EL ESPÍRITU QUIJOTESCO EN LA NARRATIVA

DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

 

Estrellita Cartín de Guier

 

Discurso de ingreso en la Academia Costarricense de la Lengua

(leído en 1997, en el Centro Cultural de México, de San José de Costa Rica)

 

 

A semejanza de las extrañas conjunciones astrales del Universo, se dan insólitas coincidencias históricas. En este año de 1997, dos estrellas del firmamento literario comparten aniversarios: Miguel de Cervantes Saavedra y Gabriel García Márquez.

            Al cumplirse 450 años del nacimiento del autor del Quijote, celebra su septuagésimo aniversario el creador de Cien años de soledad. Hace tres décadas se publicó esta obra que revolucionó el arte de la novela y puso a su autor a la cabeza de los escritores de hoy. Quince años que se le concedió el Premio Nobel de Literatura como reconocimiento a su obra; agregaremos que su primer cuento lo escribió hace medio siglo. No podía ser más propicia esta oportunidad para establecer una relación tangible entre estos dos pilares de la literatura en lengua española.

            Mi intención en este breve ensayo es demostrar que existen un aliento y un espíritu quijotescos en personajes y situaciones de la novelística de García Márquez. Sus héroes frustrados, luchando por la justicia, la dignidad y el honor, nos remiten a la santa locura de don Quijote. Situaciones y paisajes de sus obras invitan a evocar los episodios cervantinos inspirados en los libros de caballería.

            Postula Julia Kristeva, en una cita ya famosa en la crítica, que suele considerarse como punto de partida para la teoría de la intertextualidad: «Tout texte se construit comme mosaique de citations, tout texte est absorption et transformation d’un autre texte». Así se ofrece un enfoque de la novela, como un diálogo textual o, mejor dicho, como una intertextualidad. Dice la citada autora que «el texto toma cuerpo añadiendo a la superficie de su propia estructura, el espacio de un texto extraño al que modifica».

            No es Kristeva la única, ni la primera, en proponer esta teoría sobre «cómo se hace la literatura». Todo texto, dice Derrida, «es un texto de otro texto» (L’exriture d’une écriture). En la voz del poeta T. S. Elliot, «minor poets borrow, major poets steal» [los poetas menores piden prestado; los mayores roban].

La intertextualidad ha estado siempre presente en la literatura. Virgilio se inspira en Homero, Dante sigue a Virgilio, Garcilaso tiene presente el Canzioiere de Petrarca, Cervantes parodia los libros de caballería y las novelas pastoriles.  Al hablar de intertextualidad, debe tenerse en cuenta que la literatura no se hace solo de otras obras literarias. La cita intertextual es solo un aspecto del acto creador; no el único. Toda intertextualidad es la transformación de un texto previo.

Intentaré señalar en esta propuesta algunas similitudes, afinidades, guiños perceptibles en la obra de García Márquez, que remiten al Quijote y nos darían licencia para hablar de espíritu quijotesco en la narrativa del escritor colombiano más celebrado del siglo.

Uno de los rasgos de la novela moderna, que no pocas veces provoca la desilusión del lector tradicional, es la desaparición del héroe, reemplazado por una figura menos atractiva y más opaca: el antihéroe.

El héroe, que suscitaba nuestra admiración y secretamente colmaba nuestras aspiraciones, poseía abolengo, nombre y estirpe. Era un triunfador, respetado y admirado; su gallarda figura le confería un irresistible poder de seducción frente a las damas. Esta imagen, concebida a la medida del lector y forjada a su gusto, identifica a éste plenamente con el héroe. El Cid, Rolland, Tristán son arquetipos del héroe tradicional. Rodrigo Díaz de Vivar es vitoreado, temido, vencedor. Al igual que el héroe mítico, sale en compañía de sus vasallos que, ya por lealtad o por obediencia a las leyes del vasallaje, lo siguen y lo acompañan en sus aventuras.

Cuán lejos de este paradigma, casi como en contrapunto, están las figuras de don Quijote, del Coronel Aureliano Buendía, del pobre Coronel que no tiene quién le escriba, del patriarca abandonado en su palacio y del agónico Simón Bolívar en su inescapable laberinto.

