las labores que la Academia desempeña, experimenté un sentimiento de incertidumbre. Mil ideas surcaron por mi mente y, sobre todo, la incógnita sobre qué tema, inspirador y pleno, podría llevar al seno de esta casa que hoy me acoge. Me detuve a pensar en cuál había sido el camino recorrido, el camino escogido o apenas insinuado, el camino colmado de tropiezos, serpenteante, como ha sido el mío en el campo de las letras y de la vida.  En ese sendero aparecieron ante mí nombres, encrucijadas, bifurcaciones y la certeza de haber hallado una madre símbolo de la sapiencia: vi ante mí la mano abierta y guiadora de María Zambrano alumbrando el camino, con la luz que acompaña siempre sus escritos, la propia del pensamiento auroral.

Mientras meditaba en este discurso que ahora les leo, evoqué al sabio profesor de filosofía Francisco Álvarez González, discípulo de José Ortega y Gasset al igual que María Zambrano.  Pero era ya tarde para llamarlo y pedirle consejo: el maestro había muerto en la ciudad de Heredia hacía dos años, de modo que hubo que buscar sus huellas en los libros que nos heredó, en su pensamiento, en la lectura acuciosa de los presocráticos y de otros que él tanto conocía.

La pasión intelectual y vital que me une a la Zambrano fue un vínculo que empezó a tejerse desde la pubertad. En mi juventud, Oliva Espín, me quemó con el fuego sagrado, pues me dio a conocer a los grandes trágicos. No sabía en esa época que la vocación por el pensamiento mítico iba a acrecentarse a través de toda mi existencia. Ignoraba también en esa época, que por razones que no viene al caso explicar, era la mía una sensibilidad trágica, tal como la entiende Miguel de Unamuno.

Juventud, sí; mi juventud, una mocedad vivida durante la época de la guerra fría y su posterior culminación; una juventud colmada de rebeldía, de enfrentamientos, de lecturas, de sed infinita de conocimiento.  Fui y sigo siendo, para decirlo de manera exacta, una lectora desbordada. Además, en ocasiones, también fui una joven enmurallada; por eso amo a Antígona. Ahí, en esa llama íntima que solo yo sentía palpitar se abrigaban fuertes pensamientos: ¿Por qué la filosofía y la poesía se separaron?  ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Por qué? Solamente me bastó saber que Platón excluyó a los poetas de la República ideal. Entonces empecé a explicarme lo que acontecía aún hoy. Jamás me atreví a formularle estas preguntas a nadie, ocupada siempre en resolver problemas inmediatos. Atareada en mil faenas, las dudas seguían bullendo ahí dentro y no sabía a quién plantearle estos dilemas de proporciones mayúsculas.

Aquí, debo detenerme unos instantes: no soy filósofa y tampoco académica: soy poeta. En todo caso, para decirlo con palabras de Rimbaud, como Juana de Arco soy de las que cantan a la hora del suplicio.  No obstante, como a los presocráticos, siempre me han inquietado el origen y el ser las cosas. He querido saber  quién soy, si es que cabe responderse esa interpelación. Y al plantearme todas esas interrogantes, he acudido a los libros, he procurado llegar a las fuentes, y he intentado reconocerme, aunque sea modestamente, en estas y muchas otras inquietudes.

En 1985, en plena guerra centroamericana, viajé a los Estados Unidos. Una beca para escribir me llevó a Iowa, donde permanecí durante tres meses.  Escribí y también entablé una hermosa amistad con Verónica Volkow, quien al leer mis poemas me dijo que estaba en la obligación de leer a María Zambrano, a quien entonces yo no conocía. No lo hice de inmediato; tuvieron que pasar años hasta encontrar obras suyas en alguna librería de San José. Sin embargo, ahí quedó guardada la idea en la penumbra del pensamiento.

