La literatura para niños en Costa Rica

 

Marilyn Echeverría de Sauter

 

Discurso de ingreso en Academia Costarricense de la Lengua

(leído el 22 de abril de 2009, en el Instituto de México,

de San José de Costa Rica)

 

Distinguidos académicos:

 

Les agradezco profundamente haberme designado como una más de sus miembros. La silla que me ha correspondido es la A, ocupada previamente por el recordado y eminente historiador D.  Eugenio Rodríguez Vega. Con gratitud por tal honor quiero  presentarles la siguiente propuesta como discurso de ingreso a la Academia Costarricense de la Lengua.

Poco se ha estudiado la literatura dirigida a la niñez en Costa Rica. Por ese motivo, considero meritorio hacer referencia a la labor de autoras y autores, quienes a lo largo de casi noventa años han forjado discursos artísticos dirigidos a las jóvenes generaciones.

Aún nos falta escribir una historia de la literatura infantil costarricense y son pocos los estudios que se han referido a ella. Por eso es válido mencionar las consideraciones realizadas por Abelardo Bonilla, Carlos Luis Sáenz, Luis Ferrero o Margarita Dobles. Es posible que esta última haya sido una de las académicas que ha profundizado, con mayor detalle, en discursos literarios que históricamente se han considerado como menores.

Según Dobles «la literatura infantil en Costa Rica comprende tres períodos bien diferenciados: primero el de los precursores, desde Manuel González Zeledón («Magón») y Aquileo J. Echeverría hasta el momento en que Joaquín García Monge creó la Cátedra de Literatura Infantil y editó las primeras obras dedicadas a la niñez. Segundo, el de los iniciadores del género propiamente dicho, con don Joaquín, su Repertorio Americano, su Convivio para los niños, o La Edad de Oro, así como el ánimo a sus alumnas y alumnos, a quienes instó a escribir. Así empezaron a divulgarse obras de Carmen Lyra,  María Leal de Noguera, y Carlos Luis Sáenz. Este período concluye con la fundación de  la Editorial Costa Rica y la creación, en 1975, del «Premio Carmen Lyra». Y el  tercero, desde que esa misma editorial empezó a publicar su colección de Literatura Infantil  Costarricense hasta hoy, así como la aparición de nuevas editoriales públicas y privadas, las cuales han facilitado la irrupción de nuevas voces en el ámbito literario nacional, dirigido a los más pequeños».[1]

Los precursores sentaron las bases de una obra literaria que ya se acerca al centenario. Estos intelectuales se desarrollaron en las dos últimas décadas del siglo xix,  cuando apenas se gestaban los esbozos de nuestra literatura. Se publicaba  la Lira costarricense, con poemas escritos por jóvenes, entre los que figuran Echeverría y González Zeledón. El Gobierno liberal cerraba la Universidad de Santo Tomás y surgían instituciones que apelaban a una concepción de nacionalidad. Tal evocación se observa en las denominaciones de entidades: Biblioteca Nacional, Teatro Nacional, Archivos Nacionales o Museo Nacional. A pesar de esos intentos de crear el imaginario de una nación, la crítica señala que en ese momento la formación docente era muy desactualizada y no atendía la formación literaria de la niñez, lo cual guardaba relación con lo que sucedía en el país: no había escritoras ni escritores que se dirigieran a los más pequeños.

 Sin embargo, en este período podemos encontrar escritores que hacían una  literatura que, si bien no dirigida a los niños, se podía compartir con ellos. Al fin y al cabo, históricamente, no siempre los textos que más han atraído a las jóvenes generaciones han sido desarrollados y publicados dentro de los cánones de la llamada literatura infantil. Como ejemplo tenemos a Magón, cuyo relato «Un baño en la presa» trata las aventuras de un niño que se atreve a escaparse de la escuela. Aquileo J. Echeverría, con sus Concherías, que sin estar hechas como piezas teatrales, se han dramatizado a través de los años  en múltiples asambleas escolares. Aquileo también es autor de poemas para niños, como «Plegaria a Isabel», cuyas primeras estrofas dicen:

 

Te ruego ángel de mi guarda

que desciendas a mi alcoba

 porque tienen las muñecas

 mucho miedo de estar solas.