Al héroe tradicional le adornan todas las virtudes requeridas para adoptar la correcta estrategia en el logro de sus metas: prudencia, cordura, percepción exacta de la realidad. Don Quijote, cuando se le aparece al lector, es apenas un aldeano casi anónimo, sin familia y sin pueblo conocidos: solo sabemos que es un pequeño hidalgo de algún rincón de La Mancha: «un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor». Lo encontramos sin pasado, soñando con la utopía de ser «hijo de sus obras»; «tiene cerca de cincuenta años, de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza».

Emprende solo sus hazañas, no lleva compañía y cuando encuentra a alguien que esté dispuesto a que lo auxilien, movido desde luego por intereses muy diversos, son flacos favores que le presta.

Se ha señalado que don Quijote tiene un abolengo literario en el tipo de hidalgo pobre, satirizado por Fray Antonio de Guevara y otros autores anteriores a Cervantes.[i] Un visible paralelo con la primera frase de la novela es el inicio de Tirant lo Blanc: «en la muy abundosa, rica y deleitosa isla de Inglaterra, hubo un esforzado caballero…». El caballero es el conde Guillén de Veroyque; ha cumplido ya cincuenta y cinco años y se considera viejo para seguir luchando. Alonso Quijano frisa los cincuenta y es entonces cuando decide iniciarse en su carrera de caballero andante. Viene al caso observar que en la obra de Cervantes es perceptible una noción establecida de las posibilidades decorosas para su edad. Así, por ejemplo, considera lascivia el que los viejos se enamoren.

Tanto en el entremés El viejo celoso como en una de sus novelas ejemplares, El celoso extremeño, no censura la infidelidad de la mujer casada con el hombre de avanzada edad, puesto que la inmoralidad radica, para él, en el matrimonio dispar. La infidelidad no es sino consecuencia lógica de una situación antinatural. Reafirma esta posición en el entremés La guarda cuidadosa, al decir que «el comer y el casarse han de hacerse a gusto propio y no a voluntad ajena». De manera semejante, le parece absurdo que un hidalgo manchego comience su vida de lucha a los cincuenta años.

En los libros de caballería, el héroe al que se arma caballero suele ser un doncel y, una vez armado, mantenía un paso, y no le permitiría seguir su camino al caballero que se negara a concederle una petición. Como habitualmente éste se negaba, entablaban una batalla. Primero se batían a caballo y con lanza; rotas las lanzas y caídos de la cabalgadura, se levantaban echando mano a las espadas; a la postre, uno se rendía y decía entonces su nombre. El vencedor, extenuado por la refriega, hallaba posada en el castillo del rey, cuya hija, prendada del caballero, yacía con él durante la noche.

Todo esto le ocurre a don Quijote. Recién armado caballero, intercepta el paso de un grupo, para él caballeros andantes, que no son sino mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia, y los obliga a confesar que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la emperatriz de La Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso. Como el grupo se niega a dar fe de lo que no había visto jamás, don Quijote, encendido en cólera, arremetió con la lanza baja contra uno de ellos. «Y arremetió con tal fuerza que cayó Rocinante y rodó su amo por el campo, de donde le fue imposible levantarse». La parodia cobra indudablemente un valor grotesco y nuestro héroe es objeto de la burla y el escarnio.

Cabe señalar en este punto la observación de Kristeva, para quien la novela ha tomado del discurso carnavalesco la tendencia a desvalorizar el texto que la precede y que, por el hecho de su anterioridad, se ha convertido en ley del género. La novela burlesca de Rebelais parodia las «novelas de la Mesa Redonda». Son numerosos los textos precedentes para relativizarlos. Es lo que hace Cervantes con las novelas de caballería.

Según afirma Kristeva, la novela parece haber querido siempre constituirse como oposición a una ley que no es solamente la del género, sino también la ley ideológica del discurso de su época; esta oposición es la marca misma de la participación del texto en la historia. Una epopeya cómica y sin héroe; tal es uno de los resultados de la acción del discurso carnavalesco sobre el discurso simbólico.