De vuelta a la tierra natal, asistí a un curso sobre los presocráticos, que tenía a su cargo Francisco Álvarez González; entonces todo  empezó a iluminarse. Estaban ante mí Tales de Mileto, Anaxímenes, Anaximandro, Heráclito, Empédocles; muchas intuiciones que había guardado celosamente en mi interior empezaron a cobrar vida. Me ocurrió lo que con tanto acierto detalla María Zambrano en su libro Hacia un saber sobre el alma: «Pero sucede que esa filosofía “camino de vida”, camino de salvación, se introduce en el alma violentamente, sin guía, sin método» (1989: 66).

Así, de improviso, me inició el maestro Álvarez González en los conceptos de rarefacción, apeiron, arjé, hybris, physis. A pesar de ello, ese deleite de haber hallado a un maestro no duró mucho tiempo. La realidad, como una puerta de goznes rigurosos, se impuso y me obligó, una vez más, a cambiar de derrotero. Fueron años ricos  en las lecturas de Jung, de manera que mi libro Los días y los sueños, cuadernillo de sueños que escribí en Iowa me obligó a realizar descensos y búsquedas en esa región anterior a la palabra. Fue una faena con la sombra, en la cual he seguido trabajando durante varios años.  Ignoraba entonces que ese pequeño libro, en realidad el apunte de una aprendiz, me iba llevar años después a comprender los escritos de María Zambrano, en especial, la razón poética y los temas que ella trata en torno al sueño creador.

Me disculpo por haberme extendido en estos comentarios. Es un necesario preámbulo para hablar, a partir de ahora, sobre el tema esbozado al principio: La tumba de Antígona, vista a la luz de sus concepciones filosóficas, especialmente las que ella recoge en El hombre y lo divino,  Filosofía y poesía y Hacia un saber sobre el alma. Todos los años dedico unos días para releer a los trágicos griegos, y de manera especial la Antígona de Sófocles, mi obra preferida.  No voy a referirme a la escrita por el trágico; no obstante, de ser necesario estableceré vínculos entre la del griego y la que nos presenta María Zambrano.

         Cuando leí por primera vez La tumba de Antígona, me encontré con una obra cuyo final  no es la muerte de la joven. Al concluirla no comprendí a cabalidad la interpretación que la autora había hecho del mito.  Para Zambrano, Antígona no se suicida; se transfigura. Aquí es necesario resaltar que Zambrano le da una solución mística al conflicto de Antígona, y al respecto se puede apreciar el surgimiento de una conciencia naciente que da paso a la filosofía. Para María Zambrano, Antígona es «la muchacha que llora enterrada viva en su sepulcro impenetrable.  Y su llanto es agua; llanto de una herida que nadie descubre, sobre la que nadie se inclina a beber; la vida misma en su presencia primera; el agua» (1993:195).

         La primera lectura me produjo una suerte de extrañamiento; supe que iba necesitar leerla muchas veces para captar toda la profundidad que encierra.  En ese transitar se despertó una emoción que se ha mantenido desde la primera lectura: descubrir que las palabras llegaron a un sitio, a un centro, que no es necesariamente la inteligencia. Zambrano penetró una zona que yo aún no sé cómo definirla, ya que produce un íntimo deleite y sobre todo, pasmo, palabra que la filósofa utiliza con frecuencia para describir lo que sucede en las entrañas de los poetas. Sin duda, al leer los textos de Zambrano también participé de la “liturgia” propia de la tragedia.

Mas como los símbolos y los mitos se resemantizan, la luminosa conciencia de Antígona siempre tendrá impacto sobre la vida y la psique de hombres y mujeres de todos los tiempos, y en particular esta versión de Zambrano, cuyos personajes son plenamente humanos.  Aquí debo repetir con vehemencia las propias palabras de Zambrano: «El mundo sagrado es la realidad desnuda, hermética, sin revelar. El hombre y los divino» (1973:209).  Ese es el mundo que revela Antígona, un orden donde los dioses han abandonado a los hombres y estos sienten su desamparo. Es justamente por ese desamparo que nace la pregunta filosófica.  También es el despliegue de la conciencia entre la vida y la muerte.