Que me digas un remedio

 para Betty, la pelona;

le arrancó la gata el pelo

 porque le jaló la cola.

 

O su poema «Telma», que empieza:

 

Tengo una gatita

que se llama Telma;

es de las angoras

la gata más bella.

Los ojos azules,

breves las orejas,

la boquita roja

como una cereza.

La cola esponjada

muy larga muy crespa;

de marfil las uñas

 y la piel de seda.

 

Otro autor a quien se debe mencionar es a Claudio González Rucavado. Es cierto que su obra no está expresamente dirigida a la niñez, pero retrata el mundo infantil desde la perspectiva de un adulto, como en «La pluma que escribe», que relata la travesura de un pequeñuelo que intenta garabatear con las finas estilográficas de su padre. Aunque no se puede hablar todavía de una literatura infantil,  esas son anticipaciones de la literatura para niños, que se consolidará a lo largo del siglo xx.

La literatura escrita específicamente para niños empieza en 1920 y tiene mucho que ver con la creación de la Escuela Normal de Costa Rica, fundada en Heredia por Alfredo González Flores, entonces Presidente de la República, y por su hermano el Ministro de Instrucción Pública, Luis Felipe, como Ministro de Instrucción Pública. En esa institución, Joaquín García Monge creó en 1919 la primera  «Cátedra de Literatura Infantil» de la que se tiene noticia en Costa Rica. El ilustre profesor había visto modelos de formación de maestros, mucho más avanzados, mientras estudiaba en el Instituto Pedagógico de Santiago de Chile; así, retornó a su país con el convencimiento de que el arte literario era fundamental para el desarrollo de la niñez. Como solía ocurrir entonces, y como legado de la escritura literaria del siglo xix, pensaba que lo mejor para los niños venía del folclor y de los escritores que entendían de veras al pueblo. Por eso instaba a sus estudiantes a recopilar la voz popular, los relatos alrededor de una fogata, las leyendas, las coplas, las canciones de cuna o las rondas que se jugaban en potreros y plazas.

Tal como lo indica Margarita Dobles, la literatura infantil en Costa Rica se inició  en una cátedra. Si bien García Monge fue el primer profesor,  a los pocos meses cedió el cargo a una exalumna suya, a quien le había dado lecciones en el Colegio Superior de Señoritas: María Isabel Carvajal Quesada, conocida en nuestro mundo literario como Carmen Lyra.

Con el ejemplo de su maestro, Carmen Lyra escribió una serie de relatos extraídos de la literatura popular de Europa, Asia, y África. Su conocida obra  Cuentos de mi tía Panchita fue publicada por García Monge, quien financió de su bolsillo la edición y asumió los riesgos de hacer una inversión económica en un contexto que, tradicionalmente, no se dedicaba a la lectura. Los acontecimientos y casos narrados en esa colección no son, en sentido estricto, originales; proceden del folclor de Europa y África. Algunas de estas versiones habían sido ya escritas por Fernán Caballero (nombre literario adoptado por la escritora española Cecilia Böhl de Faber y Larrea), que escribe sus Cuentos de encantamiento infantiles (1911). Por ejemplo, el cuento «Juan Soldado», de Caballero, se transforma en «Uvieta» en la inolvidable versión de Carmen Lyra; «La flor de lis», de la española en «La flor del olivar», de la costarricense.

Existen intertextualidades que merecen un estudio a profundidad. Entre algunos casos, está el cuento «La suegra del Diablo», título empleado por los hermanos Grimm, en Alemania, por Fernán Caballero en España y por Carmen Lyra en Costa Rica; también tenemos el relato de los Grimm «Hansel y Gretel», contado por Lyra como  «La casita de las torrejas».

