EL POEMA COMO BÚSQUEDA INTERIOR

Julieta Dobles Yzaguirre

 

Discurso de ingreso en la Academia Costarricense de la Lengua

(leído el 24 de agosto de 2006, en el Centro Cultural de México,

de San José de Costa Rica)

 

                                                                                            

Hace un tiempo, buscando títulos sugerentes en las librerías, di  con un pequeño libro con un atractivo título: Escribir para curar. Esto me conectó inmediatamente con mis experiencias  de tantos años en los talleres  literarios, donde  he observado que muchas personas  llegan buscando no sólo las  bases para erigir una  obra literaria, sino, y principalmente, para  indagar  dentro de sí a través del poema propio, e iniciar un tipo  de curación: la curación por la palabra. Leí  el librito con avidez; en realidad, se trataba de un  manual de tratamiento psicológico de  problemas a través de la expresión escrita.

Hasta aquí la anécdota.  Dicha lectura confirmó algo  que ya sospechaba:   nacer hacia lo humano es nuestro verdadero  nacimiento, y se produce lentamente; a veces  muchos años después de nuestro nacimiento biológico.  Los caminos de esa evolución son  a veces tortuosos y difíciles y, en todo caso, infinitamente variados. Uno de esas vías de iniciación es la creación poética. Generalmente, como  ocurre  con  la mayoría de los caminos de realización, no la escogemos  nosotros. Ella nos encuentra y se nos manifiesta como  camino de expresión. Creamos el poema y éste nos va configurando, descubriendo, develando ante nuestro propio asombro. Siempre recuerdo la anécdota de Jorge Luis Borges cuando le fue entregado el Premio Cervantes. Aquella clara mañana de otoño en Alcalá de Henares, en medio de la solemnidad del momento,  el poeta ciego se dirigió al Rey Juan Carlos de España, y le dijo: «Su Majestad,  usted y yo nos parecemos en algo: ninguno de los dos ha escogido su destino». Los poetas descubrimos nuestra vocación cuando ya ella nos ha descubierto a nosotros y se nos ha hecho inicial camino de humanización.

La página en blanco no es sólo un reto de calidad y de originalidad. Es, ante todo, una pantalla espejo donde va a reflejarse lo desconocido de nosotros mismos, las voces múltiples e inesperadas que nos forman,  lo  subconsciente y lo primitivo, lo   comunal y lo  profundamente individual. Ya lo dijeron los psicoanalistas: el arte es un camino privilegiado de expresión, donde los intrincados laberintos de la psiquis humana se manifiestan de una manera intensamente  clara y reveladora.

Esta función de  lo poético, camino de descubrimiento y realización  en lo humano, es, en mi criterio, la función primordial de la creación por la palabra, la más primitiva y la más esencial, la que logra que afloren las múltiples voces que configuran  nuestra humanidad. Esta  vía de exploración  interior es la que obtiene las catarsis necesarias, al descubrir gradualmente, como formando un mosaico de piezas armables,  quiénes somos, qué personalidades, qué conflictos, qué contradicciones  y qué principios nos configuran, nos conservan y nos amenazan.

Según los poetas que suscribimos el Manifiesto trascendentalista, la poesía es una vía de conocimiento, un sendero iniciático que nos permite descubrir realidades interiores. Un lector agudo podría descubrir en la obra poética de una  vida, leída cronológicamente, un universo personal irrepetible, una  ideología no explícita, pero subyacente, que muchas veces es el verdadero motivo de vida de su autor. Algunos investigadores psicológicos, como Richard Idemon, la llamaría nuestra  «mitología personal», al aludir a la creación y recreación de mitos en cada vida, donde el protagonista se esfuerza en la mayoría de los casos de manera inconsciente, en cumplirlos, poniendo incluso en peligro su supervivencia, física o psicológica.

               Es sorprendente cómo los poetas encontramos,  en nuestras propias obras, a lo largo del tiempo, los nudos fundamentales de nuestra  existencia, las  motivaciones y las contradicciones  esenciales, las  trampas que nos hemos construido, las negaciones que nos hemos impuesto, y los  personajes, matizados hasta el infinito, con que hemos creado nuestros amores y nuestros odios.