         La Antígona de Zambrano es distinta de la de Sófocles.  Por una parte, la heroína de Sófocles se rebela contra el tirano; la de Zambrano es una joven de sumisa condición: su fuerza y la fascinación que ejerce sobre el lector son su delirio, su expresión poética, su pensar, su capacidad de ensimismamiento, ese musitar y exclamar desde el fondo de las entrañas. Lo que nos deslumbra es su descenso, su viaje a los infiernos del alma.

La tumba de Antígona no fue escrita para su representación, sino para su lectura. Es un escrito de prosa poética, que incluye diálogos. Pese a ello, en España ha sido llevada a escena. Su estructura consta de doce partes, en las cuales intervienen Edipo; Antígona; Ana, la nodriza; los hermanos; la hermana; la madre, Hemón; Creón y, finalmente dos desconocidos. Fue publicada por Mondadori, con una introducción de Julia Castillo, además de un ensayo sobre Antígona de la propia María Zambrano.  La autora, quien fue escribiéndola a lo largo de muchos años de exilio, siempre pensó que la Antígona a quién ella presenta, es su hermana Araceli, su única hermana, que la acompañó durante todo el exilio, un exilio que las llevó a vivir a ambas en tierras americanas: Cuba, Morelia en México, Puerto Rico, y posteriormente en Italia, Suiza y Francia.

Es de su propia biografía de donde parte para construir esta Antígona, desterrada y exiliada,  símbolo o metáfora de la piedad.  Araceli había perdido a su esposo, asesinado con la llegada de Franco al poder luego de derrotar a los combativos republicanos. Así, la autora habla sus páginas desde un saber de experiencia,  desde un saber filosófico y desde un saber poético. Mas nos habla, por sobre todo, desde el destierro.  Y aun más: nos permite presenciar la antigua escisión y también el feliz encuentro entre la poesía y la filosofía, tal y como intentaré explicar en los párrafos siguientes.

         Quiero citar un fragmento del ensayo escrito por Zambrano en relación con la obra: «Antígona es una figura, un tanto profética —del profetismo griego—, de esta pasión. Su sacrificio, por ser obra de amor, abarca los tres mundos en toda su extensión. El de los muertos, a los que su piedad la lleva; una piedad-amor-razón que le dice que ha de estar entre ellos más que entre los vivos, como si su vida sobre la tierra se le apareciese como una efímera primavera; como si ella fuera una Perséfone sin esposo que ha obtenido únicamente una estación: una primavera que no puede ser reiterada. El mundo propiamente terrestre donde ha nacido en el laberinto de unas entrañas como sierpes; en el laberinto de la guerra civil y de la tiranía subsiguiente, es decir: en el doble laberinto de la familia y de la historia. Y al realizar ella su sacrificio con la lucidez que le descubre la Nueva Ley, que es también la más remota y sagrada, la Ley sin más, llega hasta allí donde una humana sociedad exista» (1989:20).

         En efecto, Antígona representa un sacrificio que asume para desentrañar los lazos familiares que la convierten en hija y a la vez en hermana de su padre. Asimismo, representa la asunción de un sacrificio al enfrentarse con el poder.  De tales enfrentamientos surge la piedad.  Y esta noción debe ser comprendida en los siguientes términos: ponerse en el lugar del otro, en este caso de sus hermanos, en especial de Polinices, víctima, como ella, de un nefasto e incestuoso origen familiar.  Antígona y Polinices son doblemente víctimas, ya que se enfrentan al poder del tirano. Aquí, cabe precisar que todo el sacrificio que Antígona realiza es por la defensa de su hermano: de ahí la piedad, la hermandad y el ponerse justo en el lugar del otro.

         Y es que en este fragmento inicial, Antígona ya está en su tumba y toda la obra transcurrirá en este encierro, donde llegan a visitarla distintos personajes que son, en realidad, figuras fantasmagóricas. Tal parece que en toda la obra escrita  de Zambrano, La tumba de Antígona rememora el mito de la caverna de Platón, aunque en este caso, ella en lugar de salir, ingresa en la tumba, después de haber vivido un proceso de anagnórisis, propio de las tragedias.

