Arnoldo Mora Rodríguez
Discurso de ingreso

RUBÉN DARÍO Y LA ESTÉTICA DEL MODERNISMO

 

Arnoldo Mora Rodríguez

 

Discurso de ingreso en la Academia Costarricense de la Lengua

(leído en San José de Costa Rica, el 4 de marzo de 1996)

 

 

Como filósofo, mi aproximación al arte en general, a la literatura y a la poesía en particular, es a través del análisis histórico-filosófico de las escuelas, corrientes y doctrinas estéticas situadas en el contexto de su propia época, como solemos hacer en historia de las ideas. Es dentro de este enfoque específico que pretendo hablar de la obra poética de Rubén Darío, sin duda el más grande poeta de nuestra América de habla española y uno de los más grandes líricos de todos los tiempos de la literatura universal.

            No deja de ser significativo —razón por la cual lo señalo desde el principio— que hoy vivimos una época que tiene sus similitudes con la vivida por Darío, pues desde la caída del Muro de Berlín (noviembre de 1989) los analistas de la política internacional coinciden en afirmar que ha terminado la Guerra Fría y, con ello, el siglo xx. Hoy estamos en una época de transición hacia un nuevo siglo que es, al mismo tiempo, el inicio de un nuevo milenio; es decir, que estamos en puertas de una nueva era radicalmente diferente de lo vivido hasta ahora por la humanidad.

            Darío también vivió y fue testigo de excepción del tránsito de un siglo a otro. Darío vivió una era de incertidumbre universal, semejante a la que hoy vivimos y que repercutió en las corrientes estéticas de entonces y se reflejó en la obra creadora de los intelectuales y artistas de esos días.

            Por su talento innato y por su experiencia vital de índole cosmopolita, Darío percibió las raíces locales y universales de los cambios que entonces se operaban. Sin nunca perder sus raíces nicaragüenses, tropicales y latinoamericanas, nuestro poeta viajó por el mundo, vivió como un ave errante dejando poesías y angustias por todas partes, para volver, cansado y enfermo, prematuramente envejecido y cargado de remordimientos, a morir en brazos de su esposa y ser acogido por aquella tierra que lo vio nacer, lo vio partir una y más veces y lo esperó con amor y admiración para acompañarlo en el viaje sin regreso de la muerte.

            Darío se convirtió, de esta manera, en la conciencia lúcida de su época; fue en grado superlativo, como definía Hegel al auténtico intelectual, «contemporáneo de sí mismo». Eso le permitió vivir su tiempo plenamente consciente de los cambios profundos que se operaban a su alrededor y haciendo frente a su circunstancia vital, las opciones personales que definieron su lugar para la historia y trazaron su trayectoria personal y espiritual, que hoy es digna de admiración y estudio.

            Para seguirla en sus fuentes filosóficas es que estamos hoy reunidos. Aunque el propio Rubén decía que «él había leído a muchos filósofos pero no sabía una palabra de filosofía», lo cierto es que una obra de esa envergadura e influencia en la historia de la literatura universal y de la cultura hispanoamericana, no hubiera sido posible sin un auténtico trasfondo filosófico, que se desprende de una lectura atenta de la misma.

            A través de su obra, entendemos las corrientes más profundas que tenían vigencia entonces y cuya comprensión nos es hoy fundamental para entender lo que sucede a nuestro alrededor. Al entenderlas, nos entendemos a nosotros mismos, pues logramos una aproximación a sus orígenes de hace un siglo, pero nos hace comprensible la época que hoy nos toca vivir y, frente a la cual, los paradigmas hasta ahora en uso, se revelan obsoletos. Hoy debemos escudriñar el futuro, pero para ello debemos analizar nuestro pasado reciente. Para lograr esto, el genio imponente de Darío, que llenó toda una época y cuya huella sigue hoy tan vigente como entonces, nos es indispensable.