Don Quijote es un héroe frustrado. Es loco, no distingue entre la realidad y el producto de su febril imaginación. Y a pesar de actuar impulsado por nobles ideales, resulta siempre perdedor en hazañas y batallas. ¿Pero, no lo son también, en cierta medida, algunos personajes de las obras de García Márquez, tales como el Coronel Aureliano Buendía y el protagonista de El Coronel no tiene quien le escriba?

El Coronel Aureliano Buendía, el personaje mejor configurado de Cien años de soledad, es también un antihéroe. Promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos. Tuvo diecisiete hijos varones que fueron exterminados uno tras otro en una sola noche. Escapó de catorce atentados, de setenta y tres emboscadas y de un pelotón de fusilamiento y vivió hasta la vejez, manteniéndose de los pescaditos de oro que fabricaba en su taller de Macondo:

 

Desencantado y desilusionado de la guerra; con su espina dorsal torcida y la vista desgastada. Taciuturno y silencioso había comprendido que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la sociedad.

 

Otro antihéroe es el militar retirado de El Coronel no tiene quien le escriba. Es un héroe del fracaso. Viejo, enfermo, pobre, olvidado. Su precaria salud, sus hambres, su obsesiva e interminable espera, contrastan con sus ideales, su optimismo, su fe en los valores ya casi extintos en el mundo en que vive.

Georg Lukács describió el esquema de la novela como la búsqueda de valores auténticos que lleva a cabo un héroe en un mundo degradado. Toda novela, según Lukács, opone un individuo y una sociedad y es, por ello, al mismo tiempo una biografía individual y una crónica social.

El Coronel, al igual que don Quijote, es un personaje en antagonismo radical con su mundo; emprende la búsqueda de la autenticidad y se frustra porque su ideal es un mito. Aspira a un mundo limpio, a una vida auténtica. Pero esta aspiración se manifiesta por medio de actitudes propias de un idealismo abstracto y escurridizo. Cree posible lo imposible; insiste tercamente en la existencia de algo que no se logra en su mundo: la justicia.

Otro rasgo que permite establecer una relación entre estos personajes mencionados es su locura. En diversa medida y en distintos niveles, a los ojos de sus congéneres han perdido la cordura. O deforman o ignoran la realidad y entran en conflicto con su mundo.

Don Quijote, de tanto leer libros de caballería pierde el juicio y decide hacerse caballero andante, para salir al mundo a luchar por la justicia. Por eso, «no quiso aguardar más tiempo a poner en efecto su pensamiento, apretándole a ello la falta que él pensaba que hacía en el mundo sus tardanza, según eran los agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que enmendar, abusos que mejorar y deudas que satisfacer» (I, 2). El hidalgo Alonso Quijada o Quijana o Quesada, se ha vuelto loco, ha perdido la noción de su circunstancia y se lanza al mundo con una obsesión desmesurada: la de implantar la justicia y el bien.

Es oportuno —a modo de disgresión— señalar que esta variedad de palabras para referirse a un mismo significado (Quijada, Quijana o Quesada) es una modalidad que aparece ya en Rebelais. Para referirse a aquello que se relaciona con la Sorbonne, el escritor francés usa «sorbillans, sorbonagrres, sorbonigenes, sorboniformes, sorbonisans». Huellas de este método las encontramos en la pilonomasia de Cervantes. Entre quijada, quijana o Quesada va a escoger el nombre Quijote. Mambrino es, para Sancho, Molino o Martino. La Condesa Trifaldi se convierte en la «cola» o «falda» y en «la Condesa de las tres faldas».

El propósito original del personaje cervantino, su móvil primero, es la bondad, el bien por su propio valor. Desde el punto de vista psicológico, la locura de don Quijote es descrita como sequedad en el cerebro, que provoca el debilitamiento del control intelectual sobre la imaginación creadora. Al perder el juicio, queda sometido a la fuerza espontánea del ingenio y de la potencia imaginativa. El médico Juan Huarte de San Juan, contemporáneo de Cervantes, en su Examen de ingenios para las ciencias (1575), señala como rasgos de la locura (como la que padece don Quijote): la idea obsesiva, la capacidad de encolerizarse y la melancolía. Del estudio psicopatológico se desprende que, si bien don Quijote es loco, no es un demente furioso; pierde el sentido de la circunstancia solo cuando se le toca en la imagen obsesiva. Y, como ha hemos señalado, el contenido de esa locura y obsesión es la bondad, ayudar al menesteroso, vencer a los soberbios; es decir, romper con las ataduras del convencionalismo social para lograr el anhelado ideal de justicia.