         Antígona, además de realizar un sacrificio, representa el nacimiento de la conciencia. La joven increpa a los dioses, pero estos ya no están como solían antiguamente, porque se ha producido una mudanza significativa que va del mundo de la poesía al de la filosofía, es decir, el momento de la escisión. En diferentes partes de la obra Antígona hace ver que los dioses ya no están.  Y si se han marchado, queda solo la conciencia que se abre paso a la filosofía.

         En El hombre y lo divino, Zambrano analiza el tránsito que hizo que estas dos manifestaciones del espíritu se separaran.  Es así como la poesía va acompañada siempre del delirio, delirio que podemos percibir en las primeras palabras de Antígona. De ahí que es necesario detallar en qué consiste este delirio, ya que según sus palabras: «En lo más hondo de la relación del hombre con los dioses anida la persecución: se está perseguido sin tregua por ellos y quien no sienta esta persecución implacable sobre y alrededor de sí, enredada en sus pasos, mezclada en los más sencillos acontecimientos, decidiendo y aun dictando los sucesos que cambiando su vida, torciendo sus caminos, latiendo enigmáticamente en el fondo secreto de su vida y de la realidad toda, ha dejado en verdad de creer en ellos» (1973:27).

         En esta primera prosa, aparece también el símbolo de la sierpe, un símbolo que está presente en toda la obra zambraniana.  Además, es necesario señalar que la serpiente es una  constante en todas las culturas. La sierpe como alegoría alude al camino de la iniciación, el transitar  humano y su entrada en la historia, mas en el texto siguiente la sierpe se enlaza con el cosmos, según se lee: «Pero ahora que abro los ojos, Aurora, que cerré para invocarte, ya no estás; ni tampoco tú, la sierpe del Sol poniente.  Luz cambiante ¿me oyes, me has oído y huiste? ¿Eres tú así? ¿Así eres tú?» (1989:40)

         Hay que destacar, no obstante, que esta presencia de la fluorescencia es otra constante en toda la obra zambraniana y viene de lejos, del conocimiento que esta filósofa adquirió a través de las lecturas de Plotino, particularmente de Las Enéadas y, por supuesto, de la claridad propia del pensamiento griego. Tal parece que María Zambrano proviene de un hondo y lejano peregrinar, como si ella estuviera dotada de un alma muy antigua.

         La siguiente prosa poética que aparece en La tumba de Antígona se titula «La noche». Conviene tener presente la importancia que la noche tiene en la escritura de la filósofa malagueña. Transcribo un párrafo autobiográfico de Zambrano que recoge Clara Janés en María Zambrano: desde la sombra llameante: «La noche era el silencio, la ilusión de entrar en un lugar secreto de donde bruscamente nos habían despertado en algún momento, escapar de la violencia que la obligaba a estar presente, allí, aquí, aquí ante todos, siendo vista, sintiéndome juzgada» (2010:41).

         Ligada a la metáfora del corazón, está también el ámbito de la música, casi como forma prenatal de lenguaje, ya que las palabras se forman en las entrañas y en este sentido me parece que se puede establecer un paralelismo entre la Antígona de Zambrano y el ensayo poético «Diotima de Mantinea» de la misma autora, incluido en Hacia un saber sobre el alma, dice: «Recogida en mí misma, todo mi ser se hizo un caracol marino; un oído; tan sólo oía. Y quizás creía estar hablando, cuando las palabras sonaban tan solo para mí, ni fuera ni dentro; cuando no eran ya dichas, ni escuchadas, tal como yo había soñado deberían ser las palabras de la verdad» (1993:190).

         ¿Cuáles son las palabras de la verdad, no es cierto que son las  que se forman en el murmullo, en el recinto que llamamos corazón? En realidad, y tal y como la filósofa lo expresa, esta metáfora del corazón se presenta en símbolos espaciales: «Es como un espacio que dentro de la persona se abre para dar acogida a ciertas realidades» (1993:53).