El ser humano es su propia creación. Y ahí está el poema para descubrir esa creación y su secreta y compleja red interior. Por eso no hay dos voces poéticas semejantes. Y por  eso los lectores  se identifican o no  con  los poetas, según su propio  universo se acerque o no  a lo  leído, a los motivos de vida que subyacen   en lo profundo del texto, y a la forma  literaria  que el poeta  adopta, y que no es  mero  vehículo, sino parte  substancial de  esa  visión   de mundo  individualizada. Porque el binomio  tradicional forma/fondo no es tal. Ambos  elementos, separados por la teoría, se dan en  una  unidad indisoluble, y  así  se afectan uno al otro inevitablemente, y se van definiendo y delineando recíprocamente.

               Esta  función  esencial del texto poético se presenta seguida de cerca por la otra  función  que la complementa: la comunicativa, la que dialoga con el lector y crea nexos por experiencias e intuiciones  compartidas  dentro del universo  social e imaginario  en que nos debatimos. Lo individual y lo colectivo, lo personal y lo social: los dos  filos  entre los  cuales el poeta  indaga con la palabra, se retrata, se  comunica,  se  rehace continuamente.

               Veamos algunos ejemplos de esto, que podrían prolongarse hasta configurar un amplio estudio, pues todo poeta es un universo de vivencias y voces cuajadas en el lenguaje figurado de la poesía. Estas muestras son el fruto de muchas  lecturas  de poemas  ajenos que agradezco, pero fundamentalmente, son el fruto de la lenta tarea, que  durará  mientras  haya aliento, de ir desentrañando en ellos mis propios   actos, mis  secretas batallas, de  irme  haciendo  humana a través de la palabra que me revele a mí  misma quien soy, en definitiva. Lucha  que es el gran reto de la verdadera poesía, y que  comparto con todos mis hermanos, creadores enamorados de la palabra.

               En la hermosa elegía que Luis  Cernuda escribe cuando su amigo,  Federico García  es  fusilado, hay una  proyección de la condición  homosexual propia  en la del amigo. Ambos  conocían los desamores  de ambos, y por eso, al expresar su amargura Cernuda  dice: Aquí la primavera luce ahora. / Mira los radiantes efebos / que vivo tanto amaste / efímeros  pasar  junto al fulgor del mar. / Desnudos  cuerpos bellos que llevan /  tras de sí los deseos /  con su exquisita forma, y sólo encierran /  amargo  zumo, que no alberga su espíritu /

 un  destello de amor ni de alto pensamiento. Descarnada meditación que expresa la vivencia  propia atribuyéndosela al amigo desde la empatía.

               Miguel Hernández, el poeta pastor, el que muere en las cárceles franquistas de tuberculosis, tiene tiempo en su prisión de meditar sobre la crueldad absurda de las guerras y se lamenta en varios poemas  de su Cancionero y romancero de ausencias, de la verdad que lo mata lenta y angustiosamente, lejos de los suyos: La vejez en los pueblos, / el corazón sin dueño. / El amor, sin objeto. / La hierba, el polvo, el cuervo. /  ¿Y la juventud? /   En el ataúd.// El árbol solo y seco. /  La mujer como un leño /  de viudez sobre el lecho. /  El odio sin remedio. /  ¿Y la juventud? / En el ataúd.

               En otro poema del mismo libro —uno de los más grandes y más breves, acerca de la verdad de la guerra— el poeta sintetiza el drama del odio que ha presenciado: Tristes guerras /  si no es amor la empresa. / Tristes, tristes. /

Tristes armas /  si no son las palabras. /  Tristes, tristes. /  Tristes hombres / si no mueren de amores. /  Tristes, tristes.

           En «El circo», de Enciclopedia de las maravillas,  Laureano Albán nos hace partícipes de las ilusiones y frustraciones de su infancia, y hace un rico y sugerente recorrido por ellas, que es una clara catarsis del dolor del niño, arrastrado en las negaciones del adulto: Cuando tenía ocho años, mi padre / -que era un muchacho aún defendido /  por toda la vida que tendría que soñar /  me llevó a un circo y me dio un globo /  y una mirada dulcísima que nunca debería haber muerto. // Pronto supe que el circo era más pequeño que mi sueño. / Que el circo cabía en este mundo y mi sueño tampoco. / Y sentí la tristeza de los volatineros / cuando miran la tierra que nunca les pertenecerá. /  Y la agonía de los animales amaestrados / que aprendieron a mentir para no llorar. // Desde entonces los payasos me parecieron /  tan grandes como el miedo de mi miedo. /  Con sus desmesurados zapatos que no van a ninguna parte. / Con la roja vehemencia de sus grandes narices tan inútiles. /  Con sus pantalones inmensamente parchosos

 donde cabría el mundo y algo más… […]/ Siempre llegamos tarde. / Quizá el mejor chiste ya fue contado. /  Y la maroma perfecta dejó el aire doradísimo. / Y la mujer barbuda se convirtió en hombre para siempre. / Y los enanos aprendieron a crecer y a desaparecer /  simultáneamente inexplicables […] / El trapecista gira y el mago saca de su manga / algo brillante, oscuro, innecesario para alguien:/ este poema destella por un precoz instante / antes de convertirse en mariposa / —de papel o de sangre— ¡mariposa!