Otro caso interesante es el del «Tío Conejo». Podría partirse de la teoría de que este personaje viene del África, donde se conoce como «Somba». Hablaban inglés con acento africano y de ellos procede el «Brer Rabbit» (es decir, el «Brother» Rabbit). Aquellos cuentos fueron relatados por Joel Chandler Harris y aún hoy son considerados un tesoro literario de la niñez en los Estados Unidos. En América Latina, el ingenioso «Brer Rabbit» se transforma en «Tío Conejo».  Como lo indican algunos estudios sobre la literatura infantil latinoamericana, como los de Alga Marina Elizagaray, existen muchos escritores que han contado las historias de este personaje. Pero la mejor «biógrafa» del Tío Conejo es la propia Carmen Lyra.

Joaquín García Monge no solo impulsó a Carmen Lyra, también lo  hizo con otra ex alumna quien había venido de Guanacaste, a estudiar en el Colegio Superior de Señoritas. Ella se dio a conocer con el nombre literario de María Leal de Noguera  y dio a conocer  en 1921 sus Cuentos viejos. Más allá de la creencia de que estos cuentos son una recopilación de relatos guanacastecos, debe mencionarse, que siguiendo la tradición ya anunciada por los maestros europeos del siglo xix, son cuentos antiguos que provienen de la cosmogonía india, griega  o latina. De la misma forma, son abundantes las referencias a la Biblia. La obra de Leal de Noguera tiene el mérito de estar escrita en el la variante del español propio de los costarricenses.

Si bien, los libros de Lyra y de Leal de Noguera fueron aceptados por los maestros, también se los criticó por haber acudido al lenguaje popular. Hubo reacciones en la época que sostenían que eran cuentos  que enseñaban a hablar mal a los niños. Sin embargo, las autoras, siendo también educadoras, tenían claro  que no intentaron hacer libros didácticos sino darles placer y gusto por la lectura a los niños.

Aparece luego  Carlos Luis Sáenz, primero estudiante y luego profesor y director de la Escuela Normal de Costa Rica. Se hizo cargo de la Cátedra de Literatura Infantil y siendo profesor publicó en 1929  su primer libro para niños: Navidades. Posteriormente publicó Mulita Mayor (1949), El abuelo cuentacuentos (1975) y El gato tiempo (1983), además de numerosas obras didácticas.

En este primer grupo de escritores en la literatura infantil  costarricense también debemos mencionar a Fernando Luján, a Emma Gamboa y a María del Rosario Ulloa, quienes hicieron aportes significativos para los niños y las niñas.

Luego aparece Importante es el caso de Joaquín Gutiérrez, quien en 1947 obtuvo el prestigioso premio Rapa Nui, de Chile, con la obra Cocorí, hoy ya traducida a más de diez idiomas. Poco tiempo después aparece publicada en Costa Rica la novela de Carlos Luis Fallas Marcos Ramírez, texto  que hace la delicia de grandes, chicos  y especialmente de los jóvenes.

Lilia Ramos también incursionó en la literatura infantil con sus obras Cuentos de Nausicaa (1952) y Almófar, hidalgo y aventurero (1966). Hay que referirse también a José Basileo Acuña, por sus cuentos Angelito Fierabrás (1967) y  El angelito bajó a la Tierra (1969), y a Fabián Dobles por su novela Una burbuja en el limbo (1946) y sus Historias de Tata Mundo (1955).