         En «El sueño de la hermana», Zambrano deja ver la complicidad que existe entre Antígona e Ismene. No obstante, el mayor interés lo revela el símbolo de la sangre, texto que transcribo a continuación: «Estaba sobre una roca, roja de sangre, la sangre hecha ya piedra, y yo derramé mucho agua, toda la que pude sobre ella, para lavarla, a ella, a la sangre, y que corriera. Porque la sangre no debe quedarse dura como la piedra. No que corra como lo que es la sangre, la fuente, un riachuelo que se traga la tierra.  La sangre no es para quedarse hecha piedra atrayendo a los pájaros de mal agüero, auras tiñosas que vienen a ensuciarse los picos. La sangre así, trae sangre, llama sangre porque tiene sed, la sangre muerta tiene sed, y luego vienen las condenas, más muertos, todavía más en una procesión sin fin» (1989:46).

En la prosa siguiente, se aprecia un singular diálogo entre Edipo y Antígona. El lenguaje utilizado es alusivo, se presta para distintas interpretaciones. Es necesario detenerse a observar este Edipo figurado por Zambrano.  Sin duda, es el más desdichado de todos los hombres: rey, soberano, casi dios y, por último mendigo errabundo que va por los caminos, ciego, colmado de perplejidades y guiado por Antígona. 

Este Edipo, padre que halla a su hija entre la vida y la muerte, es cuestionado por esta, quién lo increpa preguntándole si es un dios.  A lo que él responde solo diciéndole que es Edipo.  De interés primordial en este diálogo resalta el hecho de que en principio, Edipo no ve; después sí recupera la capacidad de mirar. Entonces reconoce a su hija. También el padre nace aquí a la conciencia. La ceguera es el precio que pagó Edipo para ver sus propias entrañas.

En la siguiente prosa, «Ana, la nodriza», aparece la voz popular, la de los seres casi transparentes, que parecen no tener una historia, pero que  manifiestan una gran vacilación.  Pese al carácter simple que esta nodriza tiene, no solo por su carácter nutricio, también nos sacude su sentimiento de perplejidad cuando exclama: «Eso es, que cuando se ve tanto no se puede saber» (1989:59).

         «La sombra de la madre» es el encuentro de Antígona y Yocasta. Son unas páginas sobrecogedoras en las que Zambrano reivindica en su totalidad a la Gran Madre, Diosa y madre, arquetipo que puede mostrarnos en ocasiones su faz terrible, mas no en esta ocasión. Antígona, símbolo de la piedad, comprende y perdona.  Debo decir que esta prosa, de manera especial, me llevó a experimentar un proceso catártico y junto a María Zambrano digo: «Ay, Madre, inmensa sombra…»

         La alusión a la sombra, remite de inmediato a las fuerzas inconscientes e invoca, asimismo a la madre personal como al arquetipo que subyace en el inconsciente colectivo. Llama la atención el sentimiento de compasión de Antígona, quien le dice a su madre, entre otras palabras, las siguientes: «Y, ¿es que hay alguna Madre pura  del el todo, alguna mujer pura del todo que sea madre? Tú sabes que no. Esa pureza de la Madre es el sueño del hijo. Y el hijo, a fuerza de amar su oscuro misterio, la lava» (1989:62).

         «La harpía» es el siguiente fragmento, en el cual Antígona establece un diálogo con esta figura, que representa a la Diosa de las Razones, a la araña del cerebro, que emite juicios sin llegar al centro de las entrañas. En realidad este personaje representa lo funesto. Esa harpía razonadora simboliza, asimismo la defensa de los que detentan el poder y que se colocan por encima de los pueblos.  Por ello, Antígona defiende la Ley del Amor y no la del Terror al decirle: «Ya lo dije. Porque hay otra ley, la Ley que está por encima de los hombres y de la niña que llora como yo cuando lloré» (1989:68). Al despedirse de la Harpía, Antígona, expresa que seguirá viva hasta que el Amor y la Piedad así lo quieran.