                                          

               En «Tango del viudo», Neruda recoge sus angustias luego del forzado abandono de Josie Bliss, y de  la casi vergonzosa  huída que emprendió para caer de nuevo en la más abismal soledad, la que acecha después de haber conocido la apasionada compañía, la que le hace recordar sus pobres soledades de estudiante en Santiago. Todo esto en el tono irreverente, descodificado y pleno de humor negro propio de las vanguardias, pero no por ello menos doloroso y confesional: Maligna, la verdad, qué noche tan grande, qué tierra tan sola! / He llegado otra vez a los dormitorios solitarios, /  a almorzar en los restaurantes comida fría, y otra vez / tiro al suelo los pantalones y las camisas, / no hay perchas en mi habitación, ni retratos de nadie en las paredes. /  Cuánta sombra de la que hay en mi alma daría por recobrarte / y  qué amenazadores me parecen los nombres de los meses, /  y la palabra invierno qué sonido de tambor lúgubre tiene. // Enterrado junto al cocotero hallarás más tarde /  el cuchillo que escondí allí por temor de que me mataras, / y ahora repentinamente quisiera oler su acero de cocina /  acostumbrado al peso de tu mano y al brillo de tu pie:/ bajo la humedad de la tierra, entre las sordas raíces, /  de los lenguajes humanos el pobre sólo sabría tu nombre, /  y la espesa tierra no comprende tu nombre / hecho de impenetrables sustancias divinas. //  Así como me aflige  pensar en el claro día de tus piernas / recostadas como detenidas y duras aguas solares, /  y la golondrina que durmiendo y volando vive en tus ojos, /  y el perro de furia que asilas en el corazón, /  así también veo las muertes que están entre nosotros desde ahora,

  y respiro en el aire la ceniza y lo destruido, /  el largo, solitario espacio que me rodea para siempre.

               Como lo vienen descubriendo varias escuelas psicológicas contemporáneas, en los papeles que adoptamos a lo largo de nuestra vida desarrollamos mitos, que corresponden con los que el ser humano viene representando desde su origen en las distintas culturas. El gran mérito de la rica mitología griega clásica ha sido haber reunido muchos  mitos de las diversas culturas antiguas, y haberlos heredado a Occidente a través de poemas, obras dramáticas y  leyendas  La poesía que escribimos nos ayuda a definir los mitos personales que estamos representando en un momento dado, mitos generalmente no conscientes, y a encontrarnos en ellos, ya sea para asimilarlos, o para rechazarlos. Julio Cortázar, que también nos da poesía en muchos de sus cuentos, describe en una entrevista la neurosis de la que se curó, recién autoexiliado de su país, y que consistía en el temor a ver infestada su comida. En su relato «Circe» (de Bestiario) una bella mujer, Delia Mañara, practica las artes de brujería, como aquella Circe que transformaba a los hombres en cerdos en la Odisea, les da a sus novios bombones con cucarachas dentro, lo que los impulsaba a la depresión y al suicidio, y cómo el último se salva por milagro de su hechizo.

               Aunque Federico García Lorca no era gitano, su identificación y empatía con esa cultura lo llevó a presentar a los gitanos como víctimas propiciatorias en el sistema político de su época y de su país. Lo extraño es que, luego de cantar las agonías y persecuciones de esa raza en muchísimos poemas, él mismo asumió el rol, y  murió asesinado, como víctima indefensa frente al sistema. La muerte violenta es uno de los motivos fundamentales de su poesía, no sólo en el Romancero Gitano, sino en otros poemarios suyos. En su primer libro, Poemas Lorca libera sus íntimos temores y premoniciones: La nostalgia terrible de una vida perdida, / el fatal sentimiento de haber nacido tarde, / o la ilusión inquieta de un mañana imposible / con la inquietud cercana del color de la carne.

               Más adelante, en su Poema de la soleá, la muerte violenta aflora, como en el poema «Sorpresa»: Muerto se quedó en la calle / con un puñal en el pecho. / No lo conocía nadie. / ¡Cómo temblaba el farol! /  Madre. / ¡Cómo temblaba el farolito / de la calle!