La locura de don Quijote estriba en fustigar los crímenes aprobados por la historia, arrojar a los mercaderes del templo donde realizan sus espurios negocios y oponer la locura de la verdad a la necedad de la convención. La locura de don Quijote es ruptura de amarras.

En este punto Cervantes repite la tipología de todos los grandes renovadores. Huarte de San Juan decía que San Pablo era hombre «de mucha imaginativa», colérico y adusto. Responde al mismo tipo de don Quijote y produjo en la historia lo que don Quijote sueña producir en la novela: imponer la bondad. La de don Quijote es una santa locura, que persigue hacer mejor al ser humano.

Desde siempre, a todo aquel que se sale de los cánones e impulsa una causa desinteresada, se le ha tomado por loco. Recordemos las palabras de Santa Teresa de Jesús: «¡Qué sabio el que se holgó que le tuviesen por loco, pues lo llamaron a la mesma sabiduría! ¡Qué pocos hay ahora por nuestros pecados! Ya, ya parece se acabaron los que las gentes tenían por locos de verlos hacer obras heroicas de verdaderos amadores de Cristo».

Don Quijote es quien rompe con las ortodoxias sociales. La bondad como proyecto obsesivo lo vuelve sublime. Como hidalgo bien nacido, su locura tiene un tono respetable. Es serio y digno. Lo que lo torna risible es el error en que incurre al perder la noción de sus posibilidades y límites, que lo conduce al continuo choque con la aplastante y prosaica realidad.

En esa locura podemos caer todos, cada vez que no medimos nuestras fuerzas para emprender un proyecto. Pudiera muy bien ocurrir que el intento de descubrir una cercanía intertextual entre estas creaciones ficticias fuera también el producto de no haber medido yo misma adecuadamente mis posibilidades para convencerlos de mi propuesta. Además, el progreso radica a menudo en decir cosas inauditas que luego se convierten en convencionales al aceptarse lo que se antojaba absurdo.

La imaginación, libre del control del entendimiento, desfigura la realidad. De ahí que don Quijote confunda los molinos de viento con gigantes y tome por ejércitos los rebaños de ovejas. Desde luego, ese imaginar, esa ruptura de los límites de la razón, fatalmente llevan al fracaso. Pero llevamos dentro de nosotros mismos un paliaativo contra tal fracaso: la inclinación a culpar a los demás.

El encantamiento cumple en el Quijote esa función de autoconsuelo:

 

Una vez el hidalgo de sobrenombre Quijada o Quesada, habiendo perdido el juicio de leer día y noche los libros de caballería, decide convertirse en caballero andante y cambiar su nombre por el de don Quijote de la Mancha y llamar Rocinante a su caballo, lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón.

Y así, sin dar parte a persona alguna de su intención y sin que nadie le viese, una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del mes de julio, se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su lanza y por la puerta falsa de un corral salió al campo con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo.

 

De igual manera que don Quijote pasa de hidalgo sosegado a caballero andante, el Coronel Aureliano Buendía también cambia su nombre y su personalidad. Pacífico y débil de carácter, el yerno de don Apolinar Moscote, con quien jugaba ajedrez todas las noches, se convierte en un temible coronel. Al comprobar la injusticia y presenciar la cruel escena de cuatro soldados, al mando de un capitán del ejército, asesinando a una mujer mordida por un perro rabioso, toma la decisión de alzarse en armas contra la injusticia. «Su suegro tuvo dificultad para identificar aquel conspirador de botas altas y fusil terciado a la espalda con quien había jugado dominó lasta las nueve de la noche». Al llamarlo a la cordura y hacerle notar que se trataba de un disparate, exclamó: «Ningún disparate. Es la guerra. Y no me vuelva a decir Aurelito, que ya soy el Coronel Aureliano Buendía».