         Mas quiero desentrañar aún más el concepto de la piedad, tema que me inquieta y que merece ser comprendido a cabalidad.  Al hablar de la piedad, Zambrano, en buena medida recurre al pensamiento de Max Scheller y de Séneca, siendo este último el filósofo que con más hondura traza la ruta de la española. Sin embargo, en la búsqueda de la noción de piedad, necesariamente desemboqué en Sócrates, quien fue acusado de impiedad y es, precisamente en el diálogo del Eutifron donde el filósofo discute este concepto con el adivino que da nombre a este texto. Eutifrón afirma lo siguiente en la discusión que se da entre ambos respecto de la santidad y la piedad: «Me parece a mí, Sócrates, que la piedad y la santidad son parte de lo justo, que corresponde al culto de los dioses, y que todo lo demás consiste en los cuidados y atenciones que los hombres se deben entre sí» (1871:31)

         Cuando Sócrates se formula la pregunta sobre la piedad, ya la filosofía había descubierto y establecido la idea del ser con Parménides.  Además, se refiere al mencionado diálogo platónico y señala que: «Y así vemos en el breve diálogo Eutifrón algo sumamente delator de este proceso que apuntamos.  La piedad se define primero con el trato adecuado con los dioses, para acabar reconocida como una virtud, es decir, un modo de ser del hombre justo» (1973: 205).

         Para Zambrano definir este sentimiento resulta torpe, de manera que voy a transcribir un fragmento que aparece en Claves de la razón poética, en la cual  cito un fragmento del ensayo de Cristina de la Cruz Ayuso, titulado «Acotación temática en torno a la piedad», quien a su vez cita a Zambrano: «La piedad es, quizá, el sentimiento inicial más amplio y hondo, algo así como la patria de todos los demás. Constituye el género supremo de una clase de sentimientos: amorosos o positivos. No es el amor propiamente dicho en ninguna de sus formas y acepciones; no es tampoco la caridad, forma determinada de la piedad descubierta por el Cristianismo; no es siquiera la compasión, pasión más genérica y difusa. Viene a ser la prehistoria de todos los sentimientos positivos» (1998: 18).

         En efecto, el tema de la piedad no forma parte del pensar en nuestro tiempo, tiempo de guerras, de excluidos, desterrados, migrantes y exiliados por doquier. Época esta en la que el mercado lo ha invadido todo; época esta que se supone es el fin de la historia. ¿Será que hay que olvidarse del pensar?  ¿Será que lo sagrado no asoma por ningún resquicio? De la piedad hablan los cristianos, es una palabra y un concepto que están más bien dentro del terreno de las ideologías y de las religiones y no así en el campo filosófico, siendo que  esa  piedad-amor-razón con la que distinguimos a la Antígona de Zambrano, está presente, viva en nuestro diario acontecer. La piedad ha quedado en la sombra,  no  así en todos los seres, tampoco en quienes emigran debido a conflictos bélicos, que necesariamente deben reconocer al otro, al hermano en desgracia.

         En «Los hermanos» está la máxima tensión dramática de La tumba de Antígona, pues, como cabe suponer es el punto donde Polinicies y Etéocles se enfrentan, en especial por la visión del poder, poder que los divide y los lleva a la desarmonía y a la muerte. En primer lugar, la palabra que se coloca al inicio de este diálogo entre Antígona y sus hermanos es la verdad.  ¿Pero de cuál verdad habla la joven sacrificada? Aquí debemos detenernos y seguir el hilo de su pensamiento.  La verdad que se revela es el origen incestuoso, la condena, el sufrimiento tenaz de Edipo, su destierro y el de sus hijos, así como el delirio y la muerte de Yocasta. Es la verdad de la culpa, la mancha del linaje.  Aunque también hay otras verdades que asoman y se plasman como la lucha por el reino que deja el padre tras de sí.