            Los grandes desafíos de la era actual se resumen en el siguiente y esquemático panorama de la geopolítica mundial, que ha sobrevenido al fin de la Guerra Fría. Hoy vivimos la tercera postguerra de este siglo que agoniza, una postguerra un tanto diferente, pues no se trata de una Guerra Mundial, como fue el caso de las dos postguerras anteriores, sino de la postguerra que sigue al final de una Guerra Fría, que para nuestra región centroamericana dejó de ser «fría», es decir, simple tensión político-ideológica, para convertirse en «caliente», es decir, militar y sangrienta, durante el decenio anterior, en que vivimos en la región una guerra generalizada, quizás la última gran batalla de la Guerra Fría. Hoy vivimos sus consecuencias, pues por desgracia, una guerra no termina totalmente cuando se firma la paz.

            Darío también vivió el fin de una época, el fin de la presencia colonial en nuestras tierras, con la derrota española en la Guerra de Cuba (1895) y el inicio de la presencia hegemónica de los Estados Unidos en esta región. Para América Latina en general y para Nicaragua en particular, lo anterior dio origen a una ola de nacionalismo, que se acentuó con la presencia, desde entonces y por varias décadas, de la United Fruit Company en toda la Cuenca del Caribe y se prolongó en sus efectos político-ideológicos, ya en este siglo, con el surgimiento de la Revolución Mejicana (1910).

            Por su parte, tanto en Nicaragua bajo el gobierno autoritario y nacionalista de Santos Zelaya, como en Chile bajo el presidente Balmaceda, Darío vivió el apogeo de este nacionalismo como ideología oficial, lo mismo que su fin trágico. Pero el mérito de Darío es que, sin dejar de ser poeta, pues nunca pretendió otra cosa como vocación innata y como opción lúcida de vida, nunca dejó de vivir intensamente las corrientes más profundas y avanzadas de su tiempo.

            Cuál fue el aporte original y propio de nuestro poeta a lo que configuró su visión del mundo desde sus raíces filosóficas, es de lo que trataremos en concreto en esta charla. Darío lo hizo dando a nuestra región caribe un lenguaje poético universal, lo hizo dando un espacio a nuestros acentos, a nuestra idiosincrasia y haciendo, por primera vez en la historia, de la imaginación y la sensibilidad de estos pueblos mestizos, una sensibilidad y una imaginación que hoy, gracias al lenguaje poético de Darío, se han convertido en patrimonio de la humanidad.

            Pero para lograr esto, Darío se inserta dentro de las corrientes estéticas más avanzadas de su tiempo. Concretamente, lo hace convirtiéndose, al menos desde su llegada a Chile y la publicación de Azul (1888) en su más importante exponente, en el clásico del Modernismo a partir de ese momento e, incluso, llegar a ser el máximo representante de esa corriente, especialmente con su obra cumbre Prosas profanas (1896) y finalmente con sus Cantos de vida y esperanza (1905).

            Como rasgo fundamental de su estética, el Modernismo parte del presupuesto antirromántico, el cual definía —valga la pena recalcarlo— la poesía como suprema expresión del arte, según el cual e3s en las otras artes, pero de modo especial en la música, donde la poesía debe nutrir las fuentes de su expresión firmal. La poesía, o es música en palabras o no es poesía, pues poesía es lo que de música tiene la palabra. Y esta musicalidad se manifiesta no solo en el ritmo de las palabras, como luego lo veremos, sino también en el conjunto y estructura formal de la composición, que la asemeja a una canción. Las alusiones a la música son constantes, tanto por la musicalidad misma del lenguaje poético, como por la referencia explícita a las formas e instrumentos musicales.

            El culto cuasi religioso por la música es lo que caracteriza al Modernismo y es, a través de este sesgo, que esta corriente estética adviene a la definición de arte como forma. Hacer arte es crear formas. Contrariamente al Romanticismo, no es el contenido lo que define la calidad y la razón de ser de la obra artística, sino su forma; es decir, su lenguaje. Ser poeta es crear un lenguaje, hacer que la palabra advenga al tiempo como evento radicalmente nuevo, es revivir a través del simbolismo de la poesía, la emergencia de la existencia. Como el poeta alemán Friedrich Hölderlin, también Rubén Darío podría decir: «Es poéticamente como el hombre habita sobre la Tierra».