Al igual que don Quijote, es un improvisado en el conocimiento y manejo de las armas: «Cuando con inusual autoridad le ordena a Gerineldo Márquez que prepare a los muchachos, pues van para la guerra, éste no le creyó. Dos días después a medianoche en una operación descabellada, armados con cuchillos de mesa y hierros afilados, tomaron por sorpresa la guarnición, se apoderaron de las armas y fusilaron en el patio al capitán y a los soldados que habían asesinado a la mujer».

Tanto don Quijote como el Coronel Aureliano Buendía actúan impulsivamente, motivados por la idea obsesiva de restituir la justicia en el mundo.

También el protagonista de El Coronel no tiene quien le escriba se perfila como quien ha perdido la cordura. Se necesita estar loco, como le dice su esposa, para esperar durante quince años la carta en la que se le comunica la noticia de su pensión como veterano de guerra.

La sinrazón del Coronel estriba en su irrestricta fe en valores que han perdido vigencia. Cree ciegamente en la palabra empeñada, en la honradez, en la amistad, en la solidaridad humana. Por eso acepta las excusas que interminablemente recibe por respuestas. De ahí que no desista de su obcecada espera.

También don Quijote cree en la palabra empeñada. Así, cuando sorprende a Juan Haldudo azotando a su criado Andrés, al que debe la suma de setenta y tres reales, nuestro caballero le hace jurar que le pagará todo cuando le adeuda. Ante la desconfianza del joven, la certeza de don Quijote es total: «Basta que yo se lo mande para que me tenga respeto y que él me lo jure por la ley de caballería, que ha recibido, le dejaré ir libre y aseguraré la paga».

Esa fe y ese tenaz compromiso con la palabra empeñada, los hallamos también en el protagonista de La hojarasca. Éste promete al médico francés, a quien albergó en su casa, darle sepultura aun en contra de la voluntad de un pueblo que lo ha repudiado. Con valentía, opuesto a todo convencionalismo; seguro de estar impartiendo justicia y honrando su palabra —a semejanza de Antígona quien desacata el mandato del tirano Creonte y entierra a su hermano Polinices— el Coronel acompaña hasta su última morada el cadáver de aquel extraño personaje. Proceder insensato, que obedece a un compromiso de honor y respeto por la palabra empeñada. Es un gesto que lo hermana a don Quijote y al protagonista de El Coronel no tiene quien le escriba.

Tanto don Quijote como el militar de la espera interminable han llegado a una edad en que sus ideales, sus proyectos y sus ilusiones no están acordes con su condición física. Ambos son viejos y con precaria salud. El contraste entre sus anhelos y sus realidades recuerdan al que se propone emprender una carrera y carece de la fuerza y la vitalidad necesarias. Este desencuentro los hace víctimas del escario y de la burla. Ambos se cruzan a diario con quienes pretenden volvernos a la realidad y convertirse en contrapeso de su locura.

Sancho Panza no cesa de advertirle a su amo acerca de sus fantasías. Le señala que la venta no es un castillo y que las que el caballero andante toma por doncellas no son sino mozas del partido que se refocilan con los arrieros. Le previene que los molinos no son gigantes, ni eran fantasmas y gentes del otro mundo quienes le jugaron la mala pasada del manteamiento, sino hombres de carne y hueso. Y cuando don Quijote se vanagloria de sus triunfos, lo enfrenta a la cruda realidad diciéndole: «Jamás hemos vencido batalla alguna, si no fue la del vizcaíno, y aun de aquella salió vuestra merced con media oreja y media celada menos; que, después acá, todo ha sido palos y más palos, puñadas y más puñadas, llevando yo de ventaja el manteamiento».

Un dramático desencuentro entre el producto de su imaginación y la realidad, es la visión perspectivista que de Dulcinea adoptan don Quijote y Sancho. La idealización de la amada lo induce a proclamar a Dulcinea «reina de la hermosura» y a imaginarla entretenida en ensartar perlas o bordar para su caballero alguna empresa con oro de cañutillo. La sueña adornada con incontables gracias y emanando aromas inefables, propios de aquella que él llama «rosa entre espinas, lirio del campo ámbar desleído».