 La Editorial Costa Rica creó el «Premio Carmen Lyra»; en 1975 tuve el honor de ganarlo con mis poemas de Algodón de azúcar. De ahí en adelante esa casa editorial procuró buscar la calidad en estos premios. Ya no se escriben sólo cuentos de hadas o sobre el folclor, sino sobre los problemas sociales que amenazan su inocencia. Desde este momento está presente, tanto en la poesía como en la prosa, el humor urbano o el humor del sinsentido, que no intenta educar sino lograr el disfrute de la lectura.  La Editorial Costa Rica sigue con su encomiable labor de publicar las obras premiadas, además de otras editoriales como  la Editorial de la Universidad Estatal a Distancia,  Ediciones Farben (transformada después en el Grupo Editorial Farben Norma), la Editorial  Universitaria Centroamericana, la Editorial  Universidad Nacional  y algunas otras iniciativas privadas. Todas ellas comienzan a publicar las obras especializadas en literatura infantil hasta el día de hoy.

Durante las décadas de 1980 y 1990 el Instituto de Literatura Infantil y Juvenil difundió la literatura infantil costarricense e internacional. Se hicieron publicaciones, se organizaron seminarios y se participó en congresos en el extranjero. En ese período surgieron autores y autoras que se siguen leyendo en los hogares y en las escuelas.

 Mencionaré algunos que han publicado sus obras para niños en esa época  y con las editoriales antes mencionadas: Clara Amelia Acuña, Alfredo Cardona Peña, Delfina Collado, Rodolfo Dada, Quince Duncan, Adela Ferreto, Floria Herrero, Floria Jiménez , Lily Kruse, Mabel Morvillo, Dorothy Pinto, Julieta Pinto, Lara Ríos, Carlos Rubio, Cary Sagot, Rocío Sánz; más recientemente: Minor Arias, Ani Brenes, Gloria Macaya, Ana Piza o Evelyn Ugalde, por mencionar algunos nombres más.

Hoy las exigencias que demandan los libros para niños y niñas, tienen diferentes componentes si se les compara con los tradicionales de épocas anteriores.

Una exigencia en las políticas editoriales actuales es la excelencia. Se buscan libros que tengan personalidad,  que sean ágiles y creativos y fomenten el crecimiento personal, la educación y la entretención del niño o de la niña, donde se patrocinen los valores y se prepare al niño para la paz. Se deben auspiciar los sentimientos para que se desarrolle en un mundo solidario, con amor por la naturaleza y al medio ambiente. Hay  que agregar a esos ingredientes, la originalidad, la calidad de contenido, excelente presentación, que sea entretenido y que tenga hermosas ilustraciones. Es importante  que la parte gráfica sea actual y que se adapte a las necesidades del niño de hoy. La ilustración ha de orientarse a despertar el interés de quien lee y, al mismo tiempo, facilitar la comprensión del texto y enriquecer su capacidad comprensiva, por eso es tan importante en un libro para niños. Una buena ilustración no sólo es una repetición del texto literario, es una obra plástica, de ostensible calidad, que dialoga con la palabra escrita.  En Costa Rica hay en la actualidad magníficos ilustradores  como Vicky Ramos, Álvaro Borrasé, Félix Arburola y Nela Marín; pero no olvidemos al insigne Juan Manuel Sánchez, ilustrador de los primeros libros de literatura infantil que leímos como los Cuentos de mi tía Panchita, de la mencionada Carmen Lyra, o los libros de Adela Ferreto y Lilia Ramos.

A los niños y niñas, apenas se les entrega un libro, quieren ver de inmediato si  tienen ilustraciones. El primer juicio que se hace de la obra, se lo sugiere el factor plástico. Es muy importante la vinculación entre el ilustrador y el autor. La experiencia visual de los niños precede a su experiencia como lectores y el ilustrador entra primero en la vida del niño. La labor de las ilustraciones de los libros cuando logra ser efectivo en su propósito, contribuye a estimularlos en la lectura del texto y con ello les lleva inconscientemente a adoptar una posición de percepción  activa ante la sociedad.  No concibo un libro en que el nombre del ilustrador no quede bien visible, como ya ha ocurrido en muchos casos.  El ilustrador es tan importante como el autor y su nombre debe aparecer en la portada con letras grandes.