         Tanto Etéocles como Polinicies no se sienten atraídos por la verdad puesto que su cometido es gobernar, por ello desde el inicio de esta prosa, Etéocles exclama: «La verdad, dices Antígona, mientras ¿qué? ¿Cómo íbamos a saberla entonces? Si nos deteníamos a buscarla, entonces, ¿quién iba a gobernar, a poner orden, a vivir? Y teníamos que vivir. Si nos paramos a mirar las cosas como son, entonces se nos van de las manos» (1989:21).

         Tanto en la Antígona de Sófocles como en la versión de Zambrano, cada hermano disputa el poder.  Etéocles está del lado de Creón y Polinicies está del lado de Antígona.  Edipo ha dejado ya un reino dividido, en el que entra Creón, su cuñado, a regir. En estos diálogos Antígona discute “las verdades” de sus hermanos, quienes manifiestan razones para haber luchado entre sí, tal y como ocurre en todas las guerra, y en particular durante la guerra civil española, que es la experiencia histórica que está detrás de la obra de María Zambrano.

         Para Antígona la verdad es una palabra afín con la luz, con la claridad y aquí utiliza una comparación con el cordero para referirse a la asunción del sacrificio. Y es que esa verdad ha brotado de los ínferos, es verdad develada.

         En «Llega Hemón» aparece el más fantasmagórico de todos los personajes.  Hemón era el prometido de Antígona, quien, según la versión de Sófocles, se suicida al ver que esta se ha dado muerte.  Llama la atención en el texto, el fragmento en el que Hemón señala que él es el único de los muertos que decidió morir por ella.  De manera que vemos en esta figura cómo surge también la emoción piadosa.

         La prosa siguiente da cuenta de la aparición de Creón. Representa el poder y la tiranía al igual que en la obra de Sófocles. En La tumba de Antígona, este rey llega a buscarla e intenta sacarla de la tumba y le dice así: «Como siempre, te adelantas a mi justicia, ahora en mi clemencia. Vengo a sacarte de esta tumba. La muerte de mi hijo, precipitado como tú, me impidió sacarte de aquí a tiempo para que celebrarais vuestras nupcias. Yo quería sólo darte una lección» (1989:85).

En realidad, Antígona transita entre la vida y la muerte; la tumba es un lugar de meditación y de reposo final.  Bien dicen que ser filósofo consiste en prepararse para la muerte, y en su encierro en la tumba eso es lo que Antígona hace. En este viaje de Antígona es importante observar que Zambrano recoge todas las teorías de las correspondencias, presente entre los gnósticos y también en el pensamiento de Emanuel Swedenborg, de manera que lo que ocurre arriba también tiene su réplica abajo. La puerta abierta en la tierra es la puerta abierta en el cielo.

         La siguiente prosa se titula «Antígona». La joven monologa; está a punto de marcharse, de transfigurarse. La meditación de Antígona en este caso se refiere primeramente a la ley que prevalece, ley impuesta por Creón.  La prosa, escrita desde una profundidad poética sin par toca muy diversos temas: la muerte de Hemón, su novio e hijo de Creón quien no resucitará aunque ella ascienda tal y como se lo pide el tirano. Las palabras que le dirige al sol constituyen un acto de deslumbramiento.  En esta prosa la joven está despidiéndose y al hacerlo reflexiona en los términos siguientes: «Y yo me quedaré aquí como una lámpara que se enciende en la oscuridad. Tendría que ir todavía más abajo y hundirme hasta el centro mismo de las tinieblas, que muchas han de ser.  Para encenderme dentro de ellas. Pues que sólo me fío de esa luz que se enciende dentro de lo más oscuro y hace de ello un corazón. Allí nunca llegó la luz del sol que nos alumbra. Sí; una luz sin ocaso en el centro de la eterna noche» (1989:90).

         Sin duda Antígona manifiesta el deslumbramiento, mas también observa la realidad donde se mezclan la luz y la oscuridad.  Contrasta la metáfora de la lámpara que ilumina todo su ser y especialmente sus entrañas. Hay, por así decirlo una luminosidad externa y otra interna y es que ella ha tocado el fondo de sí misma, su centro. En esas páginas Antígona contrapone la nueva ley a la vieja ley, la de Creón. Si hubiese una nueva ley donde se establezca la piedad y el trato justo, entonces ella ascendería, no obstante, tal hecho no ocurrió.