Pero la visión de Sancho anula y aplasta la fantasía de su amo. No la encontró, dice, «sino ahechando dos fanegas de trigo en un corral de su casa». Y, lejos de sentir alguna fragancia en su cuerpo, lo que percibió fue «un olorcillo hombruno, ya que con el mucho ejercicio, estaba sudada y como correosa».

Este contrapeso equilibrador de la fantasía lo asume en El Coronel no tiene quien le escriba la esposa del protagonista. Ella es su Sancho Panza; es quien desmiente su visión idealista del mundo y la niega brutalmente. El gallo de pelea, símbolo de la esperanza del militar y tangible recuerdo de su hijo, posee para él entrañable valor afectivo. En una ocasión, al regresar a casa, después de haberles mostrado el gallo a los amigos de su hijo Agustín, la esposa le pregunta: «¿Qué dicen?»

 

—Entusiasmados— informó el Coronel. Todos están ahorrando para apostarle al gallo.

—No sé qué le han visto a ese gallo tan feo —dijo la mujer—. A mí me parece un fenómeno: tiene la cabeza muy chiquita para las patas.

—Ellos dicen que es el mejor del Departamento —replicó el Coronel. Vale como cincuenta pesos.

 

Además, cada viernes, al regresar defraudado del correo, se veía obligado a enfrentar la realidad ante las interrogantes de la esposa. Uno de esos frustrantes días su mujer le reitera:

 

—Nada

—Nada —respondió el Coronel —.Ya hemos cumplido con esperar

—Se necesita tener esa paciencia de buey que tú tienes para esperar una carta durante quince años.

—Hay que esperar el turno —dijo. Nuestro número es el mil ochocientos veintitrés.

 

Sin perder su fe en el gallo y su optimismo frente al mundo, responde a su mujer:

 

—Es un gallo contante y sonante. Nos dará para comer tres años.

—La ilusión no se come —dijo la mujer.

—No se come, pero alimenta —replicó el Coronel.

 

En una de esas interminables noches de desvelo, en su conversación de siempre dijo el militar:

 

—Ya falta poco para que venga la pensión.

—Estás diciendo lo mismo desde hace quince años.

—Por eso —dijo el Coronel—. Ya no puede demorar mucho más.

 

Por otra parte, tanto don Quijote como el personaje de García Márquez, impulsados por esa obsesiva búsqueda de la justicia, restan importancia a lo cotidiano y deponen las más urgentes necesidades de subsistencia con tal de no claudicar. No importan ni el hambre ni las penurias económicas que obligan a la esposa del Coronel a poner piedras a cocinar para guardar las apariencias.

La pobreza de don Quijote y su desprecio por lo material y pragmático aparecen reiteradamente en toda la obra. En el capítulo iii, cuando el ventero le pregunta si traía dineros, respondióle don Quijote que «no traía blanca, porque él nunca había leído en las historias de los caballeros andantes que ninguno las hubiese traído».

En el capítulo ii, que trata de la primera salida que de su tierra hizo el Ingenioso don Quijote, se hace mención a que «él anduvo todo aquel día y, al anochecer, su rocín y él se hallaron cansados y muertos de hambre, y que mirando a todas partes por ver si descubría algún castillo o alguna majada de pastores donde recogerse y adonde pudiese remediar su mucha hambre y necesidad, vio no lejos del camino, una venta...» Y ala apearse de su rocín, lo hizo con gran dificultad y trabajo «como aquel que en todo aquel día no se había desayunado».

Las hambres del Coronel no desmerecen a las de don Quijote. Sus ayunos no quedan a la zaga. El relato se abre con un cuadro que es la representación misma del hambre. El Coronel está raspando el tarro de café y comprueba que no hay más de una cucharadita. «Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de la lata».

En otro pasaje, la esposa le hace notar que es pecado quitarse el pan de la boca para echárselo al gallo. El Coronel le responde:

 

—Nadie se muere en tres meses.

—Y mientras tanto qué comemos —preguntó la mujer.

—No sé —dijo el Coronel—, pero si nos fuéramos a morir de hambre ya nos hubiéramos muerto.