            Por eso solo el arte nos hace hombres; solo la palabra poética nos caracteriza como humanos, podría decir Rubén Darío parodiando a los clásicos del pensamiento griego. Por esta razón la palabra poética no dice abiertamente, como en las corrientes realistas, sino que insinúa y obliga al lector a meterse dentro del evento creador, para hacerlo suyo y prolongarlo a través de su comprensión interna. Esta comprensión es total y no solo intelectual. Por eso la poesía perfecta o, más exactamente, el lenguaje poético perfecto, es aquel que asume y abarca todas las formas de expresión del arte haciendo realidad el sueño wagneriano de la obra de arte como totalidad.

            El arte es creatividad pura, donde la subjetividad misma, al alcanzar la universalidad del instante que se convierte en eternidad, como en Tristán e Isolda de Wagner, hace del acto creador una especie de acontecimiento en cuya atmósfera se vive y se recrea oníricamente, con lo que la forma se da a sí misma su propio contenido. Con ello se alcanza también de golpe la máxima expresión de la libertad humana, concebida no como libre albedrío, sino como un proceso de liberación interior que da al arte una dimensión metafísica, como lo dijera el filósofo que está detrás de toda esta concepción, Arthur Shopenhauer.

            No hay normas preestablecidas, únicamente  hay esa penumbra donde solo predomina la plurisemia que caracteriza el símbolo poético, que da espacio a una libertad que hace del lector o escucha de la poesía, un creador igual al poeta mismo. Ser poeta es soñar, como dice el propio Darío. Al crear, el hombre se crea y le da sentido a su vida.

            Ninguna experiencia más plenamente estética que la que nos suministra la música, dice Shopenhauer, porque nos saca del tiempo al ser ella misma e insertarse en la corriente del devenir temporal, pero que es vivida en una experiencia onírica, que de alguna manera escapa al devenir temporal de nuestra lucidez racional. Entre un músico y un poeta no hay ninguna diferencia, excepto en la materia que uno y otro usan. El poeta lo hace con palabras; el músico con notas e instrumentos, pero ambos tienen que ver con el único material verdaderamente artístico de que dispone el hombre: los sonidos, la capacidad de crear mundos mediantes símbolos sonoros.

            Por eso el órgano sensorial por excelencia del ser humano no es, como lo creían los griegos, la vista, sino el oído. A pesar de que Platón y Aristóteles pretendían que la vista era el órgano sensorial y la experiencia del mundo exterior más importante, es al dios Pan a quien sobre todo canta Rubén Darío. Todas sus evocaciones del universo estético griego aluden más a los rapsodas y, por supuesto, a la tradición mítica, que a los filósofos.

            Contrariamente a la vista, que nos da la patencia del objeto en forma espacial y luminosa, el oído es trascendencia e inmanencia a la vez; lejanía y cercanía al mismo tiempo; experiencia existencial del devenir temporal puro, que manifiesta no la objetividad del mundo sino el misterio del otro como persona. Solo la experiencia auditiva nos revela al hombre como patencia presente y misterio de lo ausente. De ahí cierta dimensión sacra o luminosa, que da al arte el acceso al Ser y a la dimensión metafísica de la humana existencia. Es en el claroscuro del simbolismo poético que se establece ese misterioso diálogo entre subjetividad y exterioridad; entre mundo objetivo material e intimidad interpersonal; entre soledad individual y diálogo con los hombres y las cosas.