               Las referencias a la muerte violenta, o a la propia muerte dentro de la obra del gran poeta granadino, son constantes. Por eso se le ha llamado también «el poeta de la muerte». En «Memento», de Viñetas flamencas, se lee: Cuando yo me muera, / enterradme con mi guitarra / bajo la arena. // Cuando yo me muera, / entre los naranjos / y la hierbabuena. // Cuando yo me muera, / enterradme si queréis / en una veleta. // ¡Cuando yo me muera!

               A Málaga la representa el poeta en «Tres Ciudades», poema especialmente cifrado y misterioso: La muerte / entra y sale / de la taberna. // Pasan caballos negros / y  gente siniestra / por los hondos caminos / de la guitarra. // Y hay un olor a sal / y a sangre de hembra, / en los nardos febriles / de la marina. //

La muerte / entra y sale, / y sale y entra / la muerte / de la taberna.

               En sus  poemarios más conocidos, Romancero gitanoPoeta en Nueva York, las referencias a la muerte violenta, tanto propia como ajena, son abundantes y ricas. La muerte temprana, la muerte violenta, dos temáticas que obsesionan a Federico García Lorca desde sus primeros poemas, y en los que incursiona constantemente, en un claro afán de indagación interior y de catarsis de su angustia. Ante el trágico final del poeta, toma especial sentido  la «Casida de la mano imposible»: Yo no quiero más que una mano, / una mano herida, si es posible. / Yo no quiero más que una mano, / aunque pase mil noches sin lecho. / […] / Yo no quiero más que esa mano / para los diarios aceites y la sábana blanca de mi agonía. // Yo no quiero más que esa mano / para tener un ala de mi muerte. // Lo demás todo pasa.

               Y qué decir de Rubén Darío, el angustioso buscador, el que hizo la terrible travesía desde una juventud cumplidora de placeres y excesos, a una madurez de depresión y castigo, porque así lo asumió desde su fe religiosa. En Cantos de vida y esperanza, que cierra con hondura su obra,  desprovisto ya de los excesos y formalismos del modernismo de juventud, aparecen varios poemas esenciales. En  la última parte de su «Canción de otoño en primavera» hace una síntesis  magistral de sus vivencias al entrar en la madurez: En vano busqué a la princesa / que estaba triste de esperar. / La vida es dura. Amarga y pesa. / ¡Ya no hay princesa que cantar! // Más a pesar del tiempo terco, / mi sed de amor no tiene fin; / con el cabello gris me acerco / a los rosales del jardín… // Juventud, divino tesoro,

¡ya te vas para no volver!... / Cuando quiero llorar, no lloro, / y a veces lloro sin querer… // ¡Mas es mía el alba de oro!

               El «alba de oro»: expresiva pero misteriosa frase con que Darío cierra su poema. ¿La palabra poética, en la cual refugiarse y trasmutar los dolores y las frustraciones? ¿La trascendencia que espera, más allá de la muerte, al creador, mientras alguien lo lea? ¿El poder convocatorio y demiúrgico del poema?

No lo sabemos, pero en ese poema inolvidable se retrata, de breve modo, el ansia de vida y amor que anima al ser humano a través de su existencia, y que no decae con los años.

               Hay dos poemas en la obra dariana  que no envejecen. Se leen hoy con el mismo doloroso abatimiento, con la misma frescura acongojada con que fueron creados. Y quizá el secreto consiste en que, desnudos de afeites y modas, plasman la angustia existencial más universal del ser humano: la angustia ante la certeza de la mortalidad y de la finitud. Se trata de «Lo fatal: y de «Nocturno», también ambos de Cantos de vida y esperanza. En el primero, la incertidumbre y las contradicciones del espíritu humano  se plasman en el breve poema con el dramatismo de lo inmediato y de lo urgente: Dichoso el árbol que es apenas sensitivo / y más la piedra dura, porque esa ya no siente, / pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo / ni mayor pesadumbre que la vida consciente. / Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto / y el temor de haber sido y un futuro terror… / Y el espanto seguro de estar mañana muerto, / y sufrir por la vida y por la sombra y por / lo que no conocemos y apenas sospechamos, / y la carne que tienta con sus frescos racimos, / y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos, / ¡ y no saber a dónde vamos / ni de dónde venimos!  