 

En otra oportunidad, al regresar de la sastería, encontró a su mujer remendando entre las begonias:

 

—Es hora de almuerzo —dijo.

—No hay almuerzo —respondió la mujer.

 

La pobreza y el desinterés por lo material, tanto del hidalgo como del militar, se reflejan por igual en sus vestimentas. En diversos pasajes del Quijote se alude a la pobreza en la indumentaria del protagonista. En el capítulo ii, de la segunda parte, le dice Sancho:

 

El vulgo tiene a vuestra merced por grandísimo loco y a mí por no menos mentecato. Los hidalgos dicen que no contentándose vuestra merced en los límites de la hidalguía, se ha puesto don y se ha arremetido a caballero con cuatro cepas y dos yugadas de tierra y con un trapo atrás y otro adelante. Dicen los caballeros que no querrían que los hidalgos se opusiesen a ellos, especialmente aquellos hidalgos escuderiles que dan humo a los zapatos y toman los puntos de las medias negras con seda verde.

—Eso —dijo don Quijote —no tiene que ver conmigo, pues ando siempre bien vestido y jamás remendado; roto, bien podía ser; y el roto, más de las armas que del tiempo.

 

En el capítulo xliv, de esa misma segunda parte, se le desatan a don Quijote hasta dos docenas de puntos de una media. «Afligióse en extremo el buen señor y diera él por tener allí un adarme de seda verde, una onza de plata; digo seda verde porque las medias eran verdes».

El Coronel de García Márquez no padece menos que don Quijote esta lamentable condición de su vestido. Se da, incluso, la coincidencia de remendar prendas con colores diversos.  En el Quijote se remiendan las calzas negras con hilos verdes. Al Coronel se le remiendan con retazos de diferentes colores; y en cierto pasaje se describe a su mujer haciendo «cuellos de mangas y puños de tela de la espalda y remiendos cuadrados, perfectos aun con retazos de diferente color».

 

Al llegar el Coronel observó el cuerpo de la mujer enteramente de retazos de colores.

—Pareces un pájaro carpintero

—Hay que ser medio carpintero para vestirte —dijo ella. Extendió una camisa fabricada con género de tres colores diferentes, salvo el cuello y los puños que eran del mismo color.

 

El Coronel era poseedor de un único traje «que después de su matrimonio solo usaba en ocasiones especiales. Lo tenía en el fondo de un baúl, envuelto en periódicos y preservado contra las polillas con bolitas de naftalina».

 

En el baúl encontró un paraguas que había ganado en una tómbola. Ahora el forro de raso brillante había sido destruido por las polillas.

—Mira en lo que ha quedado nuestro paraguas de circo.

Abrió sobre su cabeza un  misterioso sistema de varillas metálicas.

— Ahora solo sirve para contar estrellas.

 

El coronel no tiene quien le escriba es, en síntesis, el relato del hambre, la pobreza y la privación en aras de un ideal, de la fe en los demás y de la credulidad en la palabra empeñada.

Ha quedado de manifiesto que la visión del mundo de estos personajes presenta denominadores comunes: rebeldía frente a lo establecido, ruptura con el convencionalismo, distanciamiento de la ortodoxia.

Pero este comportamiento tiene un precio: la burla y el escarnio. Quienes les rodean, o les siguen la corriente para divertirse a su costa o les juegan malas pasadas para burlarse de ellos. La risa sustituye el significado positivo (oficial) por un significado negativo (la parodia, el reproche). El heroísmo de estos personajes se estrella contra la risa, destructora de todo noble impulso.

Las primeras en reírse de don Quijote fueron las mujeres de la vida o mozas del partido, como las solían llamar. El Caballero, en su idealización de la realidad, las toma por doncellas y las trata como damas de elevado rango. Pero éstas, al oírse llamar de modo tan ajeno a su oficio, prorrumpen en incontenible risa. Y se burlan, precisamente, de aquel que con su locura las redime.