         Habla la joven también del exilio, del destino aciago que tuvo que vivir guiando a su padre de tierra en tierra. Uno de los textos más encomiables de esa condición de exiliada es el siguiente: «Porque llevábamos algo que allí, allá, donde fuera, no tenían; algo que no tienen los habitantes de ninguna ciudad, los establecidos; algo que solamente tiene el que ha sido arrancado de raíz, el errante, el ser que se encuentra un día sin nada bajo el cielo y sin tierra; el que ha sentido el peso del cielo sin tierra que lo sostenga» (1989: 98).

         La prosa final se titula «Dos desconocidos». Aparecen dos hombres, figuras fantasmagóricas también, que además son difíciles de interpretar.  Por una parte podría tratarse de hombres del pueblo que vienen a sacarla de la tumba.   Al leer una y otra vez el texto, la dualidad de los desconocidos hace pensar en Cástor y Pólux.  No obstante, el papel que juegan estos sin nombre recuerdan la figura de Orfeo cuando fue en busca de Eurídice.  En realidad todo este texto final está colmado de enigmas. El desconocido segundo es el que logra sacar a Antígona y esta se marcha diciendo: «Ah, sí. ¿Dónde? ¿Adónde? Sí, Amor. Amor tierra prometida» (1989: 98). ¿Será que va a una tierra soñada, a una patria utópica en la que encontrará a su prometido o llegará a una tierra donde impere la nueva ley, donde se congreguen los hermanos?

         Para finalizar, luego de realizar esta lectura, cuyo tema de la piedad es fundamental, me detengo, asimismo, a reflexionar sobre la cuestión que más me ha inquietado desde hace décadas: la conjunción entre poesía y filosofía que no es tan frecuente hallarla.  María Zambrano traza ese camino de unión y, en especial, en La tumba de Antígona, puede que su obra más literaria, aunque a decir verdad, todo su pensamiento filosófico está colmado de poesía, precisamente porque logró esa sabia síntesis.

         Me detengo un instante para transcribir y dejar abierto este tema, el cual, entre muchos, ella recoge en Filosofía y poesía, que publicó en 1939. Al inicio, Zambrano indica que han existido mortales afortunados, en los que convergen poesía y pensamiento.  Diríamos que el caso de Dante es uno de ellos, así como ciertos poetas románticos alemanes.  En esta obra ella apunta aquí las divergencias que a continuación cito: «Pero hay otro motivo más decisivo de que no podamos abandonar el tema y es que hoy poesía y pensamiento se nos aparecen como dos formas insuficientes; y se nos antojan dos mitades del hombre: el filósofo y el poeta.  No se encuentra el hombre entero en la filosofía; no se encuentra la totalidad de lo humano en la poesía.  En la poesía encontramos al hombre concreto, individual.  En la filosofía el hombre en su historia universal, en su querer ser.  La poesía es encuentro, don, hallazgo por gracia. La filosofía busca, requerimiento guiado por un método» (1996:13).

         En el párrafo siguiente, la autora profundiza más en el tema cuando habla de la entablada lucha que se da al respecto en la época de Platón, quien, como sabemos hace una condenación de la poesía; no obstante, en la obra de este filósofo todavía es posible hallar la unidad entre poesía y filosofía.  De ahí que Zambrano sostiene: «Desde que el pensamiento consumó su “toma de poder:, la poesía se quedó a vivir en los arrabales, arisca y desgarrada diciendo a voz en grito todas las verdades inconvenientes, terriblemente indiscretas y en rebeldía»(1996:14). Verdades inconvenientes nos revela Antígona. Quizás hablar de la piedad, del trato justo, del «otro», de ese desconocido, de ese excluido, anónimo, errante y sumido en los arrabales, sea una forma de ahondar en existencias y en la búsqueda de una patria de hermanos, una patria común, una patria de todos.

         Muchas gracias