               El tipo de encabalgamientos, la soltura del poema a pesar de la rima, la utilización de frases hechas o prosa evidente cuando es indispensable, auguran ya la poesía contemporánea. En «Nocturno» el autor confiesa cómo en el poema vierte  sus dolores, y cómo el destino de cada cual es inmanejable y misterioso para el espíritu humano. ¿Resonancias de la vivencia romántica en los modernistas? Por supuesto.  El mismo Darío nos dice en otro momento: ;¿Quién que es, no es romántico?». Pero este «Nocturno» es un magnífico ejemplo de indagación interior y una magnífica síntesis de las vivencias comunes cuando desde la perspectiva de una vejez inminente, oteamos nuestra vida como  lo hizo Moisés, con la perspectiva que dan los años viendo desde lejos la tierra prometida a la que nunca llegaremos: Los que auscultasteis el corazón de la noche, / los que por el insomnio tenaz habéis oído / el cerrar de una puerta, el resonar de un coche / lejano, un eco vago, un ligero rüido… // En los instantes del silencio misterioso, / cuando surgen de su prisión los olvidados, / en la hora de los muertos, en la hora del reposo, / sabréis leer estos versos de amargor impregnados. // Como en un vaso vierto en ellos mis dolores / de lejanos recuerdos y desgracias funestas, / y las tristes nostalgias de mi alma, ebria de flores, / y el duelo de mi corazón, triste de fiestas. // Y el pesar de no ser lo que yo hubiera sido, / la pérdida del reino que estaba para mí / el pensar que un instante pude no haber nacido, / y el sueño que es mi vida desde que yo nací. // Todo esto viene en medio del silencio profundo / en que la noche envuelve la terrena ilusión, / y siento como un eco del corazón del mundo / que penetra y conmueve mi propio corazón.

               ¡Qué fusión tan bien expresada entre nuestro propio corazón y el corazón del mundo! La angustia tan humana y tan universal frente a la soledad, la vejez y las frustraciones que parten de los sueños no realizados, los actos fallidos, los amores mal correspondidos, los talentos desperdiciados, y las esperanzas huecas! 

               Y ahora, si me lo permiten, centraremos la atención en tres poemas

que enfatizan la búsqueda interior, escogidos entre los de  mis más recientes poemarios. El primero de ellos pertenece a la tercera parte de Fuera de álbum, escrita  a raíz de la muerte de mi madre; es una sección que configura una de mis  indagaciones más claras y angustiosas en el dolor de la pérdida. Frecuentemente se da este encuentro con el pasado, con la infancia y con las raíces de nuestra personalidad cuando sufrimos la partida de los padres ancianos. Surgen entonces nuevas claves escondidas de nuestra personalidad; se rememora la infancia y se augura nuestra consumación. Es como si de pronto, en medio del vacío y del silencio de la partida del progenitor, pudiéramos prever nuestro propio final, al presenciar el acabarse de la vida familiar que por muchos decenios fue uno de los ejes fundamentales de nuestra existencia. De nuevo la muerte como uno de los temas fundamentales del poeta. ¿O no es esa vivencia límite motivo de angustia, y fuente de profundos poemas sobre la precaria condición humana? Y aunque acabemos resignándonos a lo inevitable, la conciencia de ser mortales nos acosa, nos invade, y se producen los poemas que no sólo indagarán en los motivos, sino que ayudarán a la catarsis de esa angustia existencial.

               En «La casa cerrada»la angustia de presenciar el final de una larga época riquísima que nos definió como personas, toma forma:

 

La casa de mi madre sigue allí, en pie,

extrañamente en pie, como el tronco de un árbol

ya vacío a ras de la tormenta.

 

Pero nada se mueve en ella.              

Nada bulle detrás de las paredes agobiadas,

nada pulsa, excepto el desamparo

que busca ansiosamente viejos ecos

en los amplios zaguanes,

donde el silencio anida como pájaro roto,

más penoso aún después de tanta música.

 

El reino de la ausencia:

Esta es la verdadera ventana de la muerte,

que cristaliza todo lo vivido

en una urna imposible a los retornos.

 

 Camino por las habitaciones

 desiertas como espejos

 que ya nada reflejan.

 Con los muebles ausentes se marcharon

  lo poco que quedaba de tu aura, madre,

  y de nuestra presencia de infancias tan vividas

  que su hálito terrestre

  perfumaba aún mosaicos y rincones.

 

  […] Pero no hay resonancia en mi congoja.

  La materia es tan sorda,

  mi llanto tan espeso y tan urgente

  que tan solo me queda este poema

  donde converso a solas con la ausencia

  frente a aquel patio nuestro,

  donde los árboles ancianos

  sembrados por la mano paterna

  —¿los recuerdas en su cortina de abandonos?—

   se nos mueren también.

 

El otro poema se refiere a lo que los psicólogos llaman el síndrome del nido vacío.  Aunque pude disfrutar de la compañía de mis hijos varios años más que la mayoría de los padres actuales, cuando partieron del hogar, todos en el mismo año, no quise reconocer mi angustia, a mis ojos un poco egoísta. Sin embargo, cuando escribí «Ráfaga» descubrí que la pérdida y la soledad  estaban doliendo, y que la intensidad de ese dolor sordo y solitario, pudo liberarse, reconocerse y encontrar su catarsis en la palabra poética, enmarcada en la sabia sentencia  de Kalil Gibran  que coloqué como epígrafe: «Tus hijos no son tuyos. Son hijos del anhelo de la vida».

 

Sobre mi casa, ráfaga,

entre mi casa, hielo.

Un viento ineluctable,

destinado y urgente,

ha vaciado de voces

su aire de mansos ventanales,

pintó de ausencias sus rincones,

y garabatea penosamente

un silencio mayor sobre los muros,

como el de un templo traicionado y vacío.

 

Un viento ya esperado, y no por ello

menos furibundo y tenaz,

ha esparcido las voces de mis hijos,

ha soltado nuestras manos

entre vuelos y nuevos estandartes.

 

Es ráfaga en la cumbre,

es hielo en el umbral.

Y yo sigo abriendo las ventanas

que pretenden cerrarse,

desparramo el calor que prodigan mis manos,

y pretendo ignorar tanto silencio

poblándolo de música.

 

Me he pasado la vida rodeada de canciones,

de voces, gestos, risas, voluntades.

Y de pronto, este viento puntual

 lo invade todo y se traga el pasado,

 da un portazo y me quedo,

 las manos extendidas en mitad del umbral

 de imposibles retornos.

 

 Corro a abrir esa puerta,

  la misma que ha golpeado

  su soledad oscura en el batiente.

  Mis hijos siguen más allá,

  empujados por la ráfaga terca

  de un destino que se abre

  en urgentes caminos.

  Hijos, manos mías en el mundo

  que no reclamaré.

 

               Toda poesía está llena de indagaciones, de búsquedas, de preguntas.

Los poemas son claves para entender nuestro mundo, para aclarar motivos, para marcar rumbos y paliar dolores. Para terminar mi intervención de esta noche, quisiera  referirme brevemente a otro tema que me parece central en mi poesía reciente: la búsqueda del amor como barrera contra la vejez y la muerte. Todos, como Darío, sentimos que nuestra «sed de amor no tiene fin»; nuestra sed, confesa o no, nos lleva a buscar en los límites de la belleza, del eros, de la inteligencia, en fin, del amor por el otro, para no morir.

               Del poema  «Invenciones» —de Hojas furtivas—, este fragmento enfatiza que el mundo es como lo imaginamos, e imaginamos tal como lo necesitamos:

 

Quizá por un rito antiguo y deleitoso

yo te invento en mi almohada

cuando salgo del sueño

por ese estrecho túnel matinal

construido de deseos y de quimeras.

                              

[…] Yo te invento,

tú me inventas.

Ay, amores de invento

con que alejamos,

por un día más, la muerte.  

 

Y el poema «Descubrimiento» nos revela que

                      

Vivir es eso: retomar día a día

los amores, las fiebres, las estrellas

que iluminan por dentro nuestros años.

 

Por eso cada encuentro que tramamos

es un punto de gloria que agradezco.

Y tu cuerpo, una caricia absorta

dada por la penumbra

de cada soledad estremecida.

 

Tu mano, entonces,

va construyendo mi hermosura.

Ella recorre, ansiosa, cada rincón,

cada pliegue, cada desaliento

con el matiz certero del deseo.

 

Así somos, amigo,

salvos y bellos como nunca,

en medio de esa música

que urdimos cuerpo a cuerpo,

como un escalofrío interminable.

 

               Vida, muerte, imaginación, amor, soledad, angustia, creatividad, pavor, belleza. Periplos y valores humanos entre los que nos debatimos. Y la palabra poética anudando y desanudando esas ataduras, descifrando esos laberintos, marcando esas emociones con el valor de los develamientos, para conocernos, comunicarnos, intuirnos, como un instrumento de exploración, de conocimiento, de pasión en su sentido prístino, de catarsis; en suma: de sabiduría.

 

 

 

© Julieta Dobles Yzaguirre

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