            Es gracias al a priori del conocimiento intuitivo y emocional, como diría Max Scheler, que el saber que lo poético nos revela, hace que todo lo que nos rodea adquiera consistencia interpersonal, todo se hace yo y , para engendrar un nosotros que penetra incluso hasta el monólogo interior, que se convierte así en diálogo permanente. Las cosas adquieren consistencia de personas, el universo todo entero se «antropomorfiza» haciendo que el Verbo cree mundos como Dios al comienzo de los tiempos. La poesía es la liturgia o ceremonial con que Dios creó el mundo. El poeta es demiurgo y sacerdote de ese ritual incesantemente repetido en ese acto original y fundador que es el auténtico acto creador donde, gracias a la poesía, «el Verbo se hace carne y habita entre nosotros». Más que creador de mundos, el poeta es forjador incesante de lo humano en el mundo, evitando así que la humanidad y el universo mismo se destruyan. Por eso la verdad poética está más acá y más allá de la razón; es un reencuentro con lo primigenio en su virginal espontaneidad. «Poesía —dirá Rilke— es aquello que de niño aún queda en nosotros».

La poesía se hizo para ser oída más que para ser vista —es decir, leída—, pues la palabra es, ante todo, fonema, conjunto de sonidos articulados, como lo pretendían los rapsodas de las épocas primitivas. Aun leyendo el texto poético, uno debe sentir que está viviendo una experiencia musical; donde se aúnan ritmo y melodía, donde las palabras son sonidos con sentido; donde el poema es una canción y el conjunto posee una musicalidad global (estructural diríamos hoy) que la hace poseer una cadencia y un vibrato, o seguir una línea melódica que hace que, por momentos, se siente que se está ante un aria de ópera del Romanticismo tardío de influencia wagneriana.

Ya para terminar estas breves reflexiones en torno a la obra inmortal de Rubén Darío, permítanme volver a lo pergeñado al inicio de la charla. Aparentemente, todo lo dicho hasta el momento parece alejarnos del contexto histórico y político, al que me he referido al empezar. Pero no es así: el Modernismo como corriente estética, no solo constituye el primer aporte que hace la cultura mestiza a la cultura universal, sino que posee hoy día una vigencia que le da resonancia de actualidad perentoria. El mundo dividido durante la Guerra Fría en bloques ideológico-militares, tiende en la actualidad a configurarse en torno a bloques o zonas de libre mercado. Al caer las barreras arancelarias, se diluyen las fronteras políticas y culturales. Tal fenómeno, de impredecibles consecuencias, se  consolida con la universalización de las comunicaciones, que rompen las naturales fronteras del espacio y el tiempo.

Es en ese contexto en el que debemos situar la decisión histórica, tomada por la Cumbre de Jefes de Estado del hemisferio, celebrada a finales de año [1995] en Miami, de formar un solo bloque de libre mercado, desde Alaska hasta la Patagonia, desde ahora hasta 2oo4; es decir, dentro de ocho años, que es como decir un instante en la historia de los pueblos. Es por eso por lo que hoy, más que nunca, debemos preguntarnos qué va a ser de la identidad de estos pueblos. Al diluirse las fronteras políticas y comerciales, solo nos queda nuestra identidad cultural, de esa cultura mestiza y pluriétnica que ha hecho de los países de la Cuenca del Caribe un crisol de pueblos y culturas, una muestra a escala de la humanidad toda entera.

Darío nos mostró que estos pueblos tienen una palabra propia que decir; que no somos un eco mecánico de palabra ajena; que sin nosotros la humanidad no estaría completa. Preservar nuestra cultura, mantener vivas nuestras raíces histórico-culturales, es tarea imprescindible en la actualidad. Porque la diversidad cultural es a la historia y a la política, lo que la biodiversidad es a la naturaleza. Preservar la diversidad cultural es mantener vigente una riqueza, que la humanidad no puede dilapidar en aras de un uniformismo que reduce todo intercambio entre pueblos a la fría mecánica del cálculo financiero, o a la correlación de fuerzas en el terreno político. La cultura no une allí donde, quizá, lo político y lo económico nos separan. De todo corazón espero que un encuentro tan cálido y fraterno como el presente, sea una muestra fehaciente de lo dicho.

 

 

© Arnoldo Mora Rodríguez

© ACL