El libro debe leerse con agrado, su formato ha de ser el más adecuado; su tipografía  clara, grande, con rasgos redondeados y a tinta negra. En cierta ocasión, visitando una escuela, un niño me dijo que a él no le gustaban los libros que, al abrirlos, se veían negros de letras. Se refería a aquellos en los  que escasea el diálogo, abundan las descripciones y hay pocos puntos y aparte; es decir, que sus párrafos son muy extensos. Quiero decir con esto que a estudiantes como el que menciono no les gustan los textos apretujados.

Una obra para los niños y niñas,  independientemente de su formato y contenido, no es un objeto inerte: papel y tinta. Muy al contrario, el texto es dinámico invita a un diálogo entre el autor y el lector. En ese proceso activo, tanto el texto escrito como el visual juegan un papel importante y pueden convertir el libro en una experiencia sensorial intelectual o lúdica.

No hay que olvidar que toda obra aunque su fin no sea didáctico, enseña las palabras cotidianas y novedosas, las ideas que expone, los sentimientos que presenta; por lo tanto la poesía, los cuentos y aventuras de calidad son muy importantes para la formación y desarrollo de los niños. El libro para los pequeños debe tener  dos pretensiones contradictorias: el gusto por lo real y la necesidad de lo imaginario. Ha de contar con un estilo sencillo con mucho diálogo y acción, evitar las prolongadas descripciones y, como ya lo he dicho, ha de lucir bien ilustrado, con base en la tradición gráfica, así como en las últimas tendencias de diseño de los libros más pequeños.

Niños,  niñas y jóvenes se convierten en buenos lectores si los libros que llegan a sus manos les resultan interesantes. Los cuentos siempre les han interesado a los chicos. Los que más les gustan son los cuentos sencillos, naturales, con humor, llenos de sentimientos y actitudes humanas.

Lo más difícil de escribir literatura para los chicos es la sencillez que se debe tener, sin caer en la puerilidad,  ni abusar de  los diminutivos ito o ita. Dice al respecto Elizagaray: «La literatura como arte es la más alta expresión cultural del lenguaje y contiene en esencia a todas las manifestaciones de la cultura. La literatura para niños y jóvenes, el libro de este género, como resultante de una auténtica y elevada creación poética, ayuda poderosamente a la formación ética y estética del joven lector, al ampliarle su sensibilidad. Esta ayuda le servirá para el resto de su vida».[2]

Las cosas extraordinarias que se presentan en los cuentos (árboles que cantan, botas que caminan, animales que hablan), les encantan a los niños y niñas, forman su bagaje cultural predilecto, porque la fantasía es inherente a su mundo. Por eso,  ese mundo sobrenatural no tiene para ellos nada de increíble, sino que es completamente natural. Para nosotros, los adultos,  el uso de la fantasía es algo lógico, para ellos es algo extraordinario y si los chicos no creyeran totalmente que las cosas prodigiosas pudieran suceder, tampoco rechazan su posibilidad. El interés que pueden tener las niñas, niños y jóvenes al leer libros que incluyen la fantasía se puede comparar con el gusto y la atracción con que los adultos leen las novelas de ficción, ya que, la ficción no es del todo imposible y existen ciertas coincidencias con los sentimientos, las situaciones cotidianas y las aventuras que se narran.

Se dice que en cada niño hay un poeta; pero esa innata actitud no se desarrolla de la noche a la mañana, sino mediante el contacto directo con la vida y con el arte. Si no lo conectamos con los más esenciales valores humanos, será un pequeño monstruo de indiferencia ante los sentimientos, el lenguaje y la naturaleza.