El ventero, después de oír la petición de don Quijote de ser armado caballero, terminó por confirmar  su sospecha acerca de la sinrazón de aquel extraño huésped, y por tener motivo de risa aquella noche, «determinó seguirle el humor». Le ofrece velar las armas en un patio del imaginario castillo y celebrar al día siguiente las ceremonias pertinentes para que él quedase armado caballero como el que más. La novela abunda en situaciones semejantes.

En El Coronel no tiene quien le escriba se percibe una suerte de humor negro que surge en circunstancias dolorosas, engendradoras más de llanto que de risa. Situaciones que nos inducen a sonreír amargamente. El personaje es víctima no solo de la burla de su esposa sino que su degradación y deterioro han llegado al punto de hacerlo reírse de sí mismo. Luego de salir de una crisis, su esposa le hace la siguiente observación:

 

—Estás en hueso pelado.

—Me estoy cuidando para venderme —dijo el Coronel—. Ya estoy encargado para una fábrica de clarinetes.

 

Cuando la mujer le ha arreglado su roma con remiendos de diferentes colores, le dice: «En los carnavales te bastará con quitarte el saco». Y ella misma, al indicarle al médico que su marido había pasado fiebre durante la madrugada, el Coronel sobresaltado lo niega:

 

No era fiebre —insistió recobrando su compostura—. Además —dijo— el día que me sienta mal no me pongo en manos de nadie. Me boto yo mismo en el cajón de la basura.

 

Hemos señalado la interrelación y el cruce de textos entre estas dos creaciones literarias hoy comentadas. Parece ponerse de manifiesto la propuesta de Julia Kristeva, quien sostiene que «toda novela se encuentra en relaciones de modificación extraídas del espacio intertextual». Así, las significaciones se multiplican; la novela en su campo transformacional no puede ser leída más que como polifonía. Toda novela es ya, de un modo más o menos manifiesto, polifónica.

Hemos evocado estos entes de ficción que, por diferentes vías, manifiestan cierta afinidad y parentesco y cuya vigencia radica en encarnar eternas constantes de la existencia humana. Hoy, igual que ayer, don quijote blandiría su lanza contra el egoísmo, la codician, la deshumanización, la desenfrenada lucha por el poder, la corrupción y los espurios intereses mercantilistas.

La grandeza de estos héroes al estilo de don Quijote y de algunas creaciones de García Márquez estriba precisamente en su locura, en su idealismo, en su lucha por la utopía.

No intentemos volverlos a la cordura. Nuestro mundo, empedrado de prosaicos y pragmáticos intereses, desangrándose por el poder y la riqueza, ausente de nobles ideales, de altruismo, de solidaridad, requiere de Quijotes, de Cristos, de locos y de santos. Son ellos los redentores de la humanidad. No importa que sean víctimas de escarnio o crucifixión. Su ejemplo deja huella y su palabra resuena para siempre.

Roguemos, con Darío, con estos diversos pasajes de sus «Letanías de Nuestro Señor Don Quijote»:

 

Rey de los hidalgos, señor de los tristes.

Noble peregrino de los peregrinos.

Caballero errante de los caballeros.

¡Ruega generoso, piadoso, orgulloso,

Ruega, casto, puro, celeste, animoso!;

por nos intercede, suplica por nos,

pues casi ya estamos sin savia, sin brote,

sin alma, sin vida, sin luz, sin  Quijote,

sin pies y sin alas, sin Sancho y sin Dios.

Noble peregrino de los peregrinos,

que santificaste todos los caminos

con el paso augusto de tu heroicidad.

¡Ora por nosotros, señor de los tristes,

que de fuerza alientas y de sueños vistes

coronado de áureo yelmo de ilusión;

que nadie ha podido vencer todavía

por la adarga al brazo, toda fantasía

y la lanza en ristre, todo corazón!

 

Y de igual forma que José Vasconcelos afirmó que «por mi raza hablará mi espíritu», podemos sostener que por la palabra de Cervantes, Darío y García Márquez han hablado y seguirán hablando nuestros ideales, nuestra alma y el espíritu de esa estirpe que hermana dos continentes y cuatrocientos millones de almas.

 

 

© Estrellita Cartín de Guier

© ACL



[i] Ciriaco Marón Arroyo. Nuevas meditaciones del Quijote (Madrid: Gredos, 1976).