La literatura adecuada para niños y jóvenes es un arte y por lo tanto la más alta expresión del idioma; lleva implícito el resto de las manifestaciones culturales de la humanidad. El talento y el respeto que el autor sienta por los niños marcan la calidad de esta literatura. La literatura para niños debe aspirar a convertirse en literatura de los niños. Porque una cosa es escribir para ellos y otra que la hagan suya. Esperamos que en Costa Rica se hagan muchos  seminarios y cursos a cargo de nuestras universidades, para enseñar a quienes tengan vocación para que escriban bien. La buena literatura, aquella que es puro entretenimiento, se puede convertir en  la varita mágica para que los niños le tomen el gusto a la lectura y esa sería su función esencial. La idea es que encuentren placer en leer y no una obligación.

Hay un fenómeno que parece universal y que se siente en nuestro país y es el deterioro alarmante de la lengua española en nuestro pueblo. Si no se detiene el rumbo que llevamos pronto estaremos hablando una jerga difícil de entender para nuestros hermanos hispanoamericanos.

 La lectura debe informar y formar; es decir, contribuir a sensibilizar el mundo interior del muchacho o de la muchacha y condicionarlo, de esa forma, como lector o lectora. Un error en el que a veces solemos incurrir cuando escribimos para los niños es hacer las descripciones prolongadas y excesivas, que terminan por cansar y distraer al lector, cuando deberíamos abocarnos a fortalecer el diálogo y la acción; hay que eliminar  los incidentes y las palabras groseras que puedan resultar nocivamente ejemplarizantes y que no se fuerce la trama por obtener un complaciente final feliz. A los niños no debemos sobreprotegerlos en la literatura, sino esforzarnos en brindarles frescura, gracia y poesía. Para lograrlo debemos salirle al paso a todo lo que suene vulgar, chabacano e incorrecto.

Las fábulas han pasado de moda y creo que por su tono moralizante. En lo que a mí respecta, de niña nunca me gustaron y posiblemente me rebelé ante sus moralejas finales.  En un libro de Jesualdo[3],  leía una pequeña anécdota sobre las fábulas y comentaba que un día él  le dijo a un niño: «¿No te parece fabuloso que hablen los animales?», a lo que el niño le respondió: «Sí, pero ahora ya no hablan…»

Fundamentada  en mi experiencia personal, he concluido que los libros que han tenido más éxito son los que hablan de asuntos cotidianos, como anécdotas del niño urbano tratadas con humor, o las cosas reales y también mágicas en la vida de los indígenas, pasajes actuales con final feliz en los niños con alguna discapacidad y para los más pequeños la poesía loca, llena de humor y de musicalidad.

La verdadera literatura, como la que pretende serlo, tiene un cometido múltiple en cuanto a nuestra intención educativa. Este planteamiento acarrea una serie de problemas que nos llevarán a la más exacta respuesta en cuanto a su eficacia. Por ejemplo: ¿lo que leyeron antes los niños y las niñas es lo mismo que leen en la actualidad? ; ¿se lee menos hoy día, tanto o más?; ¿busca el niño la lectura por sí mismo o se le condiciona  intencionalmente a un determinado libro? Y también nos podemos preguntar: ¿Cuál es el fin que se persigue cuando se desea que el niño lea?

Hoy,  los niños leen todavía a Carmen Lyra y en algunas escuelas se leen las Concherías de Aquileo. Claro que hoy se encuentran en las librerías obras  de todas clases, formas y colores y el niño tiene donde escoger. Pero en muchos casos el niño no puede escoger sino que le escogen su libro. En algunas escuelas y colegios tienen la opción de llevar un libro «recomendado» por lo profesores y maestros y con ellos la lectura es más entretenida. Hoy se destina menos tiempo a la lectura que antes. Tenemos la televisión y los juegos electrónicos donde el niño invierte gran parte de su tiempo  Pero si el niño ha adquirido un buen hábito de lectura, siempre tendrá tiempo libre para leer su libro preferido.

¿Qué perseguimos cuando deseamos que el niño o la niña lean? Instruirlo, educarlo y divertirlo, cuando no las tres cosas a la vez. Las obras literarias puramente instructivas le disgustan; suelen ser rechazadas y difícilmente cumplen su fin. Rechazan también los libros educativos porque notan claramente que ellos sirven para «educarlos». Entonces,  ¿cuáles son los verdaderos libros que les interesan y que son provechosos? Sin duda los de distracción y placer, aunque los anteriores se conserven para la preparación del niño. A los últimos hay que darles un papel importante porque son los que verdaderamente responden a las necesidades de los niños y de las niñas y ejercen  una influencia muy feliz en el desarrollo de su psique.

En Costa Rica poco se fomentan las obras de teatro infantil. Las que se han presentado en el país son las de Mabel Morvillo: La titiritera del arco iris, Había una vez un bosque y Ana en el círculo maravilloso. Hay otras presentaciones que llegan a ser adaptaciones de algunos libros o simplemente  son obras con un carácter puramente comercial.

Me gustaría que se lea más poesía en las aulas. Hace unos años se la excluía de la literatura infantil. Simplemente, se ha pasado por alto su potencial educativo, lo mismo que con el canto. La realidad es que la poesía cabe dentro de la literatura. Si en ocasiones se la ha excluido es porque algunos pedagogos han llegado a sostener la peregrina opinión de que los niños no están en capacidad de comprenderla. Esta idea es absolutamente errónea: las primeras manifestaciones de los pueblos fueron precisamente las composiciones líricas  que «si no se cantan podrían cantarse», como definía Gabriela Mistral la poesía que debía servir al niño o a la niña.

La poesía en general ha entrado a la escuela en hombros del canto o del tímido recitado. Nos preguntamos: ¿les interesa y les gusta a los niños la poesía?; ¿sirve en algún aspecto de su cultura? En general se puede  afirmar que sí, que les interesa siempre que reúna las condiciones exigidas por él. No es que el niño sea capaz o no de entender o disfrutar de la poesía narrativa o descriptiva del poeta; el asunto está que los maestros tengan la sensibilidad necesaria para hacerles entender y descifrar los verdaderos elementos emocionales que la poesía posee. No olvidemos que el niño vive y se expresa mediante imágenes. Es mucho más fácil de lo que se cree el conseguir que el niño entienda y guste el idioma figurado. Pero para que esto suceda el maestro debe contar con  la sensibilidad y la pericia suficientes para llevarlo por el camino más sencillo y fácil, y más auténtico a la vez. Al niño le gusta la poesía porque la retiene sin mayor esfuerzo; el ritmo sobre todo, es un gran auxiliar para la memoria,  además  porque el oído se deleita con la cadencia de los versos, con la regularidad del número de sílabas y con la consonancia de la rima.

Quisiera exhortar, desde aquí, a las universidades y centros de investigación a que profundicen en la literatura costarricense dirigida a las jóvenes generaciones; con mucho más razón por el hecho de que este año conmemoramos nonagésimo aniversario de la creación de la Cátedra de Literatura Infantil. Les hago un llamado a madres, padres, abuelos y docentes, a gozar de la literatura infantil y verla como entretenimiento, placer y  reencuentro familiar. Aprovechemos de este disfrute milenario de contar, cantar y recitar para tener mejores  hombres y mujeres en el futuro.

 

 

 

 

 

 

© Marilyn Echeverría de Sauter

© ACL



[1] Margarita Dobles, Por qué cuento y canto para mis niños (San José: Editorial Costa Rica, 1991): 14.

[2] Alga Marina Elizagaray, El poder de la literatura para niños y jóvenes (La Habana: Letras Cubanas, 1979): 23.

[3] Nombre literario de Jesús Aldo Sosa (1905-1982), notable pedagogo uruguayo. Es autor, entre muchos otros, de Vida de un maestro (1935) y La literatura infantil: ensayo sobre ética, estética y psicopedagogía de la literatura infantil